
Desde el interior mismo del sistema carcelario santafesino, trabajadores del Servicio Penitenciario de Santa Fe hacen llegar un reclamo que expone una realidad tan persistente como invisibilizada.
Por Marcos Anglada
Se trata del personal de la Agrupación GORO (Guardia Operativa de Restitución del Orden), una de las áreas más exigidas y, paradójicamente, menos reconocidas dentro del esquema operativo.
“Somos los que hacemos el 80% de los movimientos de la cárcel”, señalan con claridad. Traslados internos, operativos cotidianos, tareas que implican desgaste físico permanente y disponibilidad constante. Sin embargo, denuncian que, mientras a otras áreas ya se les entregó la indumentaria correspondiente, ellos siguen “a las vueltas”, sin respuestas concretas.
El reclamo no es caprichoso ni menor: borcegos. El elemento básico para quien trabaja de pie, en movimiento permanente y en contextos de riesgo. “Es lo que más utilizamos”, remarcan. La falta de este equipamiento no solo afecta la comodidad, sino la seguridad y la salud laboral.
A esto se suma una dinámica de trabajo desordenada y agotadora. “Patinamos 24/7 con movimientos sin sentido porque a los jefes se les antoja”, describen. La frase grafica una realidad conocida en muchas estructuras jerárquicas: decisiones improvisadas, sin planificación operativa ni consideración por el personal que ejecuta.
El malestar se profundiza cuando señalan que realizan tareas que corresponden a otras áreas especializadas, como el GOEP, mientras que el reconocimiento institucional aparece solo en momentos de exposición mediática. “Para las fotitos y los videitos, todos pueden”, ironizan con amargura.
La contradicción es evidente: cuando “se queman las papas”, cuando hay crisis, conflictos o situaciones límite, los primeros en ser llamados son ellos. “Cuando todos corren para afuera, somos nosotros los que resolvemos”, afirman. Pero esa centralidad operativa no se traduce ni en condiciones dignas ni en reconocimiento material.
Quizás el aspecto más grave del testimonio sea el cierre: “Están haciendo todo mal y nadie dice nada por miedo”. El silencio impuesto por la lógica disciplinaria termina siendo funcional a la desorganización, al desgaste y al abandono de quienes sostienen el funcionamiento real del sistema penitenciario.
No se trata de un reclamo extravagante ni ideológico. Es orden, previsión y respeto. Cosas básicas, de las que siempre se habló en las instituciones serias. Porque no hay restitución del orden posible si primero no se ordena la conducción. Y porque ningún sistema de seguridad funciona si quienes lo sostienen trabajan en el olvido.
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