La tarde en que estalló Rosario

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A cincuenta años de la Masacre de Rosario, APROPOL Noticias inicia una serie de cinco entregas especiales basadas en el próximo libro de Alberto Rubén Martínez.

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En este primer capítulo reconstruimos el recorrido del micro policial interno 231, el coche bomba y la explosión que, a las 18:15 del 12 de septiembre de 1976, transformó para siempre la esquina de Junín y Rawson.

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Registro periodístico. La Capital del día siguiente (13/09/76)

El domingo 12 de septiembre de 1976 fue un día templado de fines de invierno. En los barrios de Rosario, las familias aprovechaban las últimas horas de luz antes de retomar la rutina semanal. Nada permitía anticipar que, poco después, la ciudad sería escenario de uno de los atentados más graves de su historia.

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Alberto Martínez, autor del libro y ex oficial de la policía de Santa Fe presenta su investigación y reflexiones sobre este tremendo.

Aquella tarde, Rosario Central recibió a Unión de Santa Fe en el estadio de Arroyito por la primera fecha del Campeonato Nacional. El equipo rosarino ganó 2 a 1, con dos goles de Osvaldo “Patota” Potente. Ese día también debutó en Primera División Nery Pumpido.

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Partido entre Rosario Central y Unión de Santa Fe el 12/09/1976 (archivo de La Capital)

Miles de hinchas se movilizaron hacia el estadio. Como sucedía habitualmente durante los fines de semana, efectivos de distintas dependencias de la Unidad Regional II habían sido convocados para integrar el operativo de seguridad.

Para muchos policías, aquellos servicios representaban también un complemento económico necesario. Los salarios resultaban insuficientes y las horas adicionales ayudaban a sostener la economía familiar. Detrás de cada uniforme había trabajadores, muchos de ellos padres de familia, que procuraban llegar a fin de mes.

Finalizado el partido, el personal del Batallón Guardia de Infantería abordó el micro Mercedes-Benz interno 231 para regresar a su unidad. Algunos conversaban; otros viajaban en silencio. Era, para ellos, el final de una jornada laboral más.

Hasta entonces, había sido un domingo común.

El coche bomba

Mientras el micro regresaba desde Arroyito, un Citroën 3 CV cargado con explosivos permanecía estacionado estratégicamente en la esquina de Junín y Rawson, en el barrio Refinería.

La elección de un automóvil común permitía disimular el dispositivo entre los vehículos habituales de la zona. Su ubicación junto al recorrido del interno 231 indica que quienes prepararon el ataque conocían tanto el trayecto como el horario aproximado del transporte policial.

La operación requería observar previamente el objetivo, controlar su aproximación y accionar el explosivo cuando el micro quedara expuesto al mayor efecto destructivo.
No se trató de una acción improvisada.

Las 18:15

A las 18:15, el interno 231 llegó a la intersección de Junín y Rawson. En ese momento fue detonada la carga colocada dentro del Citroën.

La explosión destrozó gran parte del micro, proyectó fragmentos metálicos en todas direcciones y sacudió las viviendas y los comercios cercanos. El estruendo se escuchó a varias cuadras. Durante los primeros segundos, algunos vecinos creyeron que había explotado una fábrica o una instalación de gas.

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Restos del coche bomba luego de la explosión (Archivo Subof My Carlos Bompar)
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Estado del móvil 231 que transportaba a los infantes (Archivo Subof My Carlos Bompar)
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Interior del micro policial (Archivo Subof My Carlos Bompar)
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Una de las casas vecinas por calle Junín luego de la explosión (Archivo Subof My Carlos Bompar)

El barrio Refinería acababa de convertirse en escenario de una masacre.

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Dentro del vehículo, los ocupantes fueron alcanzados por la onda expansiva y por una enorme cantidad de elementos metálicos incorporados al artefacto: bulones, tuercas, rulemanes y otros fragmentos preparados para actuar como metralla.

Este tipo de dispositivo era conocido en aquellos años como “bomba vietnamita”. Su finalidad no consistía solamente en destruir el vehículo, sino en transformar cada pieza metálica en un proyectil irregular capaz de perforar carrocerías, asientos, uniformes y cuerpos.

El explosivo había sido construido para matar y mutilar.

Un cable sobre Rawson

Décadas después del atentado, una vecina del lugar aportó bajo reserva de identidad un recuerdo que podría ayudar a comprender el mecanismo utilizado para detonar la carga.
Según su testimonio, momentos antes del paso del micro observó a dos jóvenes extendiendo un cable por calle Rawson. La mujer quedó convencida de que aquellas personas formaban parte del grupo que había preparado el ataque y que el explosivo fue accionado desde un lugar con visibilidad sobre la esquina.

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El relato introduce la posibilidad de que se hubiera utilizado un sistema eléctrico por cable para detonar la bomba en el instante exacto.

Sin embargo, es necesario distinguir entre lo que la testigo afirmó haber observado y su interpretación posterior. La presencia de dos jóvenes extendiendo un cable constituye su recuerdo directo. La conclusión de que ellos accionaron el artefacto no pudo ser corroborada mediante documentación pericial ni por otros testimonios independientes.
El dato no permite identificar a los responsables ni establecer definitivamente el mecanismo empleado. Sí aporta una imagen concreta, temporalmente próxima al atentado y compatible con una operación que exigía vigilancia, coordinación y control preciso del momento de la explosión.

La esquina destruida

La detonación transformó por completo el lugar. El humo, el polvo, los vidrios rotos, los restos metálicos y los gritos de las víctimas volvieron casi imposible comprender, durante los primeros instantes, la magnitud de lo ocurrido.

El interno 231 recibió el impacto principal. También fue alcanzado el Renault 12 en el que viajaban Oscar Walter Ledesma, Irene Ángela Dib y su hija Andrea Fabiana, de catorce años.

La familia regresaba después de señar el salón donde celebrarían los quince años de Andrea. La adolescente sobrevivió. Sus padres murieron como consecuencia del atentado.
La presencia de vecinos, peatones y automovilistas no impidió la ejecución del ataque. La ubicación del vehículo y el momento escogido muestran que sus autores aceptaron desde el comienzo la posibilidad de matar o herir a personas completamente ajenas al objetivo policial.

Los primeros auxilios

Los vecinos fueron los primeros en reaccionar. Salieron de sus viviendas y comenzaron a socorrer a los heridos antes de la llegada de las ambulancias. Poco después arribaron móviles policiales, bomberos y personal médico.

Entre los restos del micro, algunos sobrevivientes intentaban salir por sus propios medios. Otros permanecían inmóviles. Muchos presentaban lesiones gravísimas causadas por la onda expansiva y las esquirlas.

Los heridos fueron trasladados de urgencia a distintos centros asistenciales. Médicos y enfermeros comenzaron una lucha desesperada por salvar vidas, mientras las familias de los policías recibían las primeras noticias, todavía fragmentarias y confusas.

Cuando cayó la noche, las ambulancias continuaban entrando y saliendo de los hospitales. En Junín y Rawson, policías, bomberos y peritos trabajaban entre los restos retorcidos del micro y los vehículos destruidos.

La explosión había durado apenas unos segundos. Provocó la muerte de nueve policías y dos civiles, dejó numerosos heridos y quebró para siempre la vida de sus familias.
Sus consecuencias atravesarían las décadas siguientes.

 

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Página 7 del libro «La Masacre de Rosario»

 

Esta es la primera de las cinco entregas especiales de APROPOL Noticias basadas en “La Masacre de Rosario. Memoria, víctimas y silencios a cincuenta años del atentado”.

El próximo sábado 22 de agosto publicaremos “Los nombres detrás de la masacre”, dedicado a recuperar las historias de los nueve policías y los dos civiles asesinados.

El libro será lanzado en septiembre y podrá descargarse gratuitamente en formato digital desde Confianza Soberana.

(*) Periodista. Corresponsal en Rosario.

 

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