
La neurociencia acaba de poner en palabras lo que miles de policías sienten en el cuerpo hace años: el descanso no es un lujo, es una necesidad biológica. EL LIBRO COMPLETO.
Por Alberto Rubén Martínez (*)
Un libro incómodo para la cultura del “siempre activo”
El libro El arte y la ciencia de no hacer nada, del investigador Andrew J. Smart, irrumpe con una tesis tan simple como subversiva: el cerebro necesita descansar. No como lujo, sino como condición biológica. Lo que Smart demuestra —con evidencia neurocientífica sólida— es que cuando “no hacemos nada”, el cerebro activa la llamada red neuronal por defecto, responsable de la creatividad, del procesamiento emocional y de las decisiones más importantes. Un mensaje que choca de frente con la lógica hiperproductivista con la que se maneja la mayoría de las fuerzas de seguridad del país.
La Doctrina de la Sospecha Permanente y la guerra contra el ocio
Desde la Doctrina de la Sospecha Permanente (DSP), cualquier descanso del trabajador policial adquiere un tono sospechoso. El tiempo libre es leído como flojera; pedir una licencia es visto como avivada; y necesitar un pase para cuidar la salud se interpreta como falta de compromiso. La DSP sospecha del policía, pero también sospecha de su tiempo: quiere cuerpos ocupados, energía vigilada, turnos sin fisuras. En ese ecosistema, el ocio real —ese rato sin radio, sin adicionales, sin hostigamiento jerárquico— se vuelve casi un acto de resistencia.
El cerebro necesita “apagarse” para protegerse
La neurociencia es clara: el descanso profundo no es una concesión, es una necesidad. Para cualquier persona, pero especialmente para quien carga con violencia cotidiana, turnos rotos, estrés extremo y presión política. En el modelo actual, el policía llega a su casa con la cabeza incendiada y vuelve sin haber podido procesar nada. Smart lo explica en términos científicos; la calle lo explica mejor: sin tiempo para relajarse, el cerebro se rompe. Y un cerebro roto en uniforme es un riesgo para sí mismo y para la sociedad.
Productividad tóxica: cuando el Estado exige números pero no cuida personas
Smart critica los sistemas empresariales que quieren medir todo, optimizar todo y eliminar tiempos muertos. Y esa lógica, calcada, se instaló en la seguridad pública argentina: estadísticas, metas, actas, adicionales, controles, más controles y todavía más controles. Como si el policía fuera una máquina y no un ser humano enfrentado a la violencia, al dolor y a la muerte. La DSP celebra esa hiperproductividad vigilada. Smart, en cambio, advierte que esa maquinaria destruye creatividad, agota recursos cognitivos y deteriora la capacidad de juicio.
Descansar también es un acto profesional
Cuando un policía está agotado, rinde peor, razona peor y sufre más. Lo que Smart señala golpea directo en la línea de flotación de la DSP: descansar no es un privilegio, es un requisito para operar con lucidez. Un efectivo cansado, sin pausas reales, es un efectivo vulnerable. Y la falta de descanso —como muestran los trágicos casos de suicidios y desbordes— no es un problema individual: es una falla institucional, un síntoma de un modelo que exprime hasta el último minuto de sus servidores.
De la sospecha al cuidado: la deuda pendiente del Estado
Si el Estado tomara en serio lo que Smart aporta, debería garantizar jornadas humanas, limitar adicionales, reconocer el derecho a pausas y dejar de usar las licencias como castigo o amenaza. Pero la DSP se mantiene firme: controlar es más fácil que cuidar. La neurociencia, sin embargo, deja una advertencia contundente: negar descanso es fabricar daño. Y en un país donde se multiplican los casos de burnout, adicciones y suicidios en las fuerzas de seguridad, seguir ignorando esto ya no es mala gestión: es irresponsabilidad política.
La conclusión que incomoda a los mandos
- Smart lo dice desde la ciencia; los trabajadores policiales lo dicen desde la experiencia:
el descanso es seguridad pública. - Un policía con tiempo real de ocio es un policía más sano, más prudente y más profesional.
- Un Estado que persigue ese descanso, en nombre de la sospecha, solo está saboteando su propia capacidad de proteger.
Semblanza de Andrew J. Smart
Andrew J. Smart es un investigador científico estadounidense especializado en neurociencias cognitivas.
Según la información del libro:
Se formó en la Universidad de Lund (Suecia), donde investigó el uso del ruido como estímulo para mejorar la atención y memoria en niños con TDAH.
En la Universidad de Nueva York, trabajó con imágenes cerebrales para estudiar las bases neuronales del esfuerzo cognitivo.
Sus proyectos incluyen el desarrollo de un sensor para medir la carga mental en pacientes con cáncer y en personas que atravesaron accidentes cerebrovasculares.
El arte y la ciencia de no hacer nada fue su primer libro, seguido por Beyond Zero and One (2015), donde explora la relación entre máquinas, psicodélicos y conciencia.
Su perfil combina divulgación científica accesible con investigación experimental, apelando a un tono crítico frente a la cultura de la hiperproductividad.
Fuente consultada: https://archive.org/details/smart-a.-j.-el-arte-y-la-ciencia-de-no-hacer-nada-ocr-2014
«Quien quiera oir que oiga»
(*) Periodista. Licenciado en Seguridad Pública. Autor del libro Doctrina de la Sospecha Permanente (DSP)
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