Mientras la Provincia montó un acto con honores para el retiro del perro “Ron” y el alta de “Kanu” y “Kenzo”, cientos de policías que se jubilan o piden la baja se van en silencio, sin ceremonia ni placa. En plena campaña, el contraste desnuda un doble estándar: marketing para la foto, nulo reconocimiento y deudas de fondo —salarios, desarraigo y salud mental— para la tropa.
Por Alberto Martínez (*)
La vicegobernadora Gisela Scaglia y el ministro Pablo Cococcioni encabezaron en la sede de la PDI el retiro del perro “Ron” y el alta de “Kanu” y “Kenzo”. Hubo palabras de reconocimiento, fotos oficiales y resolución ministerial (Nº 1677/25) para coronar los 8 años de servicio del pastor alemán “Ron Von Virginia”. Todo impecable.
Lo que faltó, una vez más, fue el mismo trato para los policías de carne y hueso que se retiran —o que están pidiendo la baja— sin acto, sin placa y, demasiadas veces, sin respuestas.
El acto: protocolo completo para “Ron”
Scaglia destacó “la capacidad que nosotros no tenemos” de los canes para búsquedas y operativos; Cococcioni subrayó que los nuevos perros fortalecerán inspecciones y microtráfico; la directora de la PDI, Eva Cainelli, reconoció la labor de la Sección Canes creada en 2012; y el instructor Luciano Serenelli explicó el adiestramiento. Datos oficiales: hoy la División opera con 6 pastores alemanes distribuidos entre las regiones 2 y 4.
La otra cara: retiros y bajas sin reconocimiento
Mientras los perros reciben ceremonia y discurso, en dependencias de la Policía de Santa Fe se acumulan retiros y renuncias que pasan sin homenaje. Hay trayectorias de 20, 25 o 30 años que se apagan con un trámite administrativo. La tropa lo percibe como un mensaje claro: el sistema valora más la foto que la persona.
Contexto electoral: “todo por un voto”
Que el gesto institucional llegue a días de las elecciones alimenta la lectura política dentro de la fuerza: la agenda comunicacional se llena de actos simbólicos mientras los problemas estructurales —salarios insuficientes, desarraigo, turnos extenuantes, salud mental sin cobertura real— siguen pendientes. Huele a marketing: emotividad para la cámara, precariedad para el cuartel.
¿Por qué importa?
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Capital simbólico desigual. El reconocimiento público construye pertenencia. Si se lo reserva para actos vistosos y se lo niega al personal, se erosiona la moral.
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Retención de talento. Donde no hay rito de despedida ni gratitud, crece la sensación de “usar y tirar”. Eso empuja la puerta de salida.
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Coherencia institucional. Homenajear a canes está bien. No homenajear a quienes los guiaron, mal.
Qué haría falta (concretamente)
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Protocolo de retiro humano: acto breve, diploma, legajo destacado y publicación oficial para todo agente que se retire sin sanciones graves.
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Calendario de reconocimientos: trimestral por unidad, con criterios transparentes (antigüedad, servicio sobresaliente, riesgo asumido, capacitación).
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Datos abiertos: informe semestral sobre ingresos, retiros, bajas y causas; indicadores de salud ocupacional y rotación.
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Paridad simbólica: cada ceremonia de canes debe incluir mención y reconocimiento a sus guías y equipos humanos.
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Agenda de fondo: mejora salarial, régimen de jornada saludable, reducción del desarraigo y cobertura efectiva de salud mental.
La pregunta que queda
Si el Estado puede organizar en 48 horas un acto completo para un can —con autoridades, discursos y prensa—, ¿por qué no puede institucionalizar, de una vez, el rito mínimo de despedida para quienes sostienen la seguridad todos los días?
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¡Quién quiera oír que oiga!
(*) Periodista. Licenciado en Seguridad Pública y Ciudadana. Ex oficial de la policía de Santa Fe, Autor del libro «La Doctrina de la Sospecha Permanente» (2005) donde analiza en profundidad estas cuestiones.
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