El plasma del pobre: diez años después, vuelve la misma mirada

plasma_milei_22ago26.jpgFiscalizar el gasto pequeño del otro es una forma cómoda de evitar la discusión de fondo: cómo sostiene una familia trabajadora alimentos, alquiler, transporte, servicios y medicamentos cuando el salario ya no alcanza.

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Mientras Javier Milei atribuyó parte de la morosidad a familias que compraron televisores para mirar el Mundial, una reflexión de Nicolás Torres, vecino del Barrio Illia de la Villa 1-11-14, devuelve la discusión a su verdadero lugar: alimentos, transporte, salarios, trabajo y el derecho elemental de una familia trabajadora a disfrutar también de aquello que produce y paga.

Hay frases que parecen nuevas pero vienen de lejos.

El 27 de mayo de 2016, Javier González Fraga sostuvo, mientras defendía el rumbo económico del gobierno de Mauricio Macri, que durante los años anteriores se le había hecho creer a un empleado medio que su salario servía para comprar “celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior”. Aquello, afirmó, había sido una “ilusión” y “no era normal”.

Diez años después, el plasma volvió.

Esta vez fue el propio presidente Javier Milei quien, durante su discurso en la Bolsa de Comercio de Rosario, introdujo lo que denominó el “efecto Mundial” para explicar una parte de la morosidad en créditos no bancarios. Según el mandatario, muchas personas fueron a comercios de electrodomésticos, se llevaron televisores para mirar el Mundial y después “veían si pagaban o no”. Afirmó que en ese segmento la morosidad alcanzó el 50 %. La versión oficial de Casa Rosada reproduce textualmente ese razonamiento.

Milei agregó algo todavía más revelador sobre su interpretación del problema: sostuvo que nadie había obligado a esas personas a endeudarse, que se trataba de contratos libremente celebrados entre privados y que la intervención estatal podía impedir el aprendizaje de los deudores.

Puede discutirse técnicamente cuánto de la mora corresponde efectivamente a televisores, apuestas, créditos de consumo, pérdida de ingresos o tasas extremadamente elevadas. Lo que resulta mucho más significativo políticamente es la elección del ejemplo.

Entre todos los consumos posibles, nuevamente aparece el televisor del trabajador.

El contador de la pobreza

Días antes de las declaraciones presidenciales, Nicolás Torres, vecino del Barrio Illia de la Villa 1-11-14, padre de Loan, hincha de San Lorenzo, aficionado al rap e integrante de Popurrí, había publicado una reflexión que parece escrita como respuesta anticipada al discurso de Rosario. Su pertenencia a Popurrí y su referencia territorial están consignadas por la propia organización.

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Nicolas Torres Illia de la Villa 1-11-14 papa de Loan, hincha de San Lorenzo y rapero. integrante de popurrí.org.ar

Torres parte precisamente de esa escena tan conocida: alguien de un barrio popular compra un televisor y aparecen inmediatamente quienes sienten que adquirieron el derecho de auditarle la economía doméstica.

Su razonamiento es sencillo y, por eso mismo, poderoso.

Una familia puede ahorrar durante meses y comprar un televisor en cuotas para mirar el Mundial, compartir películas, cumpleaños o partidos durante años. Sin embargo, cuando esa familia dice que tiene dificultades para llegar a fin de mes, aparece inmediatamente la sospecha: “pero se compraron un plasma”.

El pobre queda sometido a una contabilidad moral que rara vez se aplica a los demás: puede comer, vestirse, descansar y entretenerse, pero siempre dentro de un catálogo imaginario de consumos “permitidos” para su clase. Si se aparta de ese límite, parece obligado a justificar en qué gastó su propio dinero.

Torres lo resume con una idea extraordinariamente potente: fiscalizar el gasto pequeño del otro es una manera cómoda de evitar discutir el problema grande.

Porque el agujero de una familia trabajadora difícilmente pueda explicarse solamente por un televisor comprado cada cinco años cuando todos los meses debe pagar alimentos, transporte, alquiler, electricidad, medicamentos, ropa y servicios.

El problema no está en el televisor

La cuestión no consiste en afirmar que toda deuda sea inevitable ni que cualquier decisión de consumo resulte racional. Hay familias que pueden administrar mal sus ingresos, del mismo modo que existen malas decisiones financieras en todas las clases sociales.

El problema aparece cuando se convierte esa explicación individual en diagnóstico general.

Argentina perdió 30.633 empleadores registrados entre noviembre de 2023 y mayo de 2026, según informes elaborados sobre datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo. Sólo en mayo se registraron 2.371 empleadores menos que el mes anterior, una caída neta equivalente a alrededor de 76 por día. La precisión metodológica importa: no significa necesariamente que 30.633 sociedades hayan quebrado judicialmente, sino que hay esa cantidad neta de empleadores registrados menos en el sistema.

También se perdieron cientos de miles de puestos de trabajo registrados durante el mismo período.

Ese contexto desaparece cuando la explicación de la morosidad se reduce a una escena pintoresca sobre familias comprando televisores para mirar fútbol.

Paradójicamente, el propio Milei reconoció durante su exposición que en determinado momento se frenó la actividad, se congelaron ingresos, cayeron los salarios reales y, como consecuencia, la gente no pudo pagar. La diferencia es que atribuyó ese proceso fundamentalmente al aumento del riesgo país provocado, según su interpretación, por una ofensiva política contra su gobierno.

Por lo tanto, incluso dentro del propio discurso presidencial aparece aquello que después queda desplazado por la anécdota del televisor: la capacidad de pago depende del ingreso.

“Después dicen que no llegan a fin de mes”

Esa frase resume una mirada mucho más antigua que Milei.

Es la misma lógica que apareció cuando González Fraga sostuvo en 2016 que se había hecho creer al empleado medio que podía comprar celulares, plasmas, autos, motos o viajar al exterior.

En ambos casos hay una idea implícita particularmente problemática: determinados niveles de consumo popular serían una anomalía que alguien habría inducido artificialmente.

Como si tener un televisor, un teléfono moderno, viajar alguna vez o sentarse con los hijos a mirar un Mundial fueran señales de una clase social que olvidó cuál era su lugar.

El problema no es defender el consumismo.

Es defender algo mucho más elemental: el trabajador no vive solamente para reproducir biológicamente su fuerza de trabajo.

También tiene derecho al ocio, a la cultura, a la recreación, al deporte, a una comida especial, a unas vacaciones cuando puede pagarlas y hasta a equivocarse alguna vez con su dinero.

Ese derecho no comienza cuando se alcanza determinado nivel de ingresos.

Dignidad también es sentarse juntos frente a una pantalla

Torres aporta allí quizás la observación más humana de toda esta discusión.

Un televisor no es solamente un electrodoméstico.

Para una familia puede ser el lugar alrededor del cual se mira un partido, una película con los chicos, una final de San Lorenzo, un Mundial o simplemente unas horas de descanso después de jornadas laborales agotadoras.

Puede convertirse durante años en parte de la memoria doméstica.

Por supuesto que no reemplaza alimentos.

Pero tampoco corresponde construir una sociedad en la que sólo quienes tienen resueltas todas sus necesidades materiales poseen derecho al disfrute.

Porque llevado hasta sus últimas consecuencias ese razonamiento termina estableciendo una clasificación:

hay consumos para ricos y consumos para pobres.

Y detrás de ella, inevitablemente:

hay vidas de primera y vidas de segunda.

Cuando sobrevivir resulta cada vez más caro

En muchos barrios populares circula hoy una expresión brutal: “drogarse es más barato que comer”.

No debe leerse como una comparación estadística literal, sino como la descripción desesperada de una percepción social: cuando alimentarse, pagar un alquiler, trasladarse para trabajar y sostener una familia se vuelve cada vez más difícil, el deterioro económico termina también deteriorando horizontes, vínculos y expectativas.

Por eso resulta especialmente cruel convertir el consumo ocasional de quienes menos tienen en objeto de burla o sospecha.

Una sociedad seriamente preocupada por la pobreza debería preguntarse por qué alguien que trabaja doce horas continúa endeudándose para cubrir necesidades básicas, no por qué compró una televisión para mirar un Mundial con sus hijos.

No se discute cuánto se gana

Esta discusión conecta directamente con lo que APROPOL Noticias viene señalando al analizar el endeudamiento de trabajadores públicos en Santa Fe.

No se discute cuánto se gana, sino cómo se administra lo que no alcanza

El gobierno provincial lanzó un plan para refinanciar deudas porque miles de trabajadores tienen parte sustancial de sus ingresos comprometida.

La Nación responde que la morosidad no constituye un problema agregado extraordinario, que existen decisiones individuales y que el Estado no debe intervenir irresponsablemente en contratos privados.

Pero ambas discusiones pueden terminar desplazando la pregunta principal.

¿Por qué tantas familias necesitan financiar su vida cotidiana?

Ese es el punto: puede refinanciarse el crédito, extenderse de 18 a 60 cuotas, discutirse la tasa, señalar al deudor e incluso revisar qué compró, pero ninguna de esas operaciones reemplaza al salario.

Por eso permanece vigente el interrogante que planteamos al analizar el plan santafesino:

No se discute cuánto se gana, sino cómo se administra lo que no alcanza.

Quizás Nicolás Torres haya agregado ahora una segunda parte indispensable.

No sólo se pretende enseñar al trabajador cómo administrar aquello que no alcanza.

También se pretende decidir qué tiene permitido disfrutar con lo poco que le queda.

Y ahí la discusión deja de ser únicamente económica.

Pasa a ser una discusión sobre dignidad.

 

 

“Quien quiera oír que oiga”

(*) Periodista. Licenciado en  Seguridad Pública y Ciudadana (Universidad Nacional de Chaco Austral -. UNCAUs). Autor de los  libros Doctrina de la Sospecha Permanente (DSP),  «La Teoría del Foco y la Vara» (FyV)«El Principio de Reciprocidad Institucional» (PRI) ,«Gobernar mediante la sospecha»«Ciudadanía de Segunda Clase (CSC)». y ¿En nombre del odio?

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