
Cada vez son más. No es un hecho aislado ni una decisión liviana. A diario, personal de la Policía de la Provincia de Santa Fe solicita lo que institucionalmente se denomina “baja voluntaria”. Pero detrás de esa expresión prolija y administrativa se esconde, en muchos casos, una realidad de injusticias, desprotección extrema, maltrato laboral y desgaste humano profundo.
Por Rubén Pombo
Uno de estos casos se viralizó en las últimas horas a través de una imagen y un extenso testimonio público. la identidad de la agente se conoció en redes sociales (Tatiana Alderete) y sus palabras representan con crudeza lo que muchos sienten y callan. Diez años de servicio, una vocación nacida en la infancia, una carrera proyectada a veinte años más… todo truncado por una institución que —según su propio relato— dejó de escuchar, de acompañar y de cuidar.
“La burocracia institucional, los altos mandos que no escuchan, los expedientes que nadie lee, el respaldo que nunca llega”, enumera. Y agrega una frase que debería encender todas las alarmas: el personal busca ayuda y no lo escuchan. No se trata solo de salarios bajos, aunque ese sea el primer golpe cotidiano. Se trata de condiciones de vida y de trabajo indignas, de un ámbito hostil y peligroso, y de una estructura que muchas veces castiga más a quien cumple que a quien especula.
El testimonio es especialmente contundente cuando pone en palabras lo que suele silenciarse: la relación directa entre el abandono institucional y los problemas de salud mental. “Después hablan de prevención del suicidio, pero suman más problemas a los que uno ya trae”, señala, recordando que muchos compañeros, empujados por la desesperación, terminan quitándose la vida. Ella aclara algo fundamental: renunciar fue una decisión para preservar su vida, su salud mental y su familia. No todos llegan a tiempo a esa instancia.
La llamada “baja voluntaria” aparece así como una salida forzada, no como una elección libre. Nadie entra a la policía por descarte. Se entra por vocación, por deseo de servir, por identidad. Cuando alguien decide irse llorando, con nostalgia, con dolor y aún amando el uniforme, algo está profundamente mal. Y no es el individuo: es la institución.
Este caso no es una excepción. Es el espejo de muchos otros que no se viralizan, que no se escriben, que se firman en silencio en una oficina. Policías que dejan de ser personas para transformarse en “números”, mientras los discursos oficiales hablan de compromiso, historia y orgullo institucional.
La policía santafesina tiene más de 150 años de historia. Justamente por eso, no puede naturalizar que sus propios integrantes huyan para sobrevivir. Llamar “voluntaria” a una renuncia motivada por el agotamiento, el destrato y la desprotección es una forma de negación. Y negar el problema solo lo agrava.
Escuchar al personal, revisar las condiciones salariales y laborales, terminar con el amiguismo, garantizar respaldo real y cuidar la salud mental no es un gesto de debilidad: es una política de seguridad básica. Porque no hay seguridad pública posible cuando quienes deben garantizarla sienten que la institución los dejó solos.
Este testimonio duele. Pero más duele saber que no es el único. Y que mañana, otro expediente dirá “baja voluntaria”, mientras una vocación más se apaga en silencio.
El texto (siC)
Las redes volvieron a arder
“Te usan en guardia y recargo… sueldo de pobreza. La felicito por no dejarse pisar.” (Omar Insaurralde)
“No abandones: los que tienen que irse son los políticos. Es una vergüenza lo que cobran.” (Roberto Oscar Julián)
“Triste, pero real: ustedes ponen la cara y los jefes detrás de un escritorio.” (Jorge Gerosa)
“Los peores enemigos del buen policía: políticos, jueces, jefes y ciudadanía. Dejó de ser esclava con uniforme.” (Juan Carlos Soda)
“Voy a seguir sus pasos… ya no quiero saber más nada con todo esto.” (Mely Ojeda)
“Si tu salud mental o física se afecta, hay que priorizarse y tratarse.” (Blanca Chávez)
“Que se haga viral la realidad y el abandono total sobre el policía.” (Lorena Ávalo)
“Somos un número más… Camarada.” (Omar Moro)
¿Nadie ha roto el hielo todavía?
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