Hoy nos toca hablar desde el dolor y la preocupación.
Por Mercedes «Mecha» Iñiguez (*)
Compañeras y compañeros, seamos cuidadosos…
Una compañera, empleada policial, se atrincheró en su casa. Estaba armada y en crisis, después de una separación difícil, también dentro de la fuerza.
Todos sabemos que no es fácil pedir ayuda, y mucho menos dentro de esta institución.
A las compañeras les cuesta denunciar la violencia de género: algunas temen por su seguridad, otras están coaccionadas por quien se trata, y muchas no tienen tiempo, recursos ni contención.
A eso se suman el estrés postraumático, el cansancio y la desilusión de haber ingresado a un lugar donde uno cree que va a servir, pero termina siendo uno más.
Todo eso —la presión, la precariedad, la falta de escucha y de empatía— forma un combo explosivo.
Muchos ya cargamos varias crisis encima, y aun así seguimos intentando sostenernos.
No estamos justificando nada: se trata de violencia, de abandono institucional, y de discursos de odio que son la antesala de tragedias.
El malestar se siente, se respira.
El sueldo no alcanza, y eso obliga a trabajar más de lo humanamente posible.
Entre el servicio, la crianza y las guardias interminables, el cuerpo y la mente empiezan a pasar factura.
Nunca fue fácil, pero nunca estuvimos tan mal.
Tener que pagar para trabajar es el reflejo más claro del abandono.
Los retiros anticipados, las licencias prolongadas, la gente que ya sabe que no va a volver, son señales de alerta que nadie quiere mirar.
Las malas gestiones deberían agradecer que los trabajadores explotan dentro de sus casas y no en las calles, reclamando lo que nos corresponde.
Porque cuando el Estado se desentiende, lo que queda es la desesperación.
Cuidémonos entre nosotros.
Nadie está exento.
Nadie debería llegar a este punto.
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(*) «Mecha» es personal policial de Santa Fe en actividad
APROPOL Noticias

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