
Una imagen que duele y que interpela. Sobre la banquina de una ruta provincial, bajo un puente y con el uniforme puesto, una hilera de policías hace dedo esperando que alguien los acerque a destino.
Por Rubén Pombo
No es una protesta organizada ni una postal turística: es la consecuencia directa de salarios que no alcanzan y traslados impuestos sin contemplar la realidad económica de quienes sostienen la seguridad pública.
Según relatan los propios efectivos, muchos de ellos deben trasladarse desde Rosario hacia Santa Fe, una distancia aproximada de 160 kilómetros. Otros, en situaciones aún más extremas, son destinados al norte provincial, con recorridos que superan los 500 kilómetros promedio. En todos los casos, el problema es el mismo: el sueldo no cubre el costo del transporte.
“La hilera de policías haciendo dedo es para poder llegar a un cambio de destino, con la esperanza de acceder al menos a un servicio de 24 horas y dejar de viajar así. Queremos poder trasladarnos en colectivo, como corresponde”, explican. La frase, simple y cruda, desnuda una realidad estructural: trabajar todo el mes para no poder pagar el viaje al lugar de trabajo.
No se trata de comodidad ni de privilegios. Se trata de condiciones mínimas de dignidad laboral. En un contexto donde se exige profesionalismo, disponibilidad permanente y vocación de servicio, el Estado responde con sueldos que empujan a prácticas riesgosas y humillantes. Hacer dedo en una ruta no solo expone a los efectivos a peligros evidentes, sino que también compromete la imagen institucional de la fuerza.
La paradoja es evidente: quienes deben garantizar la seguridad vial, urbana y rural, terminan dependiendo de la buena voluntad de un automovilista anónimo para llegar a destino.
Esta postal no busca lástima; busca respuestas. Salarios dignos, viáticos reales, planificación de destinos y respeto por el trabajador policial. Porque no hay política de seguridad posible si quienes la ejecutan tienen que empezar su jornada con el pulgar levantado al costado de la ruta.
Y como diría un viejo comisario retirado, con ironía amarga: “El problema no es hacer dedo… el problema es que el Estado nos dejó solos”.
APROPOL Noticias
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