
Por estos días, Santa Fe volvió a llorar a dos policías muertos por suicidio y a otro que pelea por su vida. Tragedias humanas, institucionales y políticas. No son “hechos aislados”. Son señales de alarma.
Por Alberto Rubén Martínez (*)
Y sin embargo, la respuesta oficial fue un discurso que, lejos de asumir responsabilidades, construyó un relato tan prolijo como peligroso.
El ministro Pablo Cococcioni habló de “multifactorialidad”, de “casos individuales”, de “vocación”, de “gente que no estaba preparada”. Dijo muchas palabras… pero esquivó lo esencial: el sistema que administra está destruyendo personas.
El eufemismo como coartada
Decir que el suicidio es “multifactorial” es cierto en lo técnico, pero funcional en lo político. Es la forma elegante de diluir responsabilidades.
Si todo influye, entonces nada es prioritario. Y si cada caso es “individual”, entonces la institución queda absuelta. La tragedia deja de ser un síntoma estructural para convertirse en una suma de fracasos personales.
De sujetos de derecho a riesgos operativos
El punto más grave del discurso aparece cuando el ministro afirma que, además del “bienestar del funcionario”, hay que pensar en “la seguridad de la sociedad”, evaluando si corresponde o no que un policía conserve su arma o su estado.
Esa frase encierra una inversión moral: el trabajador en crisis deja de ser sujeto de derechos para transformarse en una amenaza potencial. La salud mental no es presentada como un derecho a cuidar, sino como una condición para no ser expulsado.
El dato que grita y nadie escucha
El ministro informó que:
- 560 policías están en seguimiento psicológico
- 460 abandonaron el tratamiento
Ese no es un problema de “falta de voluntad”, es una señal brutal de desconfianza en el sistema. Un policía sabe que pedir ayuda puede costarle: el destino, la carrera, la portación, la estigmatización interna. El mensaje implícito es claro: “si hablás, perdés”.
Desarraigo: la verdad que asoma… y se vuelve a esconder
Cococcioni reconoció que el desarraigo —policías del norte destinados al sur— genera desgaste, viajes interminables y ruptura familiar. Ahí aparece, por única vez, la realidad laboral.
Pero inmediatamente vuelve al eje de la “selección”, como si el problema fuera quién entra, y no cómo se trabaja. No se habla de jornadas reales, estrés crónico, violencia institucional interna, castigos encubiertos, traslados disciplinarios, silencio obligado
Se vuelve, otra vez, a responsabilizar al individuo.
La lógica del descarte
Cuando se reivindica haber expulsado casi 100 cadetes “que antes se hubieran recibido”, no se está hablando de prevención, sino de depuración. No se busca fortalecer personas. Se busca eliminar a las que no resisten.
Es una lógica darwinista: el que quiebra, sobra.
Sos vos no el sistema
El relato oficial no dice que el sistema falla. Dice que algunas personas no estaban hechas para él pero un sistema que necesita romper gente para sostenerse no es fuerte es injusto y mientras la salud mental sea tratada como una herramienta de control y no como un derecho humano, los uniformes seguirán cayendo en silencio.
Porque no es la vocación lo que mata. Es el abandono institucional.
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«Quien quiera oir que oiga»
(*) Periodista. Licenciado en Seguridad Pública (Universidad Nacional de Chaco Austral -. UNCAUs). Autor del libro Doctrina de la Sospecha Permanente (DSP) y «La Teoría del Foco y la Vara» (que será lanzado en marzo próximo)
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