
Por Rubén Pombo (*)
¿Cuántos más tienen que morir para que hagan algo?
Moreno no es un número más. Era un trabajador del uniforme, alguien que —como tantos— enfrentaba turnos extenuantes, condiciones laborales desbordadas, y un entorno institucional que muchas veces castiga al que sufre en lugar de contenerlo. Su decisión final no surgió de la nada. Fue el resultado de un sistema que no escucha, que no cuida, que no acompaña.
El silencio institucional también mata
Cada vez que un policía se suicida, el Estado es responsable. Porque sabe, porque tiene los informes, porque ve las estadísticas… y no hace nada. Porque se llenan la boca hablando de prevención, de salud mental, de “programas integrales”, pero cuando llega la hora de actuar, fallan. Fallan con carpetas negadas, con traslados arbitrarios, con jefes que aprietan y funcionarios que callan.
“La salud mental del policía no es prioridad. Lo que importa es que esté de pie, aunque por dentro esté roto.”
Bustinza hoy está de luto. Y todos deberíamos estarlo.
La muerte del oficial Moreno debe doler. Pero no solo por lo que representa su ausencia, sino por lo que denuncia su partida: que seguimos dejando solos a quienes sostienen la seguridad de todos. Que los usamos, los exprimimos… y cuando se caen, los olvidamos.
Hoy, desde APROPOL, levantamos la voz una vez más. Por Leonardo. Por todos los que ya no están. Y por los que todavía están a tiempo de ser salvados.
(*) Periodista. Corresponsal Rosario.
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