Territorios Sagrados

Territorios Sagrados

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Hay momentos en los que una sociedad revela menos por lo que piensa que por la manera en que decide expresarlo. La muerte de una persona conocida, discutida, querida por algunos y profundamente rechazada por otros suele producir ese efecto, porque alrededor de ella aparecen homenajes, silencios, recuerdos, críticas y rencores largamente guardados, pero también expresiones de una violencia verbal que pareciera encontrar en la muerte ajena una oportunidad para liberarse de toda restricción.

La primera tentación consiste en llevar inmediatamente el problema al terreno jurídico y preguntarnos qué puede decirse, qué no debería decirse, dónde comienza la ofensa, cuándo aparece el llamado discurso de odio y hasta dónde podría intervenir el Estado. Son preguntas legítimas y en determinados casos necesarias, pero sospecho que si comenzamos por allí corremos el riesgo de perder algo anterior y quizá más importante: existen territorios de la experiencia humana que no deberían necesitar primero una ley que nos diga cómo entrar, y la muerte es, probablemente, uno de los más evidentes.

Podríamos llamar a esos espacios Territorios Sagrados.

No utilizo aquí la palabra sagrado en un sentido estrictamente religioso, ni pretendo convertir determinados asuntos en espacios intocables, inmunes a la crítica o rodeados por una solemnidad artificial. Lo sagrado, en este caso, refiere a aquellas dimensiones de la existencia frente a las cuales el ser humano reconoce que no todo puede ser abordado del mismo modo, con el mismo tono ni bajo las mismas reglas con que discutimos cualquier otra cuestión cotidiana. La muerte, el dolor, el duelo, la intimidad, el amor, la infancia, determinados recuerdos y quizás también la creación artística forman parte de esos territorios, no porque estén fuera de toda discusión, sino porque exigen alguna conciencia acerca del lugar al que estamos ingresando.

Entrar no es lo mismo que irrumpir

Uno puede ingresar al dolor ajeno de muchas maneras: con respeto, curiosidad, indiferencia, resentimiento, satisfacción e incluso crueldad. Todas esas posibilidades forman parte de la condición humana y sería ingenuo pretender abolirlas, pero reconocer que existen no equivale a sostener que todas poseen el mismo valor ni que nuestra libertad para experimentarlas nos exima de preguntarnos qué hacemos con ellas.

La libertad nos permite sentir rechazo por alguien que ha muerto y conservar intacta nuestra crítica hacia su vida, sus decisiones o su legado. La muerte no santifica retrospectivamente a nadie, no elimina responsabilidades, no transforma automáticamente una trayectoria cuestionable en una vida ejemplar ni obliga a una sociedad a falsificar su memoria para adecuarse a la solemnidad del momento.

Sin embargo, la muerte introduce una asimetría imposible de ignorar porque quien murió ya no puede responder, defenderse, explicar, rectificar ni devolver el agravio. Desde ese momento hablamos acerca de alguien que ha quedado definitivamente fuera de la conversación y esa circunstancia, aunque no borre ninguna responsabilidad anterior, modifica inevitablemente nuestra posición como hablantes.

Por eso la vieja prudencia que acompañó históricamente a la muerte no era necesariamente hipocresía. Muchas culturas comprendieron que ante ciertos acontecimientos correspondía modificar el tono, detener momentáneamente la disputa y reconocer que se estaba atravesando un umbral. No se trataba de prohibir la verdad ni de construir una biografía ficticia del fallecido, sino de comprender que no toda verdad necesita ser dicha de cualquier manera, en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia.

La prudencia como virtud del umbral

La prudencia aparece entonces no como una forma de cobardía, silencio o neutralidad, sino como una condición de acceso ético a determinados territorios. No define lo sagrado, pero sí puede definir la manera en que nos aproximamos a ello. Una muerte, un duelo, una intimidad o una experiencia de profundo dolor no dejan de poseer densidad porque alguien los trate con brutalidad; lo que cambia es quien entra y la forma en que decide hacerlo.

La prudencia supone medir la palabra, el momento, el tono y las consecuencias antes de intervenir. No impide decir una verdad incómoda ni obliga a aceptar aquello con lo que no estamos de acuerdo, pero nos recuerda que una misma verdad puede ser dicha de modos muy diferentes y que no todos producen el mismo efecto humano.

En ese sentido, la prudencia es también una forma de autoconocimiento. El espejo no sirve únicamente para estimular nuestra vanidad ni para ofrecernos el deleite superficial de contemplarnos, sino también para buscarnos y reconocernos tal como somos. El antiguo mandato délfico del “conócete a ti mismo” expresa justamente esa idea: la sabiduría comienza cuando somos capaces de reconocer nuestras propias pasiones, límites, cegueras y contradicciones.

Por eso la prudencia puede pensarse como la virtud que se mira antes de actuar. No observa solamente el camino que tiene delante, sino también a quien está dispuesto a recorrerlo. Antes de decidir qué hacer con el dolor, la muerte o la fragilidad del otro, la pregunta no debería ser únicamente qué está permitido, sino también qué revela de nosotros aquello que estamos a punto de hacer.

En los Territorios Sagrados, la prudencia podría resumirse así: no prohíbe el ingreso, pero nos recuerda que hay lugares a los que no se entra de cualquier manera.

El derecho no agota la cuestión

Nuestra época parece haber adquirido una extraña obsesión por convertir cada conflicto moral en un expediente jurídico y, ante una expresión desagradable, ofensiva o directamente cruel, aparece rápidamente la pregunta acerca de si puede sancionarse. Sin abandonar esa discusión cuando corresponda, quizás deberíamos recuperar otra pregunta mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más exigente: ¿hacía falta decirlo así?

La diferencia es enorme porque una sociedad verdaderamente libre necesita conservar un espacio para aquello que puede resultar moralmente reprochable sin transformarse automáticamente en ilegal. De lo contrario, cada incorrección terminará reclamando un fiscal, cada ofensa una norma y cada sentimiento socialmente indeseable alguna forma de vigilancia, hasta llegar al absurdo de pretender que la ley administre dimensiones de la experiencia humana que jamás debería aspirar a gobernar.

Los Territorios Sagrados deberían funcionar precisamente de otra manera, porque allí el límite principal no tendría que provenir de la amenaza de una sanción sino de algo bastante más exigente: la conciencia personal, la educación recibida, las costumbres compartidas y nuestra propia noción de dignidad. La ley puede impedir determinadas conductas y establecer responsabilidades frente al daño concreto, pero difícilmente pueda fabricar prudencia, consideración o decencia.

Lo sagrado no significa silencio obligatorio

Conviene aclararlo porque, de otro modo, la idea podría terminar generando aquello mismo que pretende evitar: una nueva forma de censura. Decir que la muerte pertenece a un territorio especial no significa exigir elogios obligatorios hacia quien murió ni imponer un silencio destinado a borrar aquello que esa persona hizo mientras vivía.

Hay acciones que merecerán seguir siendo discutidas durante décadas, responsabilidades históricas que no desaparecen con un funeral, víctimas que conservan intacto el derecho a contar lo que vivieron y sociedades que necesitan revisar críticamente a sus muertos. Nada de eso debe desaparecer y ninguna idea de respeto puede convertirse en excusa para clausurar la memoria.

Lo que sí existe es una diferencia sustancial entre memoria y escarnio, entre crítica y humillación, entre recordar el daño producido por alguien y transformar su muerte en espectáculo. Una sociedad puede conservar íntegramente su capacidad crítica sin celebrar la desaparición física del adversario, del mismo modo que puede revisar una trayectoria con severidad sin renunciar por ello al reconocimiento de una humanidad compartida.

Quizás allí aparezca una primera regla no escrita de estos territorios: la humanidad del otro no depende de nuestra opinión sobre él.

El examen verdadero ocurre frente a quien rechazamos

Respetar la muerte de alguien querido no exige demasiado esfuerzo moral porque el afecto ya dispone nuestro ánimo hacia la consideración. El verdadero problema aparece cuando muere alguien a quien despreciábamos, alguien con quien manteníamos diferencias profundas o incluso alguien a quien atribuimos acciones que nos dañaron directa o indirectamente, porque es entonces cuando se vuelve visible si nuestra idea de dignidad humana era realmente universal o simplemente una cortesía reservada para los nuestros.

Podemos detestar una conducta, condenar una trayectoria o considerar que determinada persona produjo un daño enorme, pero todavía queda una decisión que nos pertenece exclusivamente a nosotros: qué hacemos con ese rechazo cuando esa persona ya no está. Podemos transformarlo en memoria, reflexión, aprendizaje o búsqueda de justicia, o podemos convertirlo en degradación y escarnio, y esa elección termina diciendo mucho más acerca de quien habla que acerca de quien ya no puede hacerlo.

Existe allí una paradoja interesante: cuanto mayores hayan sido nuestras diferencias con el fallecido, mayor será posiblemente el esfuerzo necesario para preservar una cierta medida. Precisamente por eso esos momentos constituyen una prueba mucho más exigente de nuestras convicciones que cualquier declaración abstracta acerca de la dignidad humana.

Una forma secular de reverencia

Emmanuel Levinas colocó al otro en el centro de la experiencia ética, Martin Buber distinguió entre encontrarnos con alguien como un “Tú” o reducirlo simplemente a una cosa, mientras Simone Weil habló de la atención como una de las formas más elevadas de consideración hacia los demás. Desde tradiciones y perspectivas diferentes, todos parecen señalar una intuición común: existen encuentros humanos en los cuales detenerse, mirar y reconocer la presencia del otro constituye en sí mismo una forma de respeto.

Tal vez necesitemos recuperar algo parecido a una reverencia secular, que no sea reverencia frente al poder, las instituciones o determinados personajes, sino frente a algunos acontecimientos fundamentales de la existencia humana. La muerte ocuparía inevitablemente un lugar central entre ellos, no porque convierta automáticamente en venerable a quien muere, sino porque nos coloca frente a una de las experiencias definitivas de nuestra condición.

En este punto, el pensamiento de Rodolfo Kusch ofrece una perspectiva especialmente fértil porque desplaza la pregunta desde el dominio hacia el estar. Frente a una tradición que tiende a convertir el mundo en objeto disponible, clasificable y manipulable, Kusch recupera la experiencia de un ser humano situado en una tierra, una comunidad y una trama simbólica que no controla por completo. En ese horizonte, lo sagrado no aparece necesariamente como algo apartado de la vida cotidiana, sino como una dimensión de la existencia que se vuelve perceptible cuando dejamos de relacionarnos con todo únicamente desde la utilidad, la apropiación o la necesidad de intervenir.

Ese aporte permite formular una pregunta distinta. Ya no solamente quién soy frente a lo que ocurre, sino también dónde estoy entrando y cómo debo estar allí. En determinados momentos la respuesta más humana no consiste en hacer inmediatamente algo, emitir un juicio o convertir la experiencia en una opinión, sino en aprender a permanecer por un instante frente a aquello que nos excede.

También por eso los ritos han acompañado durante siglos a la muerte, al nacimiento, al dolor y a otros grandes tránsitos de la existencia. Más allá de las creencias religiosas concretas, el rito cumple una función profundamente humana: señala que se ha atravesado un umbral y que las reglas ordinarias ya no alcanzan por sí solas. Un velatorio, un minuto de silencio, una visita, una espera antes de hablar o el simple acto de bajar la voz frente al dolor ajeno pueden entenderse como maneras de reconocer que estamos ante una realidad que no debería ser convertida inmediatamente en objeto de disputa.

Desde esa perspectiva, podríamos decir, inspirándonos en Kusch, que lo sagrado comienza cuando dejamos de preguntarnos únicamente qué podemos hacer con algo y empezamos a preguntarnos cómo debemos estar ante ello.

Detenernos frente a esa realidad no significa callarnos para siempre ni renunciar al juicio, sino comprender que hemos ingresado en un espacio donde nuestra palabra posee un peso diferente porque ya no participa necesariamente de un intercambio entre iguales y porque aquello que tenemos delante puede contener una profundidad que no agotamos con una explicación, una condena o una etiqueta.

El algoritmo no conoce el duelo

Hay además un problema contemporáneo que vuelve todo esto especialmente visible y que tiene que ver con la transformación de nuestros tiempos de reacción. Las redes sociales destruyeron buena parte de los espacios intermedios que acompañaban tradicionalmente a determinados acontecimientos, entre ellos la muerte, porque aquello que antes estaba rodeado por rituales, encuentros y silencios hoy ingresa inmediatamente en un flujo continuo de información y opinión.

La noticia de una muerte puede aparecer entre una publicidad, un video humorístico, una discusión deportiva y una controversia política, mientras pocos segundos después comienzan los comentarios, las interpretaciones, los insultos, las celebraciones y los ajustes de cuentas. La tecnología ha conseguido algo formidable al permitirnos hablar instantáneamente con prácticamente todo el mundo, pero esa posibilidad técnica no vino acompañada necesariamente por una sabiduría equivalente acerca de cuándo conviene hacerlo, cómo hacerlo o cuándo resulta preferible guardar un breve silencio antes de intervenir.

El algoritmo no conoce el duelo porque para él todo acontecimiento constituye contenido, interacción, permanencia y circulación. Nosotros, en cambio, deberíamos seguir siendo capaces de distinguir entre acontecimientos, reconocer sus diferentes densidades y recordar que no todo cuanto aparece en una pantalla pertenece al mismo plano de la experiencia humana.

Una frontera que no necesita policías

Ésta es quizá la cuestión principal de los Territorios Sagrados: no todo límite merece convertirse en prohibición ni toda conducta desagradable necesita encontrar su respuesta en el Código Penal. Existen fronteras que una comunidad debería ser capaz de conservar mediante la educación, las costumbres, la consideración hacia el otro y la conciencia individual, porque trasladarlas automáticamente al terreno coercitivo terminaría debilitando precisamente aquello que pretendemos preservar.

Los Territorios Sagrados serían esos lugares donde seguimos siendo libres, pero donde la libertad deja de entenderse únicamente como la facultad de hacer o decir algo y comienza a incorporar también una responsabilidad acerca del modo, el momento y las consecuencias de nuestra intervención.

Puedo decir algo acerca de quien acaba de morir, pero antes puedo preguntarme por qué deseo hacerlo y qué busco producir con mis palabras. Puedo hacerlo inmediatamente, pero también puedo preguntarme si este es verdaderamente el momento. Puedo destruir verbalmente a quien ya no tiene posibilidad de responderme, pero inevitablemente queda abierta otra pregunta, mucho más personal y quizá mucho más incómoda: ¿Qué parte de mí queda expuesta cuando decido hacerlo?

No necesitamos que el Estado responda esa pregunta y probablemente sería peligroso que pretendiera hacerlo, porque la respuesta pertenece a otro orden: al de la conciencia, la cultura, las experiencias compartidas y nuestra capacidad de reconocer que existen lugares donde seguimos siendo plenamente libres, aunque precisamente por serlo debamos asumir por nosotros mismos la responsabilidad de la manera en que entramos.

Esos lugares existen y seguramente han acompañado a la humanidad desde mucho antes de que pudiéramos nombrarlos. Tal vez nuestra tarea no consista en inventarlos, sino simplemente en volver a reconocerlos como aquello que siempre fueron: espacios donde ninguna autoridad debería obligarnos a ser humanos porque el verdadero desafío consiste en decidir serlo aun cuando nadie pueda imponérnoslo.

(*) Director – Fundador APROPOL Noticias

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