Una vida al límite: el grito silencioso de la Suboficial Caren Altamirano

Una vida al límite: el grito silencioso de la Suboficial Caren Altamirano

«De Santa Fe pidió el pase miles de veces. Nunca se lo dieron.» – Este no es un parte más. No es solo un código médico ni un traslado de rutina. Es una historia que duele. Y que podría haberse evitado.

Por Rubén Pombo (*)

El miércoles 14 de mayo, alrededor de las 14:00 horas, la Suboficial Caren Altamirano, numeraria de la Comisaría 26° de la UR II Rosario, sufrió una descompensación repentina en su lugar de trabajo. Según consta en el parte oficial redactado por el jefe de dependencia, Subcomisario Walter Medoza, fue asistida de inmediato por sus compañeras, trasladada al Hospital Gamen, y luego derivada entubada de urgencia al Hospital Clemente Álvarez, con diagnóstico preliminar de ACV hemorrágico.

Mucho más que un parte policial

Caren no solo es policía, es mamá. Tiene un hijo con trastornos en el lenguaje, bajo tratamiento psicológico. ¿El motivo? “Porque la extrañaba mucho a ella”. Lo repetía cada vez que hablaba del tema con sus compañeras. Su sufrimiento no venía del servicio: venía del desarraigo, de la ausencia forzada, de la negligencia administrativa que le negó sistemáticamente el pase de destino a Santa Fe, donde está su familia, su hijo, su red de afecto.

Lo pidió miles de veces. Nunca se lo dieron.

Como si eso no alcanzara, a todo ese dolor humano se le suma la presión de los horarios, el peso económico, la distancia, la soledad, el abandono institucional. Y ahora, una cama de terapia intensiva. ¿Cuántas veces más hace falta que el cuerpo colapse para que el sistema reaccione?

Una deuda del Estado que enferma

Este caso no es aislado. Es parte de una cadena. Es la consecuencia directa de una estructura policial que desoye los pedidos de sus trabajadores y los somete a traslados arbitrarios, horarios criminales, y maltrato laboral sostenido. Es también una consecuencia de una burocracia que castiga al que reclama, y de un Estado que hace oídos sordos a lo evidente.

La salud del personal policial no es una cuestión individual. Es un tema de política pública. De derechos humanos. Y de ética institucional.

¿Hasta cuándo vamos a esperar que el cuerpo diga basta? ¿Hasta que el precio lo pague otra familia rota, otro hijo solo, otra mujer en terapia intensiva?

Desde este medio, exigimos:

  • Que se investigue la cadena de responsabilidades administrativas que derivó en la negativa sistemática del pase de destino.

  • Que se garantice el acompañamiento psicológico y social a la familia.

  • Que se revise de manera integral el sistema de traslados y adscripciones del personal policial, priorizando criterios de salud, maternidad y contexto familiar.

  • Que se termine la naturalización del colapso físico y mental como “riesgo de la profesión”.

Porque cuidar a quien nos cuida no puede ser un eslogan vacío. Debe ser una prioridad de gestión. Y una obligación moral.

(*) Periodista. Corresponsal en Rosario.

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