Otra joven oficial se suicidó en Entre Ríos: ¿Cuántos policías deben morir para que se reconozca la crisis?

Otra joven oficial se suicidó en Entre Ríos: ¿Cuántos policías deben morir para que se reconozca la crisis?

Gabriela Maricel Rodríguez tenía 26 años y prestaba servicios en la Policía de Entre Ríos. Su muerte vuelve a conmover a una fuerza que durante 2025 ya había sufrido al menos cinco suicidios.

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El Gobierno respondió anunciando la ampliación de un convenio de atención psicológica. Pero los descuentos en consultas no alcanzan para enfrentar una tragedia que exige revisar las condiciones laborales, el acceso a las armas, los controles profesionales y el silencio institucional.

La oficial Gabriela Maricel Rodríguez tenía apenas 26 años. Prestaba servicios en la Jefatura Departamental Gualeguaychú y residía en Concepción del Uruguay.

Su muerte volvió a sacudir a la Policía de Entre Ríos y a colocar sobre la mesa una realidad que las comunicaciones oficiales suelen mencionar con extrema cautela: el suicidio entre integrantes de las fuerzas de seguridad.

La joven había ingresado al Hospital Justo José de Urquiza luego de sufrir una grave lesión en su domicilio. Horas después se confirmó su fallecimiento.

La Jefatura Departamental Uruguay expresó sus condolencias y anunció que no se brindarían mayores detalles, invocando el respeto por la privacidad y el dolor de la familia.

El cuidado de los familiares es imprescindible. Pero la reserva sobre las circunstancias particulares no puede transformarse en silencio sobre un problema colectivo que ya ha dejado demasiadas víctimas.

Al menos seis policías desde 2025

Durante 2025, al menos cinco integrantes de la Policía de Entre Ríos murieron por suicidio.

 

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Fueron María Luciana Núñez, de 30 años; Natalia Ruiz Moreno, segunda jefa de Minoridad de Nogoyá; Nicolás Alejandro Gervasoni, de 26 años; Víctor Ernesto Taborda, de 28; y Agustín Monzón, de 29 años.

Ahora se suma la muerte de Gabriela Maricel Rodríguez, también con apenas 26 años.

Son, por lo tanto, al menos seis policías fallecidos desde enero de 2025 en hechos de estas características.

No estamos frente a un episodio aislado. Tampoco ante una simple sucesión de tragedias privadas sin conexión posible con la organización en la que esas personas trabajaban.

Cada muerte tiene causas particulares y ningún suicidio puede explicarse mediante un solo factor. Pero cuando los hechos se reiteran dentro de una misma institución, la respuesta pública no puede limitarse al pésame, al minuto de silencio o al comunicado de rigor.

La repetición convierte la tragedia individual en un problema institucional.

El anuncio después de la muerte

Tras conocerse el fallecimiento de la joven oficial, el Gobierno de Entre Ríos difundió la ampliación de un convenio entre la Policía provincial y el Colegio de Psicólogos.

El acuerdo incorporará como beneficiarios a los familiares directos de los policías en actividad, al personal retirado y pensionado y a sus respectivos núcleos familiares.

Los profesionales adheridos ofrecerán un descuento del 20 % sobre el valor de referencia de las consultas. Quienes posean cobertura de la Obra Social de Entre Ríos podrán gestionar los reintegros correspondientes.

Presentado aisladamente, el convenio puede parecer una medida positiva. Toda ampliación del acceso a la atención psicológica merece ser considerada.

Pero después de seis muertes, anunciar un descuento en sesiones psicológicas resulta manifiestamente insuficiente.

No estamos hablando de una promoción comercial ni de un beneficio accesorio. Estamos hablando de trabajadores armados, sometidos a situaciones de violencia, turnos extensos, recargos, presión jerárquica, conflictos familiares y exposición permanente a hechos traumáticos.

Frente a esa realidad, ofrecer un descuento del 20 % no constituye una política integral de salud mental.

Es, en el mejor de los casos, una herramienta limitada. Y, en el peor, una forma de mostrar actividad institucional sin intervenir sobre las causas profundas del problema.

No alcanza con decir que pidan ayuda

Las autoridades y profesionales suelen insistir en que a los policías les cuesta pedir asistencia.

Es cierto. Dentro de las fuerzas existe una cultura histórica que asocia el sufrimiento con debilidad, la consulta psicológica con incapacidad y la expresión emocional con falta de carácter.

Pero esa cultura no nació espontáneamente entre los agentes. Fue construida y sostenida durante décadas por las propias instituciones.

Muchos policías temen que pedir ayuda derive en el retiro del arma, una carpeta médica, un cambio de destino, la pérdida de adicionales, el estancamiento profesional o la estigmatización frente a sus compañeros y superiores.

Aunque desde los equipos profesionales se afirme que esos temores son infundados, la desconfianza no se elimina mediante declaraciones. Debe enfrentarse con garantías concretas, protocolos claros y mecanismos de atención realmente confidenciales e independientes de la cadena de mando.

Decirle al policía “pedí ayuda” es sencillo.

Lo difícil es construir una institución en la que pedir ayuda no tenga consecuencias laborales, económicas ni disciplinarias.

Cuidado con responsabilizar a los jóvenes

En 2025 se intentó explicar parte del fenómeno mediante la denominada “baja tolerancia a la frustración” de las generaciones más jóvenes, supuestamente afectadas por la cultura de la inmediatez y las redes sociales.

El planteo puede contener elementos atendibles dentro de un análisis más amplio. Pero presentado como explicación principal resulta injusto y peligroso.

Cinco de los seis policías fallecidos tenían entre 26 y 30 años.

¿Eran jóvenes incapaces de tolerar frustraciones o eran trabajadores atravesados por presiones personales, económicas, familiares y laborales que la institución no pudo detectar ni acompañar?

Responsabilizar a una generación corre el riesgo de desplazar la mirada desde la organización hacia la víctima.

La pregunta no debe ser solamente por qué una persona no pidió ayuda.

También debe preguntarse quién observó su situación, qué controles se realizaron, qué acompañamiento recibió, cómo eran sus horarios, qué nivel de endeudamiento tenía, qué conflictos atravesaba y qué señales pudieron pasar inadvertidas.

Una profesión con riesgos específicos

El trabajo policial presenta condiciones que requieren políticas diferenciadas.

Los agentes poseen acceso permanente a armas de fuego. Trabajan de noche, durante fines de semana y feriados. Presencian muertes, accidentes, violencia familiar, abusos, suicidios y escenas que dejan marcas profundas.

A ello se suman salarios que muchas veces obligan a realizar servicios adicionales, dificultades habitacionales, traslados, desarraigo y una estructura jerárquica que no siempre ofrece canales seguros para plantear problemas.

El uniforme no elimina esos conflictos. En muchos casos los oculta.

Una política seria debería incluir evaluaciones periódicas, seguimiento profesional, equipos interdisciplinarios suficientes, atención gratuita, acompañamiento familiar y protocolos especiales frente a señales de riesgo.

También debería analizarse el acceso al arma reglamentaria cuando existen indicadores concretos de crisis, pero sin convertir la asistencia psicológica en un mecanismo punitivo que termine alejando al personal de los profesionales.

Se trata de prevenir sin perseguir y de cuidar sin estigmatizar.

El silencio también mata

Cada vez que un policía se suicida, la institución suele cerrar filas alrededor del dolor familiar. Esa prudencia es comprensible en las primeras horas.

Pero cuando la reserva se vuelve permanente, impide estudiar los hechos, identificar factores comunes y diseñar políticas eficaces.

No se trata de divulgar detalles íntimos ni de convertir el sufrimiento en espectáculo.

Se trata de contar con estadísticas públicas, análisis profesionales, auditorías, protocolos y explicaciones sobre las medidas adoptadas.

¿Cuántos policías se suicidaron en los últimos diez años en Entre Ríos?

¿Cuántos habían solicitado asistencia psicológica?

¿Cuántos atravesaban problemas económicos o familiares?

¿Cuántos se encontraban bajo sumario, traslado o licencia?

¿Cuántos habían dado señales previas?

Sin información no existe prevención. Solo existen comunicados posteriores.

¿Cuántos más?

La ampliación de un convenio con el Colegio de Psicólogos puede ser útil, pero no debe presentarse como la respuesta a una crisis que ya provocó al menos seis muertes desde 2025.

Un descuento no reemplaza un sistema de prevención.

Una consulta arancelada no sustituye el acompañamiento institucional.

Un comunicado no puede ocultar la dimensión del problema.

Gabriela Maricel Rodríguez tenía 26 años. Antes que ella murieron María Luciana Núñez, Natalia Ruiz Moreno, Nicolás Alejandro Gervasoni, Víctor Ernesto Taborda y Agustín Monzón.

Tienen nombres. Tuvieron familias, compañeros, proyectos y una vida más allá del uniforme.

La pregunta ya no puede ser cuándo se anunciará otro convenio.

La pregunta es cuántos policías más deberán morir para que el Estado reconozca que enfrenta una verdadera emergencia de salud mental dentro de la fuerza.

 

(*) Periodista. Corresponsal en Buenos Aires.

 

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