Hay algo que me provoca una mezcla de sorpresa y cierta diversión cada vez que se cuestiona alguna de las ideas de Marcelo Saín. Uno puede detenerse en sus textos, discutir su concepción de la seguridad pública, señalar diferencias respecto de la conducción política de las policías, contrastar su mirada con otras tradiciones doctrinarias o incluso preguntarse hasta qué punto determinadas categorías elaboradas desde la academia explican adecuadamente lo que ocurre dentro de las instituciones, y siempre aparece alguien dispuesto a formular la pregunta casi sacramental: “¿Cómo podés criticar a Saín?”.
La reacción resulta curiosa porque normalmente no viene acompañada de una refutación. No se discute demasiado si el argumento es correcto o equivocado, sino que pareciera cuestionarse la osadía misma de haber puesto bajo examen a una de las figuras que durante años ocupó un lugar central en el pensamiento argentino sobre seguridad.
Como si hubiera autores que pudieran discutirse y otros que debieran simplemente citarse.
Por eso resulta particularmente interesante observar qué ocurre cuando uno abandona por un momento los corredores de la academia y se asoma a otros lugares donde también se construyó poder durante las últimas décadas.
Hace pocos días apareció en X una publicación de Fernando Pocino dirigida directamente contra Marcelo Saín. Y ahí el tono fue bastante diferente del que solemos utilizar nosotros cuando discutimos sus ideas.
Pocino escribió, entre otras cosas, que sabía que Saín estaba hablando de él en Data Clave, lo acusó de haber dicho “basuras” sobre Jaime y cuestionó una versión según la cual él habría sobrevivido políticamente porque Néstor Kirchner lo había protegido. A partir de allí la publicación se convirtió en una descarga personal de una dureza extraordinaria.
Entre los insultos, Pocino sostuvo que Néstor Kirchner le habría dicho que Saín había sido designado por influencia de Horacio Verbitsky y Martín Sabbatella; afirmó que Saín tenía causas penales; recordó su paso por la Secretaría de Inteligencia junto a Oscar Parrilli y aseguró que, desde la Escuela Nacional de Inteligencia, pretendía impulsar grupos operativos y solicitaba recursos para ello. También afirmó que Parrilli le pedía que lo recibiera y que él se negaba.
Todo eso terminó acompañado por una catarata de insultos personales que no necesitan demasiada interpretación.
Conviene hacer aquí una precisión elemental, precisamente porque nosotros pretendemos discutir estos asuntos con una vara diferente: esas son afirmaciones de Fernando Pocino y deben ser presentadas como tales. Que un antiguo jefe de inteligencia diga algo no lo convierte automáticamente en verdadero, del mismo modo que un posteo en una red social no reemplaza documentos, expedientes ni otras fuentes independientes.
Pero sería absurdo fingir que quien habla es un comentarista ocasional.
Fernando Pocino fue director de Reunión Interior de la antigua Secretaría de Inteligencia y ocupó durante años una posición importante dentro de aquel organismo. La prensa de la época documentó su peso en la estructura, su cercanía con sectores del kirchnerismo y las fuertes internas que mantuvo dentro del sistema de inteligencia, particularmente frente a otros hombres poderosos de la ex SIDE.
Por eso su intervención tiene interés político aun cuando sus acusaciones requieran comprobación independiente.
No estamos frente a alguien que conoció a Saín por haber leído un libro suyo.
Estamos ante un hombre que durante años habitó uno de los ámbitos más cerrados y conflictivos del Estado argentino y que habla desde una memoria propia de aquellos espacios. Esa memoria puede ser parcial, interesada, atravesada por antiguas enemistades o incluso equivocada, pero existe y forma parte del otro costado de una trayectoria pública que rara vez aparece cuando Saín es presentado solamente como académico y especialista en seguridad.
Y esto es precisamente lo que me interesa.
Porque mientras a nosotros algunos nos cuestionan por discutir conceptos, aparecen antiguos protagonistas de las estructuras de poder diciendo cosas infinitamente más graves que cualquier diferencia doctrinaria que hayamos planteado.
Después del posteo de Pocino, incluso algunos usuarios parecieron pedirle que fuera todavía más explícito. Uno escribió: “Estimado, creo que es hora de que deje las indirectas de lado”, una observación bastante irónica teniendo en cuenta que a esa altura quedaban pocas indirectas disponibles. Otros comentarios posteriores directamente calificaron a Saín en términos despectivos o lo mezclaron con dirigentes políticos del kirchnerismo dentro de una cadena de agravios.
No hace falta compartir ese lenguaje para advertir lo evidente: existe una imagen de Marcelo Saín muy distinta de la que circula en determinados ambientes académicos.
Está Saín, el investigador.
Está Saín, el profesor.
Está Saín, el exministro de Seguridad.
Pero también está el Saín que transitó espacios concretos de poder, que pasó por estructuras estatales sensibles, que protagonizó disputas políticas y administrativas y que, evidentemente, acumuló adversarios capaces de recordarlo muchos años después con una virulencia notable.
Las dos dimensiones forman parte de una misma trayectoria pública.
Por eso nunca entendí demasiado la lógica de quienes consideran ofensivo discutirlo conceptualmente.
Nosotros no necesitamos saber qué piensa Pocino para señalar nuestras diferencias con Saín. Tampoco necesitamos recurrir a insultos, rumores o antiguas internas. Tenemos bastante material en sus propios textos y en sus experiencias de gestión para debatir cuestiones mucho más interesantes: qué relación debe existir entre poder político y Policía, dónde comienza y termina la autonomía profesional, qué papel ocupa la comunidad, cómo se construye la legitimidad institucional y qué lugar corresponde reconocer al trabajador policial dentro del sistema de seguridad.
Allí está nuestra discusión.
Lo que ocurre es que, después de leer a Fernando Pocino, ciertas críticas nuestras empiezan a parecer casi un intercambio entre caballeros ingleses.
Y esa comparación deja otra enseñanza.
Quizás una parte de la academia argentina haya construido alrededor de algunos autores una solemnidad que nunca existió en los ámbitos reales del poder donde esos mismos hombres actuaron. Cuando uno observa esas antiguas relaciones, las internas, los enfrentamientos y la manera en que sus protagonistas todavía se refieren unos a otros, descubre un universo bastante menos elegante que el que suele aparecer en las citas bibliográficas.
Eso no vuelve falsas las teorías de Saín.
Pero tampoco obliga a venerarlas.
La producción intelectual y la trayectoria política son cosas relacionadas pero diferentes, y ambas pueden ser analizadas críticamente. Saín hizo aportes importantes al debate argentino sobre seguridad y precisamente por eso merece ser leído con seriedad, que es algo muy diferente de ser leído con reverencia.
Nosotros vamos a seguir haciendo exactamente eso: leerlo, discutirlo, reconocer aquello que consideremos valioso y cuestionar lo que entendamos equivocado.
Otros, evidentemente, tienen cuentas bastante diferentes para saldar.
Y después de observar cómo hablan algunos hombres que compartieron durante años las zonas menos luminosas del poder estatal, resulta inevitable volver sobre nuestros cuadros comparativos, nuestras discusiones sobre modelos de seguridad y nuestras diferencias doctrinarias y pensar, con una buena dosis de ironía: ¡Y después el salvaje soy yo!
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“Quien quiera oír que oiga”
(*) Ex oficial de la PSF. Periodista. Licenciado en Seguridad Pública y Ciudadana (Universidad Nacional de Chaco Austral -. UNCAUs). Autor de los libros Doctrina de la Sospecha Permanente (DSP), «La Teoría del Foco y la Vara» (FyV), «El Principio de Reciprocidad Institucional» (PRI) ,«Gobernar mediante la sospecha», «Ciudadanía de Segunda Clase (CSC)». y ¿En nombre del odio?
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