A 6 años de la protesta de la Policía Bonaerense: sin organización, la lucha se diluye y sin memoria se vuelve a empezar de cero

A 6 años de la protesta de la Policía Bonaerense: sin organización, la lucha se diluye y sin memoria se vuelve a empezar de cero

La Plata (Buenos Aires) – A seis años de la protesta policial iniciada el 7 de septiembre de 2020, una publicación de Juan José Martínez en Infopress La Plata volvió a poner en agenda una pregunta que sigue abierta: qué cambió realmente desde entonces.

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Pero el balance exige ir más allá del salario y de aquella coyuntura, porque dejó dos enseñanzas que todavía parecen no haber sido asumidas en toda su dimensión: una protesta que no logra transformarse en organización estable pierde fuerza con el tiempo, y una lucha que se cree fundacional mientras olvida las anteriores desperdicia la experiencia acumulada y vuelve a cometer errores que la historia ya había mostrado.

Juan José Martínez, desde Infopress La Plata, recordó este 7 de septiembre el comienzo de una de las protestas policiales más significativas de los últimos años en la provincia de Buenos Aires, desarrollada en plena pandemia y extendida durante varios días, con reclamos por salarios, condiciones laborales, equipamiento y recursos que terminaron colocando al gobierno de Axel Kicillof frente a una crisis política de enorme magnitud.

Aquellas imágenes de policías movilizados, móviles concentrados frente a dependencias oficiales y una protesta que llegó hasta las inmediaciones de la residencia del gobernador quedaron grabadas como símbolo de un malestar que desbordó los canales tradicionales de la estructura jerárquica, pero seis años después la pregunta que formula Infopress sigue siendo pertinente: cuánto de aquel reclamo fue realmente resuelto y cuánto volvió a quedar sepultado bajo la rutina institucional.

Sin embargo, hay una segunda pregunta que probablemente sea todavía más importante y que rara vez se formula con la misma fuerza: qué quedó organizado después de aquella protesta y qué capacidad estable se construyó para sostener los reclamos cuando desapareció la concentración de móviles y el conflicto dejó de ocupar las primeras páginas de los medios.

Una protesta puede conmover al poder sin modificar la estructura

Uno de los errores más frecuentes consiste en confundir capacidad de movilización con capacidad de representación.

Una protesta espontánea puede resultar enorme, puede instalar un problema en la agenda nacional, puede obligar a un gobierno a realizar anuncios y hasta puede alterar durante algunos días la relación de fuerzas entre trabajadores y autoridades, pero nada de eso garantiza que posteriormente exista una organización capaz de defender lo conseguido, discutir nuevos problemas y evitar que cada reclamo futuro deba comenzar nuevamente desde cero.

La historia reciente de las fuerzas policiales y penitenciarias argentinas muestra precisamente esa dificultad, porque los conflictos más importantes no surgieron por generación espontánea, sino sobre una acumulación previa de deterioro salarial, condiciones laborales deficientes y ausencia de mecanismos permanentes de representación. Las crisis de 2012 y 2013 no inventaron ese problema, sino que expusieron públicamente la fragilidad de instituciones donde la negociación colectiva y los canales estables de interlocución eran débiles, fragmentarios o directamente inexistentes.

La protesta bonaerense de 2020 debe ser interpretada dentro de esa misma tradición de conflictos que emergen con enorme fuerza y luego tienen dificultades para transformarse en representación permanente.

La organización empieza donde termina la protesta

La verdadera prueba de una protesta no ocurre solamente durante los días en que cientos o miles de personas se movilizan, sino después, cuando cada trabajador regresa a su dependencia y vuelve a quedar sometido individualmente a una estructura jerárquica mucho más poderosa.

Ahí es donde aparece la diferencia entre protesta y organización.

Mientras existe movilización colectiva, el trabajador forma parte de una fuerza capaz de condicionar decisiones; cuando esa movilización desaparece y no existen representantes legitimados, mecanismos permanentes de diálogo o una estructura que sostenga colectivamente los reclamos, cada agente vuelve a negociar prácticamente solo frente al Estado empleador.

La asimetría reaparece entonces con toda su intensidad.

Por eso los mecanismos colectivos no sirven solamente para reclamar salarios, sino también para transformar un malestar episódico en capacidad permanente de interlocución, previsibilidad y protección. La investigación comparada sobre representación policial muestra justamente que allí donde se desarrollaron espacios relativamente estables de diálogo e interlocución existieron mayores posibilidades de procesar institucionalmente los conflictos y menores dinámicas de ruptura crítica sostenida.

Pero hay otro error todavía más profundo: creer que cada lucha empieza con nosotros

A la falta de organización se suma un problema cultural que ha perjudicado históricamente a los trabajadores policiales y penitenciarios: la tendencia a creer que cada protesta constituye el comienzo de la historia.

Cada generación que entra en conflicto suele convencerse de que está descubriendo por primera vez la insuficiencia salarial, la arbitrariedad jerárquica, la ausencia de representación o la necesidad de organizarse, mientras experiencias anteriores quedan olvidadas, fragmentadas o directamente desconocidas.

Ese olvido tiene un costo enorme.

La historia policial argentina registra antecedentes de conflictividad desde mucho antes del retorno democrático, incluyendo huelgas y protestas que atravesaron diferentes etapas políticas, y la investigación sobre representación colectiva muestra que esas tensiones no desaparecieron nunca, sino que fueron adoptando distintas formas según cada período.

No conocer esa historia significa renunciar voluntariamente a sus enseñanzas.

Significa volver a discutir las mismas cuestiones desde cero.

Significa cometer errores que otros ya cometieron.

Y significa permitir que el poder tenga siempre más memoria que los propios trabajadores.

La historia no es nostalgia, es una herramienta política

Conocer las experiencias anteriores no implica rendir homenaje ceremonial a quienes protestaron antes, sino comprender qué funcionó, qué fracasó, dónde se produjeron divisiones, cómo respondió el Estado y qué mecanismos lograron sobrevivir al momento inicial del conflicto.

Después de las grandes crisis de 2012 y 2013 surgieron experiencias distintas en varias provincias. Chubut desarrolló el Consejo de Bienestar Policial, Santa Cruz sostuvo un Consejo del Salario Policial, Misiones construyó una Mesa de Diálogo y Santa Fe llegó incluso a organizar elecciones de delegados policiales mediante el Tribunal Electoral provincial, aunque posteriormente aquel proceso fue interrumpido unilateralmente.

Ninguna de esas experiencias fue perfecta ni resolvió completamente las asimetrías existentes, pero demostraron que existe una diferencia enorme entre un reclamo que desaparece cuando termina la protesta y otro que deja detrás una estructura capaz de seguir negociando.

La experiencia histórica permite justamente identificar esa diferencia.

El poder tiene tiempo, estructura y memoria

Toda protesta espontánea enfrenta además una desigualdad básica que muchas veces se subestima.

El Estado puede esperar.

Tiene funcionarios, asesores jurídicos, expedientes, presupuesto, mecanismos disciplinarios y memoria institucional.

Puede negociar parcialmente, dividir interlocutores, demorar respuestas, conceder una parte del reclamo y esperar que el desgaste haga el resto.

Los trabajadores, en cambio, necesitan mantener cohesión, capacidad de movilización y continuidad organizativa mientras cada uno sigue prestando servicio dentro de la misma estructura contra la cual reclama.

Por eso la protesta sin organización tiene fecha de vencimiento.

Y por eso también la memoria resulta indispensable, porque permite reconocer estrategias que ya fueron utilizadas antes y evitar la ilusión de que cada conflicto constituye una experiencia completamente nueva.

La espontaneidad sirve para encender el conflicto, pero no alcanza para sostenerlo

Las movilizaciones espontáneas pueden expresar con enorme fuerza el malestar y romper silencios acumulados, pero resultan vulnerables cuando llega el momento de negociar y sostener los reclamos en el tiempo, porque la organización exige representantes legítimos, reglas de decisión, comunicación con las bases, registro de acuerdos y continuidad. Sin esa estructura, cada conquista queda condicionada por la voluntad del gobierno de turno y cada retroceso obliga a empezar otra vez desde cero. La experiencia comparada muestra que incluso mecanismos imperfectos de representación pueden aportar estabilidad cuando permiten transformar conflictos estructurales inevitables en conflictos institucionalmente procesados, aun bajo condiciones de fragilidad jurídica y dependencia política.

Septiembre de 2020 mostró fuerza, pero no logró consolidarla

La protesta bonaerense demostró que existía un malestar profundo y una capacidad de coordinación capaz de sorprender incluso al propio poder político, pero aquella fuerza circunstancial no logró transformarse después en una estructura representativa suficientemente estable como para sostener los reclamos, conservar legitimidad y negociar de manera permanente salarios y condiciones de trabajo. Por eso, el recuerdo del 7 de septiembre no debería limitarse a destacar la magnitud de la movilización ni a señalar que durante algunos días la Policía Bonaerense puso en tensión al gobierno provincial, sino a preguntarse qué quedó una vez terminada la protesta, qué organización logró consolidarse, qué representantes conservaron respaldo y qué herramientas colectivas sobrevivieron cuando las sirenas se apagaron y cada trabajador volvió a quedar frente a la estructura jerárquica.

El peor destino de una lucha es convertirse solamente en una efeméride

Existe algo profundamente frustrante cuando una protesta que movilizó a miles de trabajadores termina convertida años después únicamente en una fecha para recordar.

Porque entonces la memoria se vuelve ceremonial y deja de ser aprendizaje.

El 7 de septiembre de 2020 debería servir precisamente para evitar eso.

Recordar aquella jornada tiene sentido si permite comprender que los reclamos laborales policiales poseen una historia mucho más extensa, que antes hubo otros trabajadores enfrentando problemas semejantes y que muchas de las respuestas ya fueron ensayadas, con éxitos, fracasos y enseñanzas que deberían formar parte del patrimonio colectivo de quienes hoy vuelven a reclamar.

La historia no empieza cada vez que alguien se indigna.

Tampoco empieza cuando una nueva generación descubre que el salario no alcanza.

La historia continúa.

Y quien no conoce lo que ocurrió antes queda condenado a negociar siempre desde una posición más débil.

Sin memoria y sin organización, el ciclo vuelve a repetirse

A seis años de aquella protesta bonaerense, la reflexión que propone Juan José Martínez desde Infopress La Plata merece ser ampliada porque la discusión no pasa solamente por determinar si Axel Kicillof escuchó o no aquellos reclamos, sino por preguntarse qué aprendieron también los propios trabajadores de esa experiencia.

Una lucha sin organización puede conseguir una respuesta coyuntural, pero difícilmente pueda sostenerla en el tiempo.

Una lucha sin memoria, además, corre un riesgo todavía mayor, porque se imagina fundacional y desperdicia décadas de experiencias anteriores que podrían evitar errores, divisiones y derrotas.

La verdadera construcción colectiva exige ambas cosas.

Necesita organización para sostener el presente y memoria para comprender de dónde viene.

Cuando falta una de ellas, el conflicto se debilita.

Cuando faltan las dos, cada generación queda condenada a comenzar nuevamente desde cero frente a un Estado que jamás empieza de cero.

Ese es probablemente el aprendizaje más importante que deja aquel 7 de septiembre de 2020: la protesta puede abrir una puerta, pero solamente la organización consigue mantenerla abierta, y únicamente la memoria permite saber por qué otros ya intentaron atravesarla antes.

(*) Periodista. Corresponsal en Buenos Aires.

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