No dan más: la policía santafesina al borde del colapso

No dan más: la policía santafesina al borde del colapsoEn las últimas semanas, los partes se repiten con una frecuencia escalofriante: suicidios consumados, tentativas evitadas de milagro, muertes absurdas en accidentes de tránsito, efectivos descompensados en sus puestos de trabajo, choques al salir de una guardia interminable.

Por Alberto Martínez (*)

La policía de la provincia de Santa Fe está rota. Anímica, física y emocionalmente. Está destruida. Y lo peor es que esto no es una emergencia. Es una política de desgaste planificada, sostenida y avalada por el silencio cómplice de quienes deberían cuidar a los que nos cuidan.

“Hay cansancio. Hay tristeza. Hay bronca. Y hay cuerpos que ya no resisten.”

La raíz del derrumbe: el hambre de bolsillo

La raíz de esta tragedia cotidiana es clara y brutal: el salario policial no alcanza ni para sobrevivir.

Con sueldos congelados frente a una inflación galopante, descuentos arbitrarios, viáticos sin pagar, uniformes que deben comprar con su plata y recortes en horas extras, el trabajador policial no puede mantener a su familia ni garantizarse una alimentación digna. ¿Cómo se supone que alguien en esas condiciones pueda cuidar a otros?

Y encima, ni siquiera tiene derecho a protestar. Porque si alza la voz, lo sancionan. Si se organiza, lo acusan de sedición. Si se enferma, lo recargan de servicio. La opresión es tan evidente que no hay otra palabra que la describa mejor: esclavitud moderna con uniforme reglamentario.

Hechos que duelen y hablan

  • Policías descompensados por estrés extremo, como la suboficial Caren Altamirano, internada por un ACV en su lugar de trabajo.

  • Efectivos suicidados o en tentativa de suicidio, como los casos documentados este mes en Rosario y el norte provincial.

  • Muertes evitables en accidentes de tránsito tras jornadas extenuantes o traslados sin descanso.

  • Choques en cadena de móviles sin mantenimiento, con policías sin dormir.

  • Denuncias de maltrato institucional, persecución y abandono psicológico en múltiples unidades regionales.

Todo indica lo mismo: el personal “no da más”. Literalmente.

Condiciones laborales que rozan la esclavitud

No estamos ante un problema de gestión aislado. Estamos ante una violación sistemática de los derechos laborales más elementales: sin paritarias reales, sin reconocimiento sindical, sin estabilidad, sin condiciones mínimas de higiene y seguridad, la estructura policial santafesina se sostiene a base de sufrimiento humano.

Porque cuando el cuerpo cae, el sistema no lo abraza: lo descarta.
Porque cuando un policía muere, el protocolo sigue, pero el problema también.

¿Y el Estado? Bien, gracias

Nadie del Ministerio de Seguridad ha puesto la cara por estos hechos. Nadie del gobierno ha explicado por qué en 2025 hay trabajadores públicos que viven peor que en los años 90. Y nadie parece tener voluntad real de cambiarlo. Se llenan la boca hablando de seguridad, pero desprecian a quienes sostienen con su vida esa misma seguridad.

El camino es uno: derechos, dignidad y reforma real

Desde este espacio lo decimos con toda claridad:

  • Sin salarios dignos, no hay servicio digno.

  • Sin descanso y contención, no hay prevención posible.

  • Sin respeto por la vida del trabajador, no hay política de seguridad legítima.

El colapso está a la vista. El que no lo quiere ver, es cómplice.

Porque una fuerza policial no se reforma desde el castigo ni desde la precariedad: se reconstruye desde el reconocimiento, la justicia y la dignidad humana.

El silencio también mata: cuando la indiferencia es cómplice

En cada tragedia, en cada parte donde se informa de una muerte, un suicidio, un ACV, un accidente de tránsito con resultado fatal, aparece el ritual: una lágrima, una bandera a media asta, un crespón negro en el perfil, un “QEPD, compañero” y nada más.

Nada más.
Ni una palabra.
Ni una bronca.
Ni una mínima señal de conciencia.

Mientras tanto, el patrón —llámese Estado, Ministerio o Comando— toma nota de ese silencio. Y lo celebra. Porque cada vez que un trabajador policial se quiebra y su compañero no dice nada, se valida el modelo del miedo, del sometimiento y del descarte humano.

Los dolientes que no molestan

Hay algo peor que los verdugos: los dolientes funcionales. Aquellos que lloran pero no luchan. Que se indignan, pero en privado. Que escriben “te vamos a extrañar” pero jamás se atreven a preguntar públicamente por qué murió. Ni qué lo llevó a esa muerte.

¿De qué sirve la lágrima si no incomoda al poder?

¿Cuántos compañeros caídos más hacen falta para que un sector de la fuerza reaccione? ¿Cuántos hijos sin padre? ¿Cuántas madres en terapia intensiva como Altamirano? ¿Cuántos compañeros en los medios porque se quitaron la vida o murieron manejando sin dormir?

La respuesta duele: no alcanzan. Porque la comodidad, la tibieza y el miedo han hecho metástasis.

El patrón lo sabe. Y sus lacayos también.

Ese silencio masivo, esa “corrección emocional”, es oxígeno para la estructura que está destruyendo la fuerza policial desde adentro.

Los de arriba lo saben: si nadie protesta, no hay costo. Y si no hay costo, se sigue avanzando.

¿Querés saber por qué no mejoran las condiciones laborales? Porque la gran mayoría las acepta sin ruido.

¿Querés saber por qué siguen los traslados arbitrarios, los salarios de hambre y las horas extras impagas? Porque saben que los propios compañeros van a mirar para otro lado.

El patrón no necesita sancionar. Le alcanza con saber que nadie se atreve a alzar la voz.

El silencio ya no es neutralidad: es traición.

No estamos pidiendo que todos salgan con pancartas. Pero, al menos, decilo. Denunciá. Compartí. Posteá.

Mostrá que te importa. Que sabés lo que está pasando. Que no vas a ser cómplice del deterioro sistemático de la salud mental, física y familiar de tus compañeros.

Porque si no hablás, no estás en el medio: estás del lado del verdugo.

O decimos basta, o nos callan para siempre.

Este modelo de seguridad con trabajadores esclavos no se va a caer solo. O lo enfrentamos juntos, o seremos el próximo nombre en un parte médico o en una nota fúnebre.

Y no habrá nadie que se gaste en decir por qué.

¡Quién quiera oír que oiga!

(*) Periodista. Licenciado en Seguridad Pública. Especialista en seguridad y derechos laborales de los trabajadores policiales y penitenciarios.

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