ENTRE RÍOS: Otra muerte que interpela en medio del silencio institucional

ENTRE RÍOS: Otra muerte que interpela en medio del silencio institucional
La muerte de la joven agente Daniela Giuliana Lezcano Balzer de la Policía de Entre Ríos, de apenas 21 años, volvió a sacudir a la institución y a la comunidad de Chajarí.

La muerte de una joven agente de 21 años en Chajarí no puede leerse como un hecho aislado: expone una crisis estructural en las fuerzas de seguridad, atravesadas por precariedad, presión y ausencia de canales reales de contención.

Por Marcos Anglada (*)

Una tragedia que ya no puede ser relativizada

La muerte de una joven agente Daniela Giuliana Lezcano Balzer de la Policía de Entre Ríos, de apenas 21 años, volvió a sacudir a la institución y a la comunidad de Chajarí. El hecho ocurrió mientras prestaba servicio, en un contexto que aún es materia de investigación. Pero lo verdaderamente preocupante no es solo el hecho en sí. Es su repetición, porque cuando estos episodios comienzan a reiterarse, dejan de ser excepciones para transformarse en síntomas.

El patrón que empieza a quedar en evidencia

No es la primera vez. Y ese es el problema. Distintos episodios recientes dentro de fuerzas de seguridad muestran una tendencia que ya no puede explicarse desde lo individual. Cuando la tragedia se repite, la causa no puede seguir buscándose solo en la biografía de las víctimas. Hay algo más profundo y ese “algo” empieza a señalar directamente al sistema.

La salud mental en una institución bajo presión

Las condiciones en las que se desempeña el personal policial vienen siendo señaladas desde hace tiempo: presión operativa constante, exposición a situaciones límite, jornadas exigentes y una estructura que exige mucho más de lo que contiene.

A esto se suma un dato alarmante: la edad. Cada vez más, los protagonistas de estos episodios son efectivos jóvenes, recién incorporados, sin redes internas sólidas que los sostengan. En ese contexto, la salud mental deja de ser un tema secundario. y pasa a ser central.

El dato que incomoda: no hay dónde hablar

Pero hay un punto aún más grave y, al mismo tiempo, más silenciado. Dentro de las fuerzas no existen canales reales, institucionales y seguros para que el personal pueda expresar conflictos, angustias o situaciones límite sin temor a represalias.

Y fuera de la institución, tampoco hay ámbitos independientes que garanticen esa voz protegida. El mensaje implícito es claro: callar es más seguro que hablar.

Ese mecanismo no ordena pero acumula presión.

Cuando el problema es el sistema y no la persona

Reducir estos hechos a decisiones individuales es, en el mejor de los casos, una simplificación.

En el peor, una forma de encubrir responsabilidades.

Porque cuando una institución produce reiteradamente situaciones de colapso en su propio personal, el problema ya no es la persona. Es el sistema que la contiene —o que no la contiene—.

Salarios, desgaste y abandono

El cuadro se completa con variables que ya son conocidas pero que rara vez se integran en un mismo análisis:

  • salarios que no alcanzan
  • desgaste permanente
  • falta de representación
  • ausencia de reconocimiento real

No se trata de un solo factor, se trata de un entramado y ese entramado está tensionado.

El rol del Estado: entre la omisión y la negación

Frente a estos hechos, la respuesta estatal suele moverse en un registro previsible: comunicados, condolencias, alguna promesa de revisión. Pero no hay una discusión estructural. No hay revisión del modelo, no hay construcción de canales de participación reales y sobre todo, no hay garantías de que quien hable no sufra consecuencias.

Ahí es donde el silencio deja de ser circunstancial y pasa a ser parte del problema.

Una pregunta que empieza a incomodar de verdad

La cuestión de fondo es tan simple como inquietante: ¿en qué condiciones están quienes tienen la responsabilidad de garantizar la seguridad pública?

Porque si quienes deben cuidar están desbordados, precarizados y sin espacios de contención, el problema ya no es interno.

Es social.

El límite ya no es teórico

Durante años, estas advertencias circularon como diagnósticos, informes o reclamos sectoriales. Hoy aparecen de otra manera, aparecen como hechos y cuando los hechos empiezan a acumularse, el margen para mirar hacia otro lado se termina.

Una señal que no puede volver a ignorarse

La muerte de esta joven agente debería ser un punto de inflexión. No por su impacto mediático sino por lo que revela. Porque cuando una institución empieza a quebrarse por dentro, lo que está en juego no es solo el bienestar de sus integrantes es su capacidad de funcionar.

El fondo del problema

Hay momentos en los que la crisis se mide en números y hay momentos en los que se mide en consecuencias. Este es uno de esos momentos y en ese punto, ya no alcanza con explicar. Hay que hacerse cargo.

(*) Periodista. Corresponsal en Santa Fe.

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