Cuando el Presidente no saluda, el Estado golpea

Cuando el Presidente no saluda, el Estado golpea

Una advertencia sobre la deriva autoritaria que además alcanza a quienes visten uniforme. En Santa Fe Pullaro y Javkin también aplican esa lógica.

Por Alberto Martínez (*)

El pasado 25 de Mayo de 2025, en pleno acto patrio en la Catedral Metropolitana, el presidente Javier Milei protagonizó una escena que muchos creyeron anecdótica, pero que en realidad revela mucho más de lo que aparenta: caminó hacia el altar y se negó a saludar a su vicepresidenta, Victoria Villarruel, y al jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, quien incluso había extendido la mano.

No fue un error, ni una omisión involuntaria. Fue un mensaje deliberado. Horas más tarde, el propio Milei lo dejó en claro en su cuenta oficial de X:

“ROMA NO PAGA TRAIDORES”, escribió, justificando así su desplante.

La política es, ante todo, un arte de la contención: de pasiones, de fuerzas, de violencias. Pero cuando desde la cúpula misma del poder se instala el desprecio como principio rector, la contención se abandona y se reemplaza por el castigo.

El poder que no dialoga, reprime

El Milei que no saluda en la Catedral es el mismo que envía Gendarmería a golpear jubilados todos los miércoles frente al Congreso, que militariza zonas de frontera violando la ley y quien despliega fuerzas federales sin control judicial ni legislativo, amparándose en la ambigua Ley Antimafias para declarar arbitrariamente “zonas críticas”.

El gesto en el Tedeum no fue solo un detalle de protocolo: fue la expresión visible de una concepción del poder donde el otro es sospechoso, el disidente es enemigo, y la protesta es un crimen.

No es un gesto menor. Es una forma de gobernar.

La fabricación del enemigo interno

Milei no solo niega el saludo: construye enemigos. Y lo hace con una lógica binaria y peligrosa, inspirada —aunque no lo admita— en la doctrina del jurista Carl Schmitt, para quien la política se define por la distinción entre amigo y enemigo.

Pero Milei confunde la función institucional con la reacción emocional. No distingue entre:

  • un adversario parlamentario y un traidor;
  • un periodista crítico y un enemigo del Estado;
  • un dirigente disidente y un agente de la corrupción.

Así, todo aquel que no lo aplaude, es enemigo. Y si es enemigo, no se lo saluda: se lo destruye.

Esta incapacidad de separar lo público de lo personal, lo legal de lo emocional, transforma la conducción del país en una cruzada personalista que deja atrás toda institucionalidad.

Lo que empieza como gesto simbólico, termina bajando como orden en los operativos, en la calle, y en el trato hacia los ciudadanos.

La patria según Milei: “los buenos” y “los malos”

La lógica de este gobierno se reduce a una fórmula rudimentaria:

  • Los buenos: quienes obedecen, aplauden y se subordinan sin condiciones.
  • Los malos: quienes dudan, cuestionan, o simplemente piensan distinto.

No hay matices. No hay debate. No hay disenso legítimo: solo fidelidad o traición.

Y en ese marco, el Estado deja de ser garante de derechos y pasa a ser una maquinaria de castigo. El propio Milei lo deja claro cuando exige a sus seguidores:

“No odian lo suficiente a los periodistas”, en una escalada de intolerancia que ya no distingue crítica legítima de conspiración.

Pero esta lógica no sólo divide a la política: divide a la sociedad. Y si no reaccionamos a tiempo, va a dividir también nuestras propias fuerzas de seguridad: entre los que “sirven bien” y los que “no odian lo suficiente”.

Silencios cómplices y opositores de utilería

Lo más grave no es solo lo que Milei hizo, sino todo lo que otros eligieron no decir.

Funcionarios que se llenan la boca hablando de “institucionalidad” se quedaron en la anécdota del saludo, como si fuera un chisme de salón y no un gesto de poder que anticipa represión.

Legisladores, ministros, dirigentes gremiales y comunicadores que deberían estar advirtiendo sobre la escalada autoritaria, prefieren callar o burlarse con ironía estéril.

Y la oposición —esa que simula escándalo en los medios— muchas veces termina jugando al show de Titanes en el Ring: se empujan en cámara, se gritan en Twitter, pero después votan a favor de la motosierra, los superpoderes o negocian por debajo de la mesa.

La democracia se degrada en silencio, mientras el guión avanza y cada quien finge su rol.

Coincidencia con un mensaje que no fue escuchado

Debemos expresar nuestra coincidencia ética y doctrinaria con el mensaje pronunciado por el arzobispo Jorge García Cuerva en el Tedeum del 25 de Mayo. Mientras el presidente negaba un saludo y ensayaba su desprecio al otro, el arzobispo convocaba a la fraternidad, la compasión y el respeto, recordando que no todo adversario es enemigo, y que el odio no puede ser el lenguaje del Estado.

Cuando monseñor García Cuerva dijo “la Argentina no necesita salvadores, necesita servidores”, estaba diciendo —sin nombrarlo— todo lo que Milei se niega a aceptar: que gobernar no es aplastar, es contener; que mandar no es humillar, es servir; que un país no se construye con enemigos, sino con hermanos.

En Santa Fe, la misma lógica

La lógica de Milei no es exclusiva de Nación. En Santa Fe, el gobernador Maximiliano Pullaro y el intendente rosarino Pablo Javkin aplican el mismo patrón de conducta política, aunque con modales distintos. Esta lógica del enemigo también se traduce en la multiplicación de operaciones policiales y para-policiales que vulneran derechos, garantías y principios constitucionales básicos.

El uso del artículo 10 bis de la Ley Orgánica Policial para detener personas sin pruebas firmes, la existencia de aparatos de inteligencia sin control legislativo, y el manejo de fondos reservados sin rendición clara ni destino conocido forman parte de un entramado oscuro que desdibuja límites institucionales.

Se realizan allanamientos mediáticos, detenciones preventivas con fines políticos y patrullajes de «colaboradores civiles» o grupos irregulares que actúan en los barrios con lógica de amedrentamiento más que de prevención.

Todo esto sucede con la anuencia o la omisión cómplice del poder político, y afecta no solo a los sectores populares, sino también a los propios trabajadores policiales que son utilizados, descartados o disciplinados como piezas descartables del aparato estatal.

Policías “buenos” y “malos”

Con palabras suaves pero con hechos duros, rotulan como enemigos del orden a quienes no se alinean:

  • Si un policía reclama condiciones dignas, es rebelde.
  • Si un barrio pide seguridad sin abuso, es zona caliente.
  • Si una organización denuncia atropellos, “le hace el juego a los narcos”.

Se construyen así dos bandos artificiales:

  • Los buenos: los obedientes, silenciosos y funcionales.
  • Los malos: los que exigen, los que piensan, los que denuncian.

Y así se consolida una doctrina de gobierno basada en la exclusión, donde se disciplina al que razona, se castiga al que disiente, y se reprime al que no se deja usar.

Cuando las autoridades convierten el disenso en amenaza, el uniforme deja de ser herramienta de protección y se vuelve mecanismo de sometimiento.

Y eso, compañeros, no es seguridad: es abuso de poder.

Ética policial y responsabilidad institucional

Los trabajadores policiales no son ejecutores ciegos. Tienen criterio, valores, sentido del deber. Y también derechos.

El artículo 36 de la Constitución Nacional es claro:

“Esta Constitución mantendrá su imperio, aun cuando se interrumpa su observancia por actos de fuerza contra el orden institucional.”

Por eso, obedecer una orden injusta no los exonera de responsabilidad, y tampoco los protege si mañana son seguramente el próximo chivo expiatorio.

No se puede dar seguridad desde el odio

La verdadera seguridad no nace del miedo ni del castigo. Se construye sobre el respeto, sobre la ley, y sobre el compromiso moral con el pueblo.

Si el presidente de la Nación, y sus imitadores locales, rompen con los valores del mando responsable, del trato digno y de la representación republicana, entonces es deber —como trabajadores y como ciudadanos— pensar con claridad a quién están sirviendo.

La autoridad sin humanidad es autoritarismo.
El uniforme que no respeta al ciudadano, es solo disfraz de poder.

Desde APROPOL, elegimos no ser extras en esa obra. Y por eso hablamos y llamamos a la reflexión y a la organización. Porque la verdadera lealtad es a la República, no al capricho de nadie.

Porque cuando el presidente no saluda… el Estado golpea.

Y tarde o temprano, termina golpeándo a los policías también.

¡Quién quiera oír que oiga!

(*) Periodista. Licenciado en Seguridad Pública. Especialista en seguridad y derechos laborales de los trabajadores policiales y penitenciarios.

Facebook: Temática Seguridad

Linkedin: Martínez Alberto Rubén

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