Un nuevo siniestro vial volvió a poner el foco en un fenómeno que crece de manera silenciosa pero sostenida: el aumento de colisiones protagonizadas por móviles policiales en Rosario.
Por Rubén Pombo
Esta vez ocurrió en Pellegrini y Lavalle, donde un patrullero que se dirigía a una emergencia impactó contra una moto. No hubo heridos de gravedad, pero el caso se suma a una lista que preocupa dentro de la fuerza.
Choques que ya no pueden ser leídos como “accidentes aislados”
El joven motociclista, de 24 años, iba rumbo a su trabajo. El móvil policial, camino a una intervención por una persona herida. El patrullero habría cruzado con el semáforo en rojo, según testigos; el conductor policial sostiene que estaba habilitado a pasar por tratarse de una emergencia. Esto ya ha sido debatido en otros casos con fallos desfavorables para el personal policial:
- Condenan a un policía por atropellar y matar a un motociclista (2018)
- Condena a la Provincia por un patrullero que pasó en rojo (2015)

La escena se repite: un choque, tensión en el tránsito, discusiones por responsabilidades… y un patrón que empieza a asomar detrás de cada incidente.
El agotamiento policial como variable invisibilizada
Fuentes de la fuerza señalaron en los últimos meses un incremento notable de colisiones protagonizadas por móviles en servicio. Y no se trata de mala pericia ni de falta de profesionalismo: se trata de cansancio extremo, jornadas extenuantes, falta de descanso y un nivel de exigencia operativa que supera cualquier límite razonable.
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La ecuación es sencilla y brutal:
- más horas de patrullaje
- menos personal disponible
- guardias extendidas
- turnos arbitrarios
- personal agotado física y mentalmente
Resultado: los accidentes aumentan.
La seguridad no sólo se resiente en las calles —también se resiente dentro de los móviles, donde conducen hombres y mujeres que hace meses no conocen una semana laboral normal.
Cuando la urgencia se vuelve rutina (y peligro)
Los choques de patrulleros no pueden analizarse al margen del contexto:
- falta de descanso,
- exceso de horas extra,
- salarios que obligan a trabajar adicionales para llegar a fin de mes,
- dotaciones reducidas,
- y un clima institucional donde la presión supera a la planificación.
En la práctica, los efectivos se ven obligados a conducir bajo estrés, con la adrenalina al máximo, muchas veces sin respaldo logístico ni humano. Así, la urgencia se convierte en rutina… y la rutina, en peligro.
Un sistema que pide resultados pero no cuida a quienes los producen
La Doctrina de la Sospecha Permanente (DSP) —que atraviesa buena parte de las prácticas estatales actuales— no sólo vigila, controla y castiga: también exprime al personal hasta el límite.
- No hay política de descanso.
- No hay política de salud mental.
- No hay política de cuidado del conductor policial.
- No hay cronograma racional de horas y guardias.
Y la consecuencia se ve en la calle: móviles sin frenos, choques evitables, agentes exhaustos, emergencias atendidas por policías que no deberían estar al volante.
¿Qué falta? Una política de cuidado, no de desgaste
- Un móvil chocado es un patrimonio del Estado perdido.
- Un motociclista lesionado es un ciudadano afectado.
- Un policía agotado es una tragedia en potencia.
Lo que falta no es tecnología ni móviles nuevos: falta descanso, organización, planificación y reconocimiento del factor humano.
Los choques de patrulleros no son accidentes: son síntomas.
El sistema puede seguir negándolo… o puede empezar a escucharlos.
APROPOL Noticias

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