Cuando el vigilante también es vigilado por el «Panóptico Social»

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Durante casi dos siglos, cuando alguien quería explicar cómo nos vigila el poder, recurría a una imagen: la del Panóptico.

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La ideó a fines del siglo XVIII el filósofo inglés Jeremy Bentham como diseño de cárcel: una torre central rodeada de celdas dispuestas en círculo, de manera que un solo guardia pudiera observar a todos los presos sin que estos supieran, en cada momento, si eran observados o no. Bentham lo pensó como una máquina de ahorro: no hacía falta vigilar todo el tiempo, alcanzaba con que el preso creyera que podía ser visto en cualquier momento para que se disciplinara solo.

Casi doscientos años después, el filósofo francés Michel Foucault tomó esa idea de arquitectura carcelaria y la convirtió en la metáfora central para explicar cómo funciona el poder moderno en general: no solo en la cárcel, sino en la escuela, el hospital, el cuartel y la fábrica. Para Foucault, el Panóptico no era un edificio sino un principio: el poder se vuelve eficiente cuando logra que el vigilado internalice la mirada del vigilante y termine controlándose a sí mismo. Esa fue, durante décadas, la imagen dominante para pensar la vigilancia: vertical, centralizada, con un Estado que mira desde arriba y una sociedad que aprende a comportarse como si siempre estuviera siendo observada.

Cuando la torre desaparece: la revisión de Byung-Chul Han

El filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han sostiene, en libros como La sociedad de la transparencia y Psicopolítica, que ese modelo ya no alcanza para describir el presente. Su argumento, resumido para quien no lo haya leído: el panóptico de Bentham y Foucault dependía de una arquitectura de encierro —muros, celdas, una torre— y de un poder que actuaba principalmente prohibiendo, reprimiendo, vigilando desde afuera. El panóptico digital que describe Han no tiene muros ni torre central. No hace falta que nadie nos obligue a exponernos: lo hacemos voluntariamente, en redes sociales, a cambio de visibilidad, likes y atención. Cada usuario es, al mismo tiempo, vigilante y vigilado, guardia y preso, según la fórmula que repiten varios de sus lectores. El poder ya no dice «no puedes»: seduce, ofrece positividad, y por eso —dice Han— es más eficaz que el viejo poder disciplinario, porque no genera resistencia: uno se explota a sí mismo creyendo que se está realizando.

Antes que Han, el propio Gilles Deleuze había anticipado parte de ese giro en un texto breve pero muy citado, el «Post-scriptum sobre las sociedades de control» (1990). Deleuze proponía que las sociedades disciplinarias que describía Foucault —organizadas en torno a «encierros» sucesivos: la familia, la escuela, la fábrica, eventualmente la cárcel— estaban siendo reemplazadas por sociedades de control, donde ya no hace falta encerrar a nadie en un edificio: alcanza con contraseñas, códigos de acceso y un control continuo y modulado, sin los muros que necesitaba el modelo anterior.

A esa misma familia de ideas pertenece, con otro énfasis, el trabajo de la socióloga Shoshana Zuboff sobre lo que llama «capitalismo de vigilancia»: ya no se trata solo de que el poder político nos observe, sino de que empresas privadas convierten cada clic, cada trayecto y cada pausa frente a una pantalla en datos que se venden para predecir y modificar nuestro comportamiento. El panóptico, en esa lectura, dejó de ser estatal para volverse también comercial.

Una tercera mutación: cuando el vigilado empieza a filmar de vuelta

Estos autores describen, cada uno a su manera, un poder que se volvió más difuso, más íntimo y, en cierto sentido, más difícil de resistir porque ya no se presenta como una prohibición sino como una invitación. Pero hay una tercera mutación del panóptico que estos marcos no cubren del todo, porque atiende a otra dirección de la mirada: qué pasa cuando el ciudadano común, con el mismo teléfono que lo convierte en sujeto vigilado por plataformas y algoritmos, empieza a apuntar esa cámara hacia el Estado.

Eso es lo que propongo llamar Panóptico Social Ampliado: una situación en la que el Estado sigue vigilando —con cámaras urbanas, bases de datos, reconocimiento facial— pero ya no es el único que produce información sobre lo que ocurre en el espacio público. El policía observa al manifestante, pero el manifestante también graba al policía; una cámara municipal registra a los dos, un comercio guarda otra toma, y esos registros pueden circular después fuera de cualquier control institucional. No es que el ciudadano haya alcanzado el mismo poder que el Estado —sigue sin poder detener, requisar o usar la fuerza—, sino que el Estado perdió el monopolio sobre el relato de lo que pasa cuando ejerce esas facultades.

Esto es lo que conviene llamar, con precisión, Trazabilidad Estatal: la posibilidad de reconstruir no solo lo que hizo un agente en particular, sino la cadena completa de decisiones estatales que lo puso ahí —quién ordenó el operativo, con qué instrucciones, quién estaba a cargo de supervisarlo—. El caso más visible es el policial, porque es donde el Estado actúa cuerpo a cuerpo con el ciudadano. Durante mucho tiempo, reconstruir lo ocurrido en un operativo dependía casi exclusivamente de la palabra de quienes lo habían llevado adelante: actas, partes, radios internas. Hoy, un mismo procedimiento puede quedar registrado por cámaras corporales, cámaras de seguridad, celulares de testigos y transmisiones en vivo, lo que permite —al menos en teoría— reconstruir con más precisión quién hizo qué, por orden de quién y cuándo. Conviene, sin embargo, no exagerar el efecto: la experiencia con cámaras corporales en distintos países muestra que más video no siempre significa más sanciones, porque la decisión sigue estando en manos de fiscalías y jefaturas que pueden seguir siendo tan opacas como antes. Grabar no es lo mismo que hacer justicia.

La trazabilidad ya no es solo estatal

Conviene detenerse un momento en esta palabra, porque el fenómeno excede ampliamente al Estado. Lo que llamo Trazabilidad Social es la condición, cada vez más general, en la que casi cualquier persona —no solo un funcionario en un operativo— puede ver reconstruida su conducta pasada a partir de rastros que ni siquiera recuerda haber dejado. No hace falta que el Estado esté involucrado: alcanza con haber comprado algo, publicado algo, comentado algo o simplemente haber pasado por un lugar con el teléfono encendido.

Quien busca empleo hoy sabe que una empresa puede revisar años de publicaciones en redes antes de una entrevista. Quien pide un crédito puede ser evaluado, en parte, por su historial de consumo digital. Una foto vieja, un comentario de hace una década, una discusión que en su momento pareció intrascendente, pueden reaparecer con el mismo peso probatorio que si hubieran ocurrido ayer —eso es lo que distingue a la trazabilidad social de la memoria humana ordinaria, que normalmente atenúa, desordena y perdona con el tiempo. El archivo digital, en cambio, no atenúa nada por sí solo: todo queda a la misma distancia de un buscador.

Esto conecta con algo que ya señalaba Han: buena parte de esa trazabilidad no la impone nadie desde afuera, la producimos nosotros mismos al exponernos voluntariamente en busca de visibilidad. Pero conecta también con Zuboff, porque una parte igual de importante ocurre sin que lo sepamos: empresas y plataformas registran comportamientos que jamás publicamos activamente —recorridos, tiempos de pantalla, patrones de compra— y los convierten en perfiles que otros usan para decidir sobre nosotros. La trazabilidad social, entonces, tiene un componente que elegimos (lo que subimos) y otro que no elegimos (lo que se infiere de nosotros sin que lo sepamos), y la mayoría de la gente no distingue bien dónde termina uno y empieza el otro.

La pregunta policial con la que empezó esta nota —qué pasa cuando el ciudadano graba al Estado— es, en realidad, un caso particular de una pregunta mucho más amplia: qué pasa cuando toda una sociedad queda expuesta a que su pasado sea reconstruido, comparado y usado en su contra o a su favor, sin que existan todavía reglas claras sobre cuánto tiempo debe durar esa memoria ni quién tiene derecho a invocarla.

La escena que cambió: cuando la comunidad le habla al policía

Hay otra escena, menos comentada, que esta transformación hizo posible: la de vecinos que, frente a un operativo, no solo graban sino que empiezan a hablarle directamente al policía y a recordarle que también es un trabajador, que también paga alquiler, que también depende de un hospital público. No es un simple reclamo emocional: es un intento de reconstruir, detrás del uniforme, una identidad social que la función policial no borra. El agente sigue siendo funcionario, con las obligaciones que eso implica, pero también sigue siendo vecino y trabajador —y en muchos casos, con una situación económica más parecida a la de quienes tiene enfrente que a la de quienes diseñaron la orden que está ejecutando.

Esa incomodidad revela algo más amplio: la tendencia de buena parte de la dirigencia política, más allá de su signo, a resolver con policías problemas que nacieron en otro lado. Una protesta salarial termina tratada como problema de orden público; una crisis habitacional, como un desalojo; una economía informal, como un operativo de control. El costo político de esas decisiones queda así trasladado hacia quien las ejecuta en la calle, mientras quien las decidió permanece varios escalones más arriba, fuera de la escena y de cualquier cámara.

Ver más no garantiza recordar bien

Conviene cerrar con una advertencia, porque es tentador pensar que, si todo queda filmado, la política terminará siendo más honesta. No hay evidencia sólida de que sea así. La investigación sobre polarización muestra que buena parte de la ciudadanía reinterpreta —o directamente descarta— la evidencia que contradice sus propias lealtades políticas, así sea en video. El archivo digital amplía enormemente lo que puede saberse sobre el ejercicio del poder, pero no garantiza que ese saber se traduzca en consecuencias, ni electorales ni judiciales. La cámara multiplicó los testigos. Falta, todavía, que esos testigos tengan con qué exigir que lo que vieron importe.

 

Para profundizar: Michel Foucault, «Vigilar y castigar» (1975); Byung-Chul Han, «La sociedad de la transparencia» (2012) y «Psicopolítica» (2014); Gilles Deleuze, «Post-scriptum sobre las sociedades de control» (1990); Shoshana Zuboff, «La era del capitalismo de vigilancia» (2019).

 

“Quien quiera oír que oiga”

(*) Periodista. Licenciado en  Seguridad Pública y Ciudadana (Universidad Nacional de Chaco Austral -. UNCAUs). Autor de los  libros Doctrina de la Sospecha Permanente (DSP),  «La Teoría del Foco y la Vara» (FyV)«El Principio de Reciprocidad Institucional» (PRI) ,«Gobernar mediante la sospecha»«Ciudadanía de Segunda Clase (CSC)». y ¿En nombre del odio?

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