Hablemos del síndrome de burnout en los trabajadores de la seguridad pública

Hablemos del síndrome de burnout en los trabajadores de la seguridad pública

Por Mercedes «Mecha» Iñiguez (*)

No sos vago.
No sos flojo.
No te faltan ganas.
No perdiste la vocación.

Lo que tenés es un cerebro agotado de trabajar y vivir en modo supervivencia permanente.
La seguridad pública no da pausas reales: turnos interminables, presión constante, violencia cotidiana, decisiones críticas, falta de recursos y un desgaste emocional que nadie registra. El cuerpo sigue yendo, pero la cabeza empieza a pasar factura.

El burnout no es debilidad.
Es estrés crónico no atendido.
Es dormir y no descansar.
Es irritarse por todo o no sentir nada.

Es perder la motivación, la paciencia y hasta el sentido de lo que uno hace… y después culparse por eso.

Antes de tomar decisiones apresuradas, es fundamental pedir asistencia psicológica. El cansancio extremo, el agobio y las situaciones que vemos o vivimos junto a otros colegas nublan el juicio y empujan a reaccionar desde el dolor, no desde la claridad.

Darse de baja del trabajo en medio del agotamiento puede parecer una salida inmediata, pero muchas veces es una decisión tomada desde el límite emocional. Hablar con un profesional, pedir ayuda y frenar un momento permite ordenar la cabeza, poner en palabras lo que duele y evaluar opciones con mayor conciencia.

Medir los impulsos también es cuidarse.

Pedir ayuda no es debilidad: es una herramienta para no tomar decisiones irreversibles en el peor momento.

Cuidar la salud mental también es seguridad pública.

Y no, no es un problema individual: es la consecuencia directa de cómo se trabaja y se vive dentro del sistema.

(*) «Mecha» es personal policial de Santa Fe en actividad

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