cesanteada

Buenos Aires - Mercedes Martínez es oficial de la Federal. Pero la pasaron a retiro por revelar que el padre de su hija, un subcomisario, la golpeaba. Pide que la reincorporen.

 

Un día se hartó de todo eso que no había elegido, tomó fuerzas de esa hija que le había cambiado la vida para siempre, y se atrevió a hacer aquello que todos le decían que no hiciera. Presentó la denuncia, señaló al culpable, mostró su cuerpo como prueba y puso en juego algunas de las cosas que más quería en el mundo.

Pero la única condenada resultó ser ella. Por ahora, a una pena perpetua.

María de las Mercedes Martínez nació en el Hospital Churruca, el centro médico de la Policía Federal, el 4 de febrero de 1970. No podía ser de otra manera, ya que su papá era oficial de la Fuerza -llegaría a ser comisario mayor- y su mamá también. La sangre azul corría por sus venas con tanto ímpetu que, a los 17 años, se inscribió en la Escuela “Ramón Falcón”.

En 1990 egresó de allí como oficial ayudante y empezó a trabajar en el Departamento de Computación de la Federal, para después pasar por Balística y Drogas Peligrosas hasta llegar a las comisarías. En una de ellas, en 1997, su vida y su carrera cambiaron para siempre.

A Mercedes la asignaron al destacamento que había en la Sociedad Rural, en Palermo. Dependía de la comisaría 23°, donde trabajaba un oficial inspector llamado Ángel Eduardo Notarfrancesco. Era su superior directo y pronto sería también su amor.

Ocho años mayor que ella, el oficial Notarfrancesco también era hijo de un policía. En su caso, de un oficial superior de Inteligencia, área tan poderosa como temida en la Federal. Pero a Mercedes sólo le importó lo que sintió la primera vez que lo vio: un enamoramiento que, al menos por su lado, sería profundo.

La relación entre ellos empezó en ese mismo 1997. No era algo formal, pero sí intenso. Pronto se haría definitivo: a mediados de 1998, Mercedes quedó embarazada. La felicidad que le produjo la noticia se estrelló contra la rápida evasión de Notarfrancesco. El policía no quería saber nada de eso.

Mercedes tuvo que cursar sola el embarazo, trabajando horas adicionales para sumar ingresos, yendo a los operativos en las canchas aún con la panza o haciendo controles vehiculares nocturnos en las calles porteñas.

Cuando el nacimiento ya se imponía inevitable, en enero de 1999 Notarfrancesco buscó a Mercedes y le pidió que le diera “una oportunidad”. Incluso le ofreció llevarla al Churruca para el parto. Y ella aceptó. Y nació su hija.

Durante las primeras semanas, Mercedes vivió con su nena en lo de sus padres. Pero al tiempo cedió y aceptó convivir con Notarfrancesco en una casita de Mataderos.

“Le quise dar una oportunidad. Yo estaba muy enamorada, y cuando todos me preguntaban cómo le podía perdonar que me hubiera abandonado, yo les decía que quizás se había abatatado”, le cuenta Mercedes a Clarín. “Sentía que había que entenderlo”.

A los tres meses de convivencia empezaron los problemas. Mercedes quería volver a trabajar y Notarfrancesco se oponía. “Me ponía peros, se malhumoraba, me gritaba... y empezó a sacar el arma”, recuerda. Nada lo frenaba. Las peleas se llenaron de golpes, que ella apenas soportaba. “Una vez me pegó con mi hija en brazos. Me empujó y me tiró contra un marco con tanta fuerza que me rompió un tímpano”.

Como pudo, Mercedes volvió a trabajar. La destinaron a la comisaría 46°, adonde más de una vez se tuvo que presentar con anteojos negros para tapar los moretones y mentir que se había caído por las escaleras.

“Yo sentía que era mi culpa. Que yo lo hacía enojar, que no tenía que decir nada, porque además él era un jefe”, apunta Mercedes. Un día decidió esconderle el arma cuando vio venir la discusión y él reaccionó agarrando un cuchillo y amagando con un suicidio que acabó con ella limpiando su sangre del piso del living. Otra vez, Notarfrancesco comenzó a pegarle y sólo se detuvo cuando su hija, ya de cuatro años, se interpuso entre ellos.

“Ahí me pregunté cómo podía ser que esa cosita tan chiquita me defendiera y yo no estuviera haciendo nada”, cuenta Mercedes. Su reacción fue escribirle una carta a Notarfrancesco donde le pedía que dejara su casa. Pero los golpes no cesaron. Recién cuando les pidió a sus padres que estuvieran presentes mientras ella le entregaba su ropa y lo empujaba a irse logró que se fuera a vivir a otro lado.

La pesadilla sólo se transformó. “Me hostigaba, me seguía con el auto”, enumera Mercedes. “También me chupaba la línea de teléfono y después me decía dónde había estado, con quién había hablado...”, describe. Ya era demasiado. A fines de 2002, ya aterrada, fue a la Justicia Civil y lo denunció por violencia familiar. Pidió protección para su hija, pero le dijeron que no se la podían dar, que eso era una cuestión penal. También le advirtieron que ese camino pondría en peligro su carrera.

No le importó a Mercedes. Fue a la comisaría 42° e hizo la denuncia contra el oficial Notarfrancesco, pero no se la quisieron tomar. Tuvo que ir su padre para exhibir su grado de comisario y forzar a sus colegas a tomársela.

Fue el comienzo del fin. Notarfrancesco se enteró y la amenazó de muerte, con mensajes que quedaron grabados en su contestador.

-Te voy a hacer echar de la Policía, le avisó.

No mentía. La reacción de la Federal ante la denuncia de Mercedes fue abrirle un sumario interno por “haber protagonizado actos en su vida privada con trascendencia a terceros”. A Notarfrancesco también le abrirían un sumario, pero las consecuencias serían otras.

Víctima de la violencia y el acoso, manteniendo sola a su hija -tuvo que denunciar a su ex por “incumplimiento de asistencia familiar” año tras año-, Mercedes también vio como su carrera se marchitaba. El sumario abierto se tradujo en un impedimento para que lograra el ascenso que le correspondía. En paralelo, comenzaron a cambiarla de destino cada cuatro meses, sin importar que su hija estuviera internada por un problema con su glándula hipófisis. Pese a que era oficial, le daban tareas de suboficial, siempre en la calle, siempre en brigadas diferentes, en horarios imposibles y sin reconocimiento alguno. Así durante tres años eternos.

En diciembre de 2005, al fin, la pusieron en disponibilidad por la cantidad de años transcurridos sin que ascendiera. En octubre de 2006 le cerraron el sumario con una sanción de 15 días de arresto por sus “actos de inconducta” y la pasaron a retiro obligatorio.

A Notarfrancesco también lo sancionaron: le dieron 10 días de arresto, cinco menos que a la mujer a la que había golpeado hasta aburrirse. Lo instaron a “evitar ser sancionado” otra vez y lo ascendieron a subcomisario.

Mercedes cayó en una depresión profunda. Se había quedado sin el trabajo para el que había nacido, la habían jubilado con un salario miserable y no tenía dinero para atender las necesidades de su hija, ya que Notarfrancesco seguía sin pasarle la cuota alimentaria.

A la Federal no parecía importarle. Ubicó al subcomisario como segundo jefe de la comisaría 23° y le dio cada vez más poder. Allí estaba cuando, en 2009, fue a buscar a su hija para pasar un fin de semana juntos y comenzó a maltratarla al ver que quería llamar a su mamá. La nena se asustó y, cuando quiso bajarse de su auto, él le puso una pistola en la cabeza.

-Quedate quieta porque si hacés un movmiento te bajo, le dijo.

La nena se lo contó a Mercedes y terminó con tratamiento psicológico. Al tiempo hicieron la denuncia judicial, pero Notarfrancesco siguió en la Policía. Meses después, su hija quiso ir a visitarlo a la comisaría 23° y su mamá la acompañó: acabó con un cachetazo en la cara y forzada a hacer otra denuncia.

Entonces consiguió que la Justicia le pusiera una orden de restricción al subcomisario y que fijara una custodia para ella y su hija. Por supuesto, Notarfrancesco la violó.

Nada de esto impidió que la Federal le diera aún más responsabilidad: lo puso a cargo del Cuerpo de Guardia de Infantería. En noviembre de 2010 fue a juicio por haberle puesto la pistola en la cabeza a su hija y, en un fallo insólito, el juez Ladislao Endre lo absolvió porque le pareció insuficiente el relato de la nena. “Debo señalar que la absolución que he dictado no excluye la posibilidad de que Notarfrancesco haya cometido el hecho e incluso existe un alto grado de probabilidad de que lo haya hecho. En tales condiciones, manipulando el nombrado armas, existe la posibilidad de que su desempeño pueda entrañar riesgos en la Policía Federal”, escribió el magistrado, al recomendar a la Fuerza que le sacara el arma.

Tres semanas después, Notarfrancesco lideró a la Infantería en el brutal desalojo del Parque Indoamericano que terminó con tres muertos. Él, en particular, fue filmando agrediendo a los camarógrafos que intentaban registrar cómo golpeaba a un joven en el suelo. Recién ahí el subcomisario, que también había participado del operativo en el que mataron al militante Mariano Ferreyra, fue desafectado de la Policía. En esa situación estaba cuando, en mayo de 2011, la Cámara revisó su absolución por haber amenazado a su hija, anuló el fallo y ordenó un nuevo juicio.

El debate nunca se haría. Tras haberle reiterado el mensaje a Mercedes de que no iba a parar hasta verla muerta, Notarfrancesco sufrió un infarto y murió, en 2012. Tenía 49 años.

Mercedes se concentró entonces en volver a la Policía. Logró entrevistarse con la ex directora de Derechos Humanos del Ministerio de Seguridad, Natalia Federman, y ésta recomendó que la reconvocaran como personal retirado. Así pudo trabajar en la Federal hasta 2016, cuando fue traspasada a la Policía de la Ciudad y le cortaron la convocatoria.

Otra vez quedó en la calle. Mercedes siguió reclamando y descubrió que, en realidad, corresponde que se revoque la resolución original de jubilarla. Se lo pidió al Ministerio de Seguridad y, en 2017, le respondieron que no. Entre agosto y octubre de 2018 insistió: denunció la ilegitimidad de aquel acto. En diciembre, en un escrito elaborado por la Defensoría General de la Nación, exigió que además se tenga en cuenta la perspectiva de género.

Su pedido es simple: que la dejen volver a trabajar. Ruega que la ministra Patricia Bullrich la reciba para poder explicárselo.

“Yo amo ser policía”, dice. “Nunca pensé que me iban a castigar por denunciar”.

Pese a todo, Mercedes no lamenta aquel día infausto en el que conoció a Notarfrancesco. “No me puedo arrepentir porque esa relación me dio lo más lindo de mi vida, que es mi hija”, le cuenta a Clarín.

Aquella nena hoy tiene 21 años y estudia Medicina. Quería ser policía, pero su mamá le pidió que busque otro camino.

Fuente: Clarin

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