¿La sangre del policía es barata y seca rápido?

¿La sangre del policía es barata y seca rápido?

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Mientras el crimen de Damián López sigue abierto, ya empiezan a suavizar las consecuencias. A poco más de tres meses del asesinato de Eduardo Damián López durante los graves incidentes ocurridos tras la final de la Liga Cañadense, el Tribunal de Disciplina redujo la sanción aplicada a Cremería y también morigeró la multa económica. Mientras tanto, la causa penal sigue sin una resolución definitiva y uno de los imputados ya recuperó la libertad. El contraste resulta demasiado evidente: la muerte todavía no tiene una respuesta completa, pero las consecuencias institucionales empiezan a retroceder.

Fue a trabajar y no volvió

El 28 de junio de 2026, Eduardo Damián López estaba cumpliendo servicio de seguridad durante la final entre Club Atlético Carcarañá y Sportivo Las Parejas cuando los incidentes posteriores al partido derivaron en una agresión contra el personal policial. Según la reconstrucción fiscal difundida públicamente, un grupo numeroso avanzó contra los efectivos, que fueron superados en cantidad y atacados con piedras y otros elementos, en una secuencia que terminó con López gravemente herido en la cabeza y con su muerte al día siguiente.

Ese dato debería ordenar cualquier lectura posterior, porque Damián López no estaba participando de una pelea entre hinchadas ni había concurrido al estadio como espectador, sino que se encontraba trabajando y cumpliendo una función pública dentro de un operativo de seguridad que terminó desbordado. Por eso, a tan pocos meses de lo ocurrido, resulta inevitable preguntarse si no estamos asistiendo ya a una rápida pérdida de centralidad de la víctima dentro de un expediente que todavía no terminó de esclarecer completamente el crimen.

La sanción empieza a achicarse antes de que termine la investigación

La Liga Cañadense había impuesto inicialmente una sanción severa al Club Atlético Carcarañá, pero el Tribunal de Disciplina Deportiva del Interior del Consejo Federal resolvió reducirla de 38 fechas a 18 meses para Primera y Cuarta División, además de disminuir la sanción económica. Es correcto señalar que la institución tenía derecho a apelar y que el tribunal deportivo tenía facultades para revisar la medida, del mismo modo que corresponde diferenciar con claridad la responsabilidad institucional o deportiva de la responsabilidad penal individual de quienes hayan participado del ataque.

Sin embargo, reconocer esas diferencias jurídicas no obliga a ignorar el efecto político, institucional y simbólico de la secuencia. Mientras las consecuencias deportivas ya empiezan a ser revisadas, reducidas y acomodadas, la muerte de Damián López sigue sin una respuesta judicial definitiva, y esa diferencia de tiempos resulta difícil de pasar por alto cuando apenas transcurrieron unos meses desde el crimen.

La causa sigue abierta y uno de los imputados ya está en libertad

Dos hombres fueron inicialmente imputados y quedaron bajo prisión preventiva, aunque posteriormente uno de ellos recuperó la libertad bajo fianza mientras la Fiscalía anticipaba que apelaría esa decisión porque todavía restaban medidas investigativas. Eso significa que el expediente penal continúa abierto, que la reconstrucción integral de lo sucedido todavía no está concluida y que la Justicia debe seguir determinando responsabilidades concretas.

No estamos, por lo tanto, frente a una verdad judicial definitivamente establecida ni ante un caso cerrado, sino frente a una investigación todavía en curso en la que subsisten preguntas centrales. Precisamente por eso resulta tan llamativo que el sistema deportivo ya haya comenzado a morigerar las sanciones mientras el sistema judicial aún no terminó de responder quiénes participaron, de qué manera lo hicieron y cuál será la consecuencia penal definitiva por la muerte de un policía en servicio.

La sangre del policía es barata y seca rápido

Existe una expresión dura que circula desde hace años dentro de las fuerzas: “la sangre del policía es barata y seca rápido”. No es una categoría jurídica ni una consigna destinada a reemplazar el análisis de los tribunales, sino la forma brutal en que muchos uniformados describen una experiencia que consideran repetida: cuando un policía muere en servicio hay conmoción, discursos, minutos de silencio, homenajes y promesas, pero luego el tiempo avanza, los expedientes se vuelven más lentos y la centralidad de la víctima empieza a diluirse.

En esa percepción hay algo que no debería ser descartado con liviandad. La familia sigue viviendo la ausencia, los compañeros continúan recordando al que faltó y la herida permanece, mientras alrededor de ellos las instituciones vuelven lentamente a su funcionamiento habitual, con recursos, apelaciones, revisiones, libertades y reducciones. El problema no es que existan esos mecanismos, porque deben existir en un Estado de derecho, sino que muchas veces la velocidad con que se activan contrasta con la lentitud con la que llega una respuesta completa para la víctima.

La vida policial no puede tener menor valor institucional

El caso de Damián López también obliga a revisar una naturalización peligrosa: la idea de que el riesgo policial forma parte del oficio y que, por esa razón, la muerte de un efectivo en servicio debe ser absorbida casi como una consecuencia esperable. Esa lógica termina degradando el valor institucional de la vida policial y convierte en rutina lo que debería seguir siendo excepcional.

Un policía no pierde sus derechos por usar uniforme, no vale menos porque porte un arma ni su familia sufre menos porque la profesión implique riesgos. Si el Estado exige a sus efectivos exponerse para garantizar seguridad, también debe garantizar que cuando uno de ellos es asesinado exista una investigación exhaustiva, una respuesta institucional sostenida y una memoria pública que no se diluya apenas pasa la conmoción inicial.

No se trata de pedir venganza, sino de no borrar a la víctima

Exigir que el crimen de Damián López sea completamente esclarecido no significa reclamar castigos arbitrarios ni desconocer garantías constitucionales. Todo acusado tiene derecho a defensa, toda institución puede ejercer las vías de apelación previstas y todo tribunal debe resolver conforme a derecho, porque justamente de eso se trata el Estado de derecho.

Pero esas garantías no deberían servir para borrar a quien murió. La víctima también merece una respuesta estatal, la familia tiene derecho a conocer la verdad y la sociedad necesita saber qué ocurrió, quiénes fueron responsables y qué consecuencias se derivarán de ello. Cuando la persona asesinada es un trabajador policial que estaba cumpliendo servicio, esa obligación no disminuye sino que adquiere una dimensión institucional adicional.

Todavía falta justicia y ya empieza el olvido

Quizás esa sea la parte más incómoda de todo esto. A poco más de tres meses de la muerte de Damián López, ya se discuten plazos de desafiliación, reducción de multas y condiciones para volver a competir, mientras la causa penal todavía no terminó de establecer todas las responsabilidades. Todo eso puede formar parte de los procedimientos normales del mundo deportivo, pero no debería hacernos perder de vista que detrás de cada expediente y cada resolución hubo un policía que salió a trabajar y no regresó a su casa.

Por eso aquella frase vuelve a aparecer con una crudeza que no debería naturalizarse: “la sangre del policía es barata y seca rápido”. La pregunta que deja el caso no es solamente cuánto durará una sanción deportiva, sino cuánto dura realmente la memoria institucional cuando la víctima viste uniforme y cuánto tiempo está dispuesta la sociedad a exigir verdad y justicia antes de acostumbrarse a pasar de página.

 

“Quien quiera oír que oiga”

(*) Ex oficial de la PSF. Periodista. Licenciado en Seguridad Pública y Ciudadana (Universidad Nacional de Chaco Austral – UNCAUs). Autor de los  libros Doctrina de la Sospecha Permanente (DSP),  «La Teoría del Foco y la Vara» (FyV), «El Principio de Reciprocidad Institucional» (PRI) ,«Gobernar mediante la sospecha», «Ciudadanía de Segunda Clase (CSC)» , ¿En nombre del odio? y «La Masacre de Rosario».

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