
Nuevos reclamos de trabajadores policiales vuelven a exponer una realidad que el Gobierno provincial evita discutir de fondo: buena parte del ingreso real del personal depende de plus, adicionales, OSESP y otros conceptos variables que pueden ser otorgados, modificados o retirados por decisiones administrativas.

Uno de los testimonios recibidos resume con crudeza el impacto de ese esquema: “me sacaron 700 mil, pasé de pobre a indigente”. Más allá del caso individual, lo que aparece es un modelo que precariza, obliga a trabajar cada vez más horas y niega sistemáticamente un salario que respete la dignidad del trabajador y de su familia.
Los reclamos que llegan desde distintos sectores de la Policía de Santa Fe vuelven a mostrar que el problema salarial no puede seguir siendo reducido a una discusión sobre un plus determinado, una compensación puntual o una liquidación mal hecha, porque detrás de cada uno de esos conceptos existe una estructura mucho más profunda que condiciona la vida cotidiana de miles de trabajadores y de sus familias.
En uno de los mensajes recibidos, un efectivo describió el impacto que tuvo la pérdida de un suplemento de alrededor de 700 mil pesos mensuales y lo resumió con una frase que, por su brutal sencillez, expresa mucho más que cualquier cuadro estadístico: “me lo sacaron, pasé de pobre a indigente”. No se trata de afirmar que esa calificación corresponda técnicamente a una categoría oficial de ingresos, sino de mostrar cómo vive el trabajador la caída abrupta de un ingreso sobre el cual ya había organizado gastos, deudas, alimentación, alquileres, créditos y necesidades familiares.
Ese relato se repite con distintas variantes. Hay quienes sostienen que “la plata no alcanza”, otros señalan que el famoso plus “se empieza a sentir” cuando desaparece y muchos describen una fatiga creciente producida por la necesidad de cubrir servicios adicionales para compensar lo que el salario ordinario ya no garantiza.
El problema no es el plus, es el salario que obliga a depender del plus
Durante años se fue construyendo un sistema en el cual el ingreso policial dejó de descansar principalmente sobre un salario ordinario suficiente y comenzó a depender cada vez más de adicionales, servicios extraordinarios, OSESP, suplementos funcionales, plus y otras compensaciones cuya continuidad no siempre ofrece previsibilidad.
Ese esquema es profundamente problemático porque convierte lo extraordinario en indispensable. Un adicional debería ser precisamente eso: una compensación adicional por una tarea específica, una responsabilidad especial o una jornada extraordinaria. Cuando pasa a ser necesario para pagar alimentos, alquiler, transporte, medicamentos o créditos, deja de ser un complemento y se transforma en una pieza central de la subsistencia familiar.
Por eso la discusión no puede agotarse en si un plus se asignó bien o mal, si correspondía a determinado destino o si una resolución administrativa estaba formalmente habilitada para modificarlo. La pregunta de fondo es por qué un trabajador policial necesita sumar permanentemente horas extras y conceptos variables para alcanzar un ingreso mínimamente suficiente.
Mientras esa respuesta no aparezca, cada plus que se quita seguirá funcionando como un recordatorio de la fragilidad económica sobre la que descansa buena parte de la estructura policial.
Precarizar también es jugar con la vida del trabajador
Lo más grave de este modelo es que no afecta solamente el bolsillo, sino toda la organización de la vida del trabajador.
Cuando el salario no alcanza, el policía busca más adicionales. Cuando busca más adicionales, descansa menos. Cuando descansa menos, aumenta la fatiga, disminuye el tiempo con la familia y se deterioran sus condiciones físicas y emocionales. Cuando después una resolución administrativa elimina un suplemento importante, la respuesta habitual es volver a buscar todavía más horas extraordinarias para intentar recuperar lo perdido.
Así se construye un círculo del que cada vez resulta más difícil salir.
El Estado sostiene formalmente que el trabajador tiene estabilidad, un sueldo y una carrera, pero en la práctica buena parte de su economía puede quedar atada a decisiones que cambian de un mes a otro y sobre las cuales el afectado muchas veces tiene poca capacidad real de incidencia.
Eso también es precarización.
No hace falta que exista un contrato temporal para precarizar a una persona. También se precariza cuando se mantiene un salario insuficiente y se obliga al trabajador a completar sus ingresos mediante jornadas extraordinarias, suplementos discrecionales o compensaciones que pueden desaparecer abruptamente.
La pérdida no termina en el agente
Cada vez que una decisión administrativa reduce de manera importante el ingreso de un policía, las consecuencias se trasladan inmediatamente a su familia.
Los créditos continúan, los alimentos aumentan, los servicios vencen, los hijos siguen necesitando estudiar, vestirse y movilizarse, y las obligaciones contraídas no se ajustan automáticamente porque una resolución haya eliminado determinado concepto salarial.
Por eso resulta insuficiente analizar estas medidas como si fueran simples modificaciones de una planilla contable. Detrás de cada alta o baja existe una familia que organizó su vida sobre la base de un ingreso que el propio Estado venía pagando.
Cuando ese ingreso cae cientos de miles de pesos de un mes a otro, el impacto no es abstracto ni administrativo.
Es doméstico, económico y humano.
La fatiga se convierte en parte del salario
Otro de los aspectos más preocupantes que aparece en los mensajes es la cantidad de horas adicionales que el personal necesita realizar para llegar a fin de mes.
El trabajador termina vendiendo descanso.
Cambia horas con sus hijos, tiempo personal y recuperación física por una retribución que le permite sostener gastos básicos, mientras el salario ordinario permanece por debajo de las necesidades reales de la familia.
Ese mecanismo tiene consecuencias evidentes en una profesión que exige concentración, capacidad de reacción, manejo de armas, conducción de vehículos y toma permanente de decisiones bajo presión.
No se puede reclamar profesionalismo ilimitado a una persona que debe multiplicar jornadas para completar sus ingresos y después sorprenderse cuando aparecen agotamiento, irritabilidad, problemas familiares o deterioro emocional.
La seguridad pública también depende de las condiciones laborales de quienes la sostienen.
La precarización económica también disciplina
Existe además una dimensión institucional que suele permanecer fuera de la discusión pública.
Un trabajador económicamente dependiente de adicionales, plus, destinos o funciones especiales posee menos margen para cuestionar decisiones jerárquicas, porque sabe que cualquier modificación puede impactar directamente sobre su familia.
No hace falta sancionarlo formalmente para generar presión.
A veces basta con sacarlo de un adicional, modificarle una función, quitarle un suplemento o dejarlo afuera de un esquema de horas extraordinarias del que depende para completar su ingreso.
Por eso la precarización económica no es solamente un problema salarial. También puede transformarse en un mecanismo de disciplinamiento.
Quien vive al límite piensa dos veces antes de reclamar.
Quien depende de determinadas horas piensa dos veces antes de enfrentarse con quien las distribuye.
Y quien sabe que una decisión administrativa puede significarle cientos de miles de pesos menos tiene un margen de autonomía mucho menor frente a la estructura que administra esos recursos.
No puede haber dignidad salarial basada en trabajar hasta el agotamiento
El Gobierno provincial suele presentar resultados operativos, nuevas unidades, equipamiento, estadísticas, reformas y discursos sobre profesionalización policial, pero ninguna política de seguridad puede considerarse seria si se sostiene sobre trabajadores obligados a extender permanentemente sus jornadas para completar el sueldo.
La dignidad no puede depender de cuántos adicionales consiga un agente durante el mes.
Tampoco puede quedar atada a si conserva o pierde determinado plus.
Un salario digno debería permitir que el trabajador cubra sus necesidades básicas y organice su vida sin tener que convertir cada franco en una oportunidad para sumar horas.
Todo lo demás debería ser verdaderamente adicional.
“De pobre a indigente” no es solamente una frase
La expresión utilizada por uno de los trabajadores puede resultar brutal, pero justamente por eso interpela.
“Me sacaron 700 mil, pasé de pobre a indigente” no describe solamente una reducción salarial; describe la sensación de alguien que percibe que su vida económica puede ser modificada desde una oficina sin que las necesidades de su hogar sean consideradas en absoluto.
Ese sentimiento no puede descartarse como una exageración ni reducirse a un problema individual, porque aparece dentro de un contexto mucho más amplio de endeudamiento, salarios insuficientes, jornadas extendidas y dependencia creciente de conceptos extraordinarios.
El problema real no es que exista un plus.
El problema es que ese plus se haya vuelto imprescindible.
Se sigue jugando con la vida de los trabajadores
A esta altura, la discusión debería ser mucho más clara.
Se sigue jugando con la vida de los trabajadores policiales cuando se los obliga a completar ingresos mediante jornadas interminables, cuando se administran suplementos que pueden desaparecer abruptamente y cuando se mantiene un salario ordinario que no garantiza una vida digna sin recurrir permanentemente a horas extras.
Se juega con su descanso, con su salud, con su familia y con su capacidad de organizar el futuro.
Y mientras el Estado siga sustituyendo salario por suplementos, estabilidad por compensaciones variables y dignidad por disponibilidad permanente, el resultado será siempre el mismo: trabajadores cada vez más cansados, endeudados y dependientes de decisiones administrativas que no controlan.
La solución no pasa por repartir mejor la precariedad ni por inventar nuevos plus para tapar agujeros.
La solución pasa por algo bastante más elemental: pagar un salario que respete la dignidad del trabajador policial y permita que aquello que hoy se llama “extraordinario” vuelva, alguna vez, a ser realmente extraordinario.
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“Quien quiera oír que oiga”
(*) Ex oficial de la PSF. Periodista. Licenciado en Seguridad Pública y Ciudadana (Universidad Nacional de Chaco Austral -. UNCAUs). Autor de los libros Doctrina de la Sospecha Permanente(DSP), «La Teoría del Foco y la Vara» (FyV), «El Principio de Reciprocidad Institucional» (PRI) ,«Gobernar mediante la sospecha», «Ciudadanía de Segunda Clase (CSC)». y ¿En nombre del odio?
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