El poder político y sus aliados mediáticos intentan imponer la agenda pública mientras evitan discutir una tragedia que crece en silencio: los suicidios dentro de las fuerzas de seguridad. Frente al encubrimiento, la pauta millonaria y la indiferencia estatal, el periodismo independiente vuelve a hacer la pregunta que nadie quiere responder.
El tema que el poder no quiere en la agenda
Mientras el poder político y sus terminales mediáticas intentan imponer los temas que deben ocupar el centro del debate público, hay una realidad incómoda que sigue siendo desplazada deliberadamente: los suicidios dentro de las fuerzas de seguridad. No se trata de hechos aislados ni de tragedias privadas sin contexto. Se trata de un fenómeno persistente, documentado, creciente y, sobre todo, sistemáticamente silenciado.
La pregunta es simple, directa y profundamente incómoda para quienes administran el relato público: ¿por qué no quieren que se hable de esto?
El poder mediático y la construcción del silencio
Durante años, amplios sectores del sistema mediático que hoy pretenden señalar qué temas deben discutirse guardaron un silencio ensordecedor frente a estas muertes. No investigaron. No preguntaron. No exigieron explicaciones.

Esos mismos sectores que hoy intentan marcar el ritmo del debate público son, casualmente, los principales beneficiarios de un sistema de financiamiento estatal que este año destinará 44 mil millones de pesos en propaganda oficial. La pauta no solo financia estructuras. También condiciona agendas. Y cuando la agenda se condiciona, la verdad se posterga.
El resultado es evidente: lo que incomoda al poder no se amplifica. Se reduce. Se relativiza. Se entierra.
Cuando el periodismo incomoda, el poder reacciona
Incluso medios ajenos al circuito tradicional del poder mediático reconocieron que el trabajo realizado por este espacio “hizo más que informar”, al visibilizar, documentar y sostener una investigación sistemática sobre lo que ocurre dentro de la fuerza. Ese reconocimiento, lejos de ser un cuestionamiento, confirma el verdadero rol del periodismo cuando cumple su función esencial.
El periodismo no está para acompañar al poder. Está para controlarlo.
Por eso lo afirmamos con claridad y sin ambigüedades: Nada nos da más placer que incomodar al poder.
Porque cuando el poder se incomoda, es señal de que la verdad está empezando a abrirse paso.
Desviar el foco: una vieja técnica de control
Cuando un tema amenaza con exponer responsabilidades estructurales, el poder despliega una estrategia conocida: desplazar la discusión hacia asuntos secundarios. Crear distracciones. Instalar polémicas laterales. Saturar el espacio público con narrativas alternativas.
Es el mismo mecanismo que explica por qué tantas tragedias individuales nunca llegan a convertirse en un problema institucional. Porque reconocer el problema implicaría reconocer responsabilidades.
Y reconocer responsabilidades implicaría actuar.
El Estado ausente frente a una tragedia presente
Mientras las muertes se acumulan, el Estado sigue sin ofrecer información completa, transparente y verificable. Los pedidos formales de acceso a la información continúan sin respuesta. Las estadísticas no se publican. Los informes no se entregan. Las evaluaciones no se conocen.
El silencio no es una omisión administrativa. Es una decisión política.
Un Estado que no mide el daño que produce es un Estado que elige no corregirlo.
El periodismo que no se arrodilla
Frente a ese escenario, el deber del periodismo es claro. No adaptarse a la agenda del poder. No repetir su narrativa. No aceptar sus límites.
El deber del periodismo es preguntar cuando otros callan. Nombrar cuando otros esconden. Investigar cuando otros miran hacia otro lado.
Porque cada nombre que se rescata del olvido es un acto de memoria.
Y cada acto de memoria es una forma de justicia.
La pregunta que sigue esperando respuesta
La discusión no puede seguir siendo postergada. No puede seguir siendo desplazada. No puede seguir siendo ignorada.
La pregunta sigue en pie, intacta, incómoda y necesaria:
¿Y si hablamos de los suicidios?
Porque hablar de ellos no es una provocación.
Es una obligación.
Y porque el silencio, cuando se vuelve política, deja de ser neutral.
Se convierte en complicidad.
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