EDITORIAL | En 2026 no te sientas un villano

EDITORIAL | En 2026 no te sientas un villano
¿Quienes son los villanos? Para

Por Alberto Rubén Martínez (*)

El gesto no fue ingenuo ni decorativo. Que el presidente Javier Milei haya obsequiado a su gabinete un libro de Walter Block —donde se sostiene, sin eufemismos, que “los narcos son héroes y los policías que los persiguen son los villanos”— constituye una definición política profunda, aunque se la pretenda disimular como provocación intelectual o excentricidad libertaria.

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“Es el tan denostado traficante de drogas, y no el tan querido agente de narcóticos («narc»), quien debe ser considerado la figura heroica”

Y concluye: “Solo el vendedor de heroína, al actuar para bajar los precios, incluso con un riesgo personal considerable, salva vidas y alivia en cierta medida la tragedia”– Walter Block – Defendiendo Lo Indefendible (1976)

No estamos ante una simple recomendación de lectura. Estamos ante una pedagogía del poder.

Regalar ese libro en el corazón del Ejecutivo equivale a enviar un mensaje claro a toda la estructura estatal: el problema no es el delito, sino el Estado que intenta regularlo. En ese marco, el narcotraficante deja de ser una amenaza social para convertirse en un “emprendedor eficiente”, mientras que el policía, el gendarme o el penitenciario pasan a ocupar el lugar del obstáculo moral, del villano funcional a un orden que se quiere demoler.

La paradoja es brutal. Mientras desde el discurso oficial se exige “mano dura”, sacrificio y obediencia irrestricta a las fuerzas de seguridad, desde el plano ideológico se las deslegitima como actores éticamente sospechosos. Se las empuja a reprimir, pero se las abandona simbólicamente. Se las usa como vara, pero se las desprecia como sujetos.

Aquí aparece, con nitidez, el dispositivo que venimos describiendo: el poder que se lava las manos. El funcionario diseña la doctrina, el protocolo y el clima; el uniformado pone el cuerpo, asume el riesgo penal, carga con la culpa y, llegado el caso, queda solo frente a la Justicia. No es casual que los procesados sean siempre los de abajo y que las responsabilidades superiores se diluyan en el aire de la teoría económica.

El mensaje implícito del regalo presidencial es devastador para la moral institucional: si cumplís órdenes, podés terminar siendo el villano de una historia que no escribiste. Y cuando ese mensaje se combina con salarios miserables, jornadas inhumanas, estrés crónico y abandono sanitario, el resultado no es eficiencia: es quiebre. Lo estamos viendo en las calles, en los tribunales y —trágicamente— en los suicidios que golpean a las fuerzas.

Decirle a un policía, en 2026, que no se sienta un villano mientras el propio Presidente celebra una teoría que lo coloca exactamente en ese lugar, no es cinismo menor: es una forma de violencia simbólica. Es exigir lealtad a un Estado que, en el fondo, no cree en él.

Un país no se ordena demonizando a quienes lo sostienen con su trabajo cotidiano. Y mucho menos se construye legitimidad política cuando el poder predica una cosa y regala otra. Si el narcotráfico es romanticado en los libros que circulan en el gabinete, pero combatido con sangre ajena en los barrios, entonces no estamos ante una política de seguridad: estamos ante una hipocresía de Estado.

En 2026, nadie debería sentirse un villano por cumplir la ley. Pero para que eso sea posible, el primer paso es que el poder deje de admirar, aunque sea en silencio, a quienes la destruyen.

«Quien quiera oir que oiga»

(*) Periodista. Licenciado en Seguridad Pública (Universidad Nacional de Chaco Austral -. UNCAUs). Autor del libro Doctrina de la Sospecha Permanente (DSP)

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