
La inauguración del tercer carril entre Rosario y San Lorenzo —en la autopista que conecta ambas ciudades con la capital provincial— era un acto institucional. Sin embargo, terminó siendo otra cosa.
Por Alberto Rubén Martínez (*)
En ese escenario, con control absoluto del micrófono, el gobernador Maximiliano Pullaro eligió responder al reclamo docente no con diálogo, sino con ironía y encuadre moral. Y cuando el conflicto se moraliza, la democracia se achica.
Pullaro subió exultante a inaugurar la obra de la AU Rosario-Santa Fe y un grupo de docentes hizo sentir su reclamo salarial (van al paro). “Traje hinchada. Les vamos a pedir que no nos golpeen los guardarraíles que son nuevos”, soltó.
🚧🗣️ “CUANDO NO SE ROBA LA PLATA ALCANZA” pic.twitter.com/jZuI9Oba0H
— Hernán Funes (@HernanFunes) February 24, 2026
El contexto que incomoda
Los docentes que se manifestaron no pertenecen a una línea tradicional de Asociación del Magisterio de Santa Fe (AMSAFE). Son autoconvocados. Afiliados que no se sienten representados por las corrientes mayoritarias del sindicato y que comenzaron un proceso rápido de reunión, movilización y contundencia. No están en la ronda clásica de negociación política, no forman parte del guion previsible y eso es lo nuevo y lo que incomoda.
SOLO APLAUDIDORES: Prohíben participar de un acto público a docentes autoconvocados
La insinuación de violencia
Desde el escenario, el gobernador lanzó: “Le vamos a pedir que no nos golpeen los guardarraíles que son nuevos”. La frase no fue neutra. Asociar una protesta pacífica con la idea de daño material es un gesto político extremo.
Los docentes presentes no estaban realizando ningún acto violento. Sin embargo, quedaron simbólicamente vinculados a esa posibilidad. Ahí comienza la operación: no se responde al reclamo salarial, se instala una sospecha.
Del salario a la conducta
Abandonado el eje central del acto y sin poder capitalizar políticamente la inauguración, el mandatario eligió avanzar en una confrontación directa con los trabajadores. Allí “envenena el pozo” y recurre a una de sus falacias habituales.
La operación es clara: dejar de hablar de la oferta salarial —cuestionada por amplios sectores como insuficiente— para desplazar el foco hacia la hipotética conducta del que protesta.
El debate deja de ser económico y pasa a ser moral. Ya no se discute si el salario alcanza; se insinúa si el reclamo es responsable o perturbador.
Ese corrimiento no es inocente. Cuando el conflicto salarial se transforma en juicio sobre la actitud del actor, el poder evita responder sobre el fondo y coloca al trabajador bajo sospecha.
Si ATE, UPCN y los médicos nucleados en Asociación de Médicos de la República Argentina aceptaron, entonces el mensaje implícito es claro: el problema no es la oferta, son los que rechazan.
Así se construye la división:
- Los que acompañan.
- Los que tensionan.
- Los razonables.
- Los conflictivos.
No se discute el poder adquisitivo.
Se discute comportamiento.
El monopolio del relato
El gobernador tuvo el monopolio del micrófono en el acto. Luego contó con el aparato de medios oficiales y para-oficiales para reforzar el encuadre mientras muy pocos medios reflejaron todo el resto de lo sucedido.
Se consolidó una narrativa: provincia que avanza versus protesta que incomoda.
La moralización no ocurre en un instante. Se construye.
- primero se insinúa desorden.
- después se sugiere irresponsabilidad.
- finalmente se legitima firmeza.
Por qué se moraliza
La moralización del conflicto no es un exabrupto. Es una técnica de poder.
- sirve para aislar al actor que no está alineado.
- sirve para simplificar el debate.
- sirve para preparar el terreno para decisiones selectivas.
Cuando el conflicto se convierte en cuestión moral, cualquier medida posterior aparece como defensa del orden y no como represalia. Ahí está el riesgo.
El error de fondo
Una democracia fuerte no necesita dividir a sus trabajadores entre “buenos” y “malos”. Puede inaugurar obras y reconocer legitimidad al que reclama pero cuando el poder utiliza el escenario institucional para deslegitimar simbólicamente a ciudadanos que ejercen un derecho, no fortalece la autoridad: la fragiliza. Porque la autoridad que necesita sospechar del que protesta revela inseguridad frente al disenso y cuando el foco ya está puesto sobre quienes reclaman, la vara siempre encuentra camino.
Las imagenes:


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«Quien quiera oír que oiga»
(*) Periodista. Licenciado en Seguridad Pública (Universidad Nacional de Chaco Austral -. UNCAUs). Autor del libro Doctrina de la Sospecha Permanente (DSP) y «La Teoría del Foco y la Vara» (que será lanzado en marzo próximo)
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