Es momento de dejar de callar. Es momento de apuntar donde realmente duele. Porque mientras crecen los discursos vacíos y las promesas de reformas, crece también una realidad que ya no se puede ocultar: hay más suicidios, más desgaste profesional y más abandono institucional que nunca antes.
Por Mercedes «Mecha» Iñiguez (*)
Y no se trata solo de estadísticas. Se trata de personas. De hombres y mujeres que alguna vez creyeron en una vocación y terminaron destruidos por un sistema que los explota, los ignora y los desecha.
A los galenos de medicina legal, les decimos:
- ¿Dónde quedó el juramento?
- ¿Dónde está la ética médica cuando validan informes que responden más a los intereses del poder que a la salud del paciente?
- ¿Cómo pueden dormir tranquilos sabiendo que desestiman certificados de otros profesionales de la salud, que niegan licencias a quienes ya están al borde del abismo, que firman aptos psicológicos a quienes claramente necesitan ayuda urgente?
- ¿O es que ya también naturalizaron el rol de verdugos con título?
Su complicidad no es menor. Ustedes son el filtro técnico, la última barrera entre el deterioro total y la posibilidad de recuperación. Y eligen ignorar. Eligen firmar lo que les dictan. Cada suicidio que pudo evitarse y no se evitó, también lleva su firma.
Y a los políticos, a esos que aparecen para la foto y desaparecen cuando hay que dar respuestas reales:
- ¿De qué sirven las campañas de prevención si no se cambian las condiciones laborales?
- ¿De qué sirve hablar de salud mental si siguen sosteniendo una estructura que aplasta al trabajador, que premia la obediencia ciega y castiga la humanidad?
- La responsabilidad ya no se puede maquillar con discursos. Cada compañero que se quita la vida es una herida que también lleva su nombre, su indiferencia, su negligencia.
El silencio, en este contexto, es traición.
Y lo más grave: ya ni siquiera hay vergüenza.
Mientras algunos se llenan la boca hablando de vocación, del “honor de servir”, otros siguen muriendo en vida dentro de una institución que los deja solos. Y cuando finalmente caen, el mismo sistema que los empujó al fondo, los tilda de débiles, los invisibiliza, los calla.
No estamos pidiendo favores. Estamos exigiendo humanidad.
Estamos exigiendo ética.
Estamos exigiendo que dejen de matar con la lapicera.
Porque la sangre también mancha el escritorio de quienes niegan diagnósticos, de quienes miran para otro lado, de quienes “hacen política” mientras sepultan a otro más.
¿Hasta cuándo?
¿Hasta cuándo van a seguir mirando para otro lado?
Es momento de dejar de callar. Es momento de apuntar donde realmente duele. Porque mientras crecen los discursos vacíos y las promesas de reformas, crece también una realidad que ya no se puede ocultar: hay más suicidios, más desgaste profesional y más abandono institucional que nunca antes.
Y no se trata solo de estadísticas. Se trata de personas. De hombres y mujeres que alguna vez creyeron en una vocación y terminaron destruidos por un sistema que los explota, los ignora y los desecha.
A los galenos de medicina legal, les decimos:
- ¿Dónde quedó el juramento?
- ¿Dónde está la ética médica cuando validan informes que responden más a los intereses del poder que a la salud del paciente?
- ¿Cómo pueden dormir tranquilos sabiendo que desestiman certificados de otros profesionales de la salud, que niegan licencias a quienes ya están al borde del abismo, que firman aptos psicológicos a quienes claramente necesitan ayuda urgente?
- ¿O es que ya también naturalizaron el rol de verdugos con título?
Su complicidad no es menor. Ustedes son el filtro técnico, la última barrera entre el deterioro total y la posibilidad de recuperación. Y eligen ignorar. Eligen firmar lo que les dictan. Cada suicidio que pudo evitarse y no se evitó, también lleva su firma.
Y a los políticos, a esos que aparecen para la foto y desaparecen cuando hay que dar respuestas reales:
- ¿De qué sirven las campañas de prevención si no se cambian las condiciones laborales?
- ¿De qué sirve hablar de salud mental si siguen sosteniendo una estructura que aplasta al trabajador, que premia la obediencia ciega y castiga la humanidad?
La responsabilidad ya no se puede maquillar con discursos. Cada compañero que se quita la vida es una herida que también lleva su nombre, su indiferencia, su negligencia.
El silencio, en este contexto, es traición.
Y lo más grave: ya ni siquiera hay vergüenza.
Mientras algunos se llenan la boca hablando de vocación, del “honor de servir”, otros siguen muriendo en vida dentro de una institución que los deja solos. Y cuando finalmente caen, el mismo sistema que los empujó al fondo, los tilda de débiles, los invisibiliza, los calla.
No estamos pidiendo favores. Estamos exigiendo humanidad.
Estamos exigiendo ética.
Estamos exigiendo que dejen de matar con la lapicera.
Porque la sangre también mancha el escritorio de quienes niegan diagnósticos, de quienes miran para otro lado, de quienes “hacen política” mientras sepultan a otro más.
¿Hasta cuándo?
y La ética y el profesionalismo??
y La ética y el profesionalismo??
(*) «Mecha» es personal policial de Santa Fe en actividad
APROPOL Noticias

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