Aunque no los mencione de forma explícita, la reforma laboral impulsa una lógica que impacta de lleno en el trabajador policial: deteriora derechos, agrava la pérdida salarial y traslada el ajuste a quienes sostienen la seguridad pública y a sus familias, en nombre de una supuesta “modernización” que deja al trabajador solo frente al poder.
Por Alberto Rubén Martínez (*)
A la pregunta central de esta nota debemos responder sin rodeos: sí, impacta. Y lo hace de manera profunda, aunque el discurso oficial intente disimularlo.
Lejos de tratarse de un debate abstracto o de un conjunto de tecnicismos jurídicos, la reforma laboral que impulsa el Gobierno expresa una lógica clara: reconfigurar la relación entre capital y trabajo, desplazando al Estado de su rol de garante de derechos y promoviendo un modelo donde el mercado impone sus reglas. Ese giro ideológico —que concibe al trabajador como un sujeto aislado frente al mercado— produce efectos concretos y verificables en la vida de los policías, incluso cuando la Ley de Contrato de Trabajo no rige formalmente sobre las fuerzas de seguridad.
1. Impacto moral: el bien común no se defiende empobreciendo a quienes lo sostienen
Desde una perspectiva moral, el trabajador policial no es un agente indiferenciado del mercado. Su función es garantizar derechos ajenos, sostener el orden público y proteger a la comunidad. Tratar al trabajo policial como un bien transable y reducir derechos en nombre de la “flexibilización” implica empobrecer a quienes sostienen la seguridad colectiva.
Detrás de cada policía hay familias que dependen de un salario estable, de condiciones laborales previsibles, de descansos reales y de derechos básicos. Desarmar esas bases en nombre de una supuesta modernización significa trasladar el ajuste desde los grandes centros de ganancia hacia los hogares de quienes cumplen tareas esenciales para la sociedad.
2. Impacto ético: más exigencias, menos protección
En el plano institucional, la reforma consolida una lógica que ya viene permeando muchos ámbitos laborales: más exigencias, mayor disponibilidad, mayor control interno y menos resguardo para el trabajador. En el ámbito policial, esto se traduce en hechos concretos:
- mayor presión sobre licencias médicas,
- traslados discrecionales más frecuentes,
- rechazo de permutas sin fundamentación clara,
- incremento de cargas económicas y operativas sobre el personal en actividad.
El discurso de la “modernización” no es neutro: naturaliza la precarización interna y convierte la exigencia extrema en regla, sin contrapesos éticos ni reconocimiento real del esfuerzo exigido.
3. Impacto jurídico: el trabajador queda más expuesto
Aunque la Ley de Contrato de Trabajo no se aplique directamente a la policía, la lógica jurídica de la reforma permea todo el empleo público. El proyecto del Gobierno debilita mecanismos de defensa colectiva, amplía la discrecionalidad administrativa, reduce el rol del Estado como garante de derechos y relega la protección real del trabajador a meras declaraciones.
Desde una mirada constitucional y convencional, esto implica un desplazamiento del principio protector consagrado en el artículo 14 bis de la Constitución Nacional, que reconoce al trabajador como la parte vulnerable de la relación laboral, hacia una lógica de mercado donde la llamada “autonomía de la voluntad” sustituye garantías mínimas.
4. Impacto práctico: precarización que se siente en la calle
En términos concretos, la reforma se monta sobre un escenario ya crítico para el personal policial:
- deterioro sostenido del poder adquisitivo,
- mayor presión operativa por falta de reemplazos,
- aumento del desgaste físico y emocional,
- incertidumbre sobre la carrera y las condiciones de trabajo.
Cada uno de estos factores se agrava cuando se relativizan derechos laborales básicos en nombre de la reducción del “costo laboral” o de la litigiosidad. No se fortalece la seguridad pública debilitando a quienes deben sostenerla.
5. La policía no está al margen de la comunidad
Existe además un error que conviene despejar: creer que, por tener un régimen laboral especial, el trabajador policial queda al margen de las transformaciones que afectan al resto de la comunidad. Nada más lejos de la realidad.
Los policías no viven en una burbuja institucional. Viven en los mismos barrios, consumen en los mismos comercios, envían a sus hijos a las mismas escuelas y comparten los problemas cotidianos del resto de la sociedad. Cuando una reforma laboral precariza derechos, deteriora salarios o debilita la estabilidad del empleo, no solo impacta en otros trabajadores, sino también en las familias de los policías, en sus amigos, vecinos y redes de contención.
El efecto es indirecto, pero real: más incertidumbre económica, mayor presión social y mayor fragilidad comunitaria. Pretender que la policía quede “aislada” de esas consecuencias es desconocer que el trabajador policial es, antes que nada, parte del pueblo al que se le exige proteger.
6. ¿Incide en la estabilidad del empleo público?
La reforma no elimina formalmente la estabilidad, pero la debilita en los hechos. Al priorizar la flexibilización y la reducción de costos, se instala un clima normativo que relativiza la estabilidad como valor y la presenta como un obstáculo.
Esto se traduce en:
- mayor discrecionalidad administrativa,
- traslados arbitrarios,
- cambios de funciones sin fundamento,
- congelamiento de carreras,
- pérdida de adicionales,
- evaluaciones discrecionales y sanciones encubiertas.
La estabilidad formal persiste, pero la seguridad laboral se vuelve frágil. En el ámbito policial, donde la estabilidad es condición de neutralidad, profesionalismo y sujeción a la ley, esta lógica resulta especialmente peligrosa.
La reforma no ataca el derecho de frente: lo erosiona por los márgenes. Y cuando la estabilidad se vuelve precaria, el trabajador —incluido el policial— queda más expuesto, más disciplinado y con menor capacidad de defensa.
Conclusión: no es que puede impactar, es que ya está impactando
La reforma laboral impacta en los policías de manera estructural porque:
- promueve un mercado laboral donde el trabajador queda solo frente al poder,
- relativiza las garantías que equilibran la asimetría entre capital y trabajo,
- profundiza la exposición del trabajador policial a decisiones discrecionales,
- y desplaza al Estado de su función protectoria constitucional.
- No se trata de un efecto colateral ni eventual. Es la expresión concreta de un modelo que redefine al trabajo como mercancía y al trabajador —también al policía— como un agente aislado, subordinando el derecho al trabajo a la ley del mercado.
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«Quien quiera oir que oiga»
(*) Periodista. Licenciado en Seguridad Pública (Universidad Nacional de Chaco Austral -. UNCAUs). Autor del libro Doctrina de la Sospecha Permanente (DSP)
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Web: Confianza Soberana – Teoría política en desarrollo
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