La explosión del 12 de septiembre de 1976 duró apenas unos segundos, pero para quienes lograron salir con vida del interno 231, para sus familias y para los vecinos de Refinería, comenzó entonces una historia mucho más larga, marcada por amputaciones, esquirlas, miedo, silencios, problemas económicos y recuerdos que continuarían durante décadas.
Cuando el coche bomba estalló junto al micro interno 231 del Batallón Guardia de Infantería, algunos policías murieron inmediatamente y otros quedaron atrapados entre los restos del vehículo. Los traslados se realizaron como fue posible, en ambulancias, móviles policiales y automóviles particulares, mientras los hospitales iniciaban una carrera desesperada para salvar a los heridos más graves. Sin embargo, sobrevivir no significó regresar a la vida anterior, porque las heridas continuaron en los cuerpos, en los recuerdos, en los hogares y, en muchos casos, también en la economía familiar. La Masacre de Rosario tuvo once víctimas fatales, pero el número real de afectados fue mucho mayor.

Heridas preparadas para permanecer
El explosivo había sido concebido para producir un daño que excediera ampliamente la onda expansiva. La investigación reconstruida en La Masacre de Rosario señala que buena parte de los sobrevivientes presentaba lesiones provocadas por bulones, rulemanes y otros elementos metálicos incorporados deliberadamente a la carga explosiva. No se buscaba solamente provocar una detonación, sino también perforar, mutilar y causar daños permanentes, una característica que explica buena parte de las secuelas que acompañaron durante años a quienes viajaban en el micro. Algunos sobrevivieron con esquirlas incrustadas, fracturas, quemaduras, amputaciones y discapacidades, mientras otros cargaron heridas mucho más difíciles de observar.
Bonifacio Mendoza: reconstruir una vida sin sus piernas
El comisario Bonifacio “el Perro” Mendoza, subjefe del Batallón Guardia de Infantería, sufrió lesiones devastadoras en ambas piernas y, después de múltiples intervenciones quirúrgicas, los médicos debieron practicarle una doble amputación. La explosión había terminado en Junín y Rawson, pero para Mendoza continuó durante años a través de rehabilitaciones, tratamientos, adaptaciones y una familia que también debió reorganizar su vida alrededor de las consecuencias del atentado. Su historia expresa quizá de la manera más visible aquello que ocurrió después: hubo sobrevivientes para quienes salir con vida significó, literalmente, empezar desde cero.
Omar Olivera: una esquirla que quedó para siempre
Omar Olivera sufrió una de las heridas más graves, cuando una esquirla le perforó el cráneo y le provocó daños permanentes en la audición. Décadas después continuaba hablando en voz muy alta como consecuencia de aquella lesión, mientras sus recuerdos de aquellos segundos permanecían fragmentados. Entre ellos quedó especialmente grabada la imagen de quienes viajaban sentados del lado izquierdo del colectivo y habían recibido el impacto más directo, así como la escena de un compañero llamado Luna, gravemente herido, preguntándole si iba a morir. Hay escenas que ningún archivo puede transmitir por completo, porque permanecen alojadas en quienes estuvieron allí.
Eduardo “Lalo” Ferraro: dado por muerto
Eduardo “Lalo” Ferraro conducía el interno 231 cuando una esquirla lo alcanzó en la cadera. En medio del caos fue considerado inicialmente muerto, aunque logró ser rescatado a tiempo. Uno de sus últimos recuerdos antes de perder el conocimiento fue particularmente extraño y brutal: lo trasladaban hacia la Asistencia Pública en el baúl de un automóvil. No había protocolos suficientes para una escena semejante y la prioridad era una sola: sacar a los heridos como fuera y hacerlo rápido.
Adán Hereñú: “el colectivo era un colador”
Adán de la Soledad Hereñú, conocido dentro de la fuerza como “el Pulga”, viajaba de pie sobre el costado derecho del micro cuando una esquirla le atravesó la pierna izquierda y le fracturó tibia y peroné. El impacto lo hizo caer por la escalinata de la puerta trasera, donde quedó tendido sobre el cuerpo de uno de sus compañeros muertos. Su descripción del estado del micro fue sencilla y contundente: “El colectivo era un colador”.
Hereñú estaba convencido de que una fracción de segundo había separado a muchos de los sobrevivientes de la muerte y sostenía que, si la bomba hubiera explotado un instante después, el impacto habría alcanzado de lleno a todo el vehículo. Fue llevado primero a la Asistencia Pública y posteriormente trasladado a la Mutual de la Policía. En aquel momento su esposa estaba embarazada de siete meses y, años después, el hijo de ambos, Edgardo Hereñú, ingresaría a la Policía de Santa Fe y terminaría prestando servicios precisamente en la misma Guardia de Infantería donde había trabajado su padre. La historia había atravesado otra generación.
Los que casi nunca hablaron
También sobrevivieron Rodolfo José Resumí y Rubén Mc Cabe, ambos fallecidos años después, cuyas historias permiten observar otro aspecto menos visible del atentado: el silencio. El autor del libro conoció personalmente a ambos durante su carrera policial y llegó incluso a ser jefe de Mc Cabe, pero ninguno le habló de haber viajado en el micro aquella tarde; su condición de sobrevivientes apareció mucho después, revelada por otras personas.
Después del atentado regresaron al trabajo, cumplieron funciones y continuaron sus carreras, de modo que externamente parecían policías como cualquier otro. Sin embargo, las heridas y los recuerdos podían seguir allí. El libro plantea que esa reserva no debe interpretarse necesariamente como olvido o indiferencia, sino que para algunos sobrevivientes pudo haber sido una manera de seguir adelante: volver al servicio, cumplir las tareas cotidianas y guardar para sí una experiencia que durante mucho tiempo no encontró un espacio institucional donde ser elaborada.
Las heridas que nadie veía
En 1976 se hablaba poco de trauma psicológico y mucho menos dentro de instituciones donde la fortaleza personal y la capacidad de continuar trabajando formaban parte de la cultura profesional. Sin embargo, muchos sobrevivientes convivieron durante décadas con pesadillas, recuerdos repentinos, sobresaltos frente a ruidos fuertes y dificultades para hablar de lo ocurrido, manifestaciones que hoy podrían asociarse con cuadros de estrés postraumático. En aquel momento, prácticamente no existía una respuesta institucional adecuada para reconocerlas y tratarlas.
Uno de los sobrevivientes lo resumió de una manera especialmente clara: “Hay cosas que vuelven de golpe. Olores, sonidos, imágenes. Uno aprende a convivir con eso, pero nunca se va del todo”. Probablemente esa frase explique mejor que cualquier diagnóstico lo que significó sobrevivir.
Después llegaron las amenazas
Las consecuencias tampoco quedaron limitadas a las heridas producidas durante la explosión, porque, según el testimonio de Miguel “Rulo” Rodríguez, algunos policías sobrevivientes y sus familias recibieron posteriormente cartas amenazantes. El mensaje implícito era especialmente inquietante: quienes habían realizado el atentado conocían quiénes eran, dónde vivían y cuáles eran sus movimientos. De ese modo, la amenaza abandonaba Junín y Rawson y entraba directamente en los hogares, instalando entre quienes habían logrado sobrevivir el temor de que pudiera existir una próxima vez.
También sobrevivieron las familias
El atentado hirió además a muchas personas que nunca estuvieron dentro del micro: esposas que acompañaron rehabilitaciones, hijos que crecieron viendo las limitaciones físicas de sus padres y hogares cuyos ingresos disminuyeron como consecuencia de incapacidades laborales y tratamientos prolongados. Hubo mujeres que se transformaron prácticamente en cuidadoras permanentes y familias enteras cuya cotidianeidad terminó organizada alrededor de una lesión provocada en apenas unos segundos. La metralla no terminaba allí donde se detenía físicamente, porque sus consecuencias alcanzaban también a quienes rodeaban al herido.
Andrea Fabiana Ledesma
Entre los sobrevivientes estuvo también Andrea Fabiana Ledesma, que tenía catorce años y aquella tarde caminaba junto con sus padres, Oscar Walter Ledesma e Irene Ángela Dib, después de haber señado el salón donde celebrarían su fiesta de quince. Oscar e Irene murieron y Andrea sobrevivió, de manera que en unos pocos segundos dejó de ser una adolescente que regresaba con sus padres de preparar una fiesta para convertirse en sobreviviente de un atentado en el que había perdido a ambos. La herida física pudo tratarse; la otra no tenía cirugía posible.

El sobreviviente que escapó de una bomba y murió en otra
Existe además una historia que parece escrita por un destino particularmente cruel. Miguel Ángel Bracamonte debía viajar el 12 de septiembre de 1976 en el interno 231, ya que integraba el Batallón Guardia de Infantería y estaba asignado al operativo del partido entre Rosario Central y Unión, pero una orden de último momento modificó su destino y un superior dispuso que permaneciera de guardia en Jefatura. Aquella decisión le salvó la vida.

Tiempo después pidió traslado y fue destinado a la Comisaría 14.ª. Cuatro meses más tarde, el 25 de enero de 1977, otra bomba explotó frente a aquella dependencia y Bracamonte resultó mortalmente herido. También murió María Leonor Berardi, una adolescente de quince años que se encontraba en las inmediaciones. Bracamonte había escapado por azar de la bomba de Junín y Rawson, pero la violencia lo encontró cuatro meses después. Su historia demuestra que aquella masacre no ocurrió dentro de un compartimiento aislado, sino que formó parte de una secuencia de violencia que continuó destruyendo vidas y familias mucho después del 12 de septiembre.
Una segunda herida: la economía familiar
Hubo además una consecuencia menos visible y pocas veces incluida en las reconstrucciones históricas: el dinero. Muchos de los policías asesinados pertenecían a los primeros grados de la escala y sostenían sus hogares no solamente con el salario, sino también con adicionales y servicios extraordinarios. Cuando murieron, las pensiones calculadas según jerarquía y antigüedad resultaron en numerosos casos inferiores al ingreso real que esos trabajadores aportaban a sus familias, por lo que al dolor de perder un esposo o un padre se sumó una caída abrupta de los recursos del hogar. Fue una ruptura afectiva y económica al mismo tiempo.
La familia de Bracamonte atravesó esa misma situación, ya que su viuda debió enfrentar dificultades económicas porque la pensión correspondiente a su grado y antigüedad no alcanzaba a reemplazar lo que él reunía con sueldo, adicionales y horas de servicio. Las consecuencias del atentado también se midieron, entonces, en cuentas que ya no podían pagarse.
Los hijos que crecieron preguntando
El paso del tiempo trasladó la tragedia hacia otra generación. Silvina González tenía apenas ocho meses cuando su padre, Carlos González, murió en el atentado y no tuvo recuerdos propios de él. La muerte afectó profundamente a su madre y Silvina fue posteriormente dada en adopción, pasando por distintos hogares durante su infancia. Ya adulta comenzó a reconstruir la historia de aquel padre ausente buscando fotografías, archivos y familiares, hasta que su abuela paterna terminó entregándole uno de los pocos objetos materiales que quedaban de Carlos: la bandera que había cubierto su féretro.

Muchos años después, Silvina se presentó como querellante en la causa judicial. La niña que había crecido prácticamente sin conocer a su padre intentaba entonces reconstruir qué había sucedido y quiénes habían sido responsables. Una bomba detonada en 1976 seguía produciendo preguntas décadas después.
Las heridas del barrio
También hubo sobrevivientes que nunca viajaron en el micro ni aparecieron en los registros hospitalarios: fueron los vecinos que salieron de sus casas después del estruendo, quienes auxiliaron heridos y los niños que vieron cuerpos, humo y destrucción. Para muchos de ellos, Junín y Rawson dejó de ser simplemente una esquina, porque cada aniversario y cada paso por aquel lugar podía devolver imágenes, sonidos y sensaciones vinculados con la explosión. Algunas viviendas conservaron durante años vidrios, fachadas o techos marcados, aunque las marcas más profundas permanecieron en las personas.
Durante mucho tiempo los vecinos hablaron poco. En el clima político de 1976, algunos habían visto demasiado y otros entendieron rápidamente que resultaba más prudente no preguntar, por lo que la memoria sobrevivió en conversaciones familiares, reuniones de vecinos y relatos transmitidos en voz baja.
Sobrevivir no fue olvidar
La historia de la Masacre de Rosario no termina contando muertos ni contabilizando heridos, porque su verdadera dimensión aparece cuando se observa cuánto tiempo permanecieron sus consecuencias: una doble amputación, una pérdida auditiva permanente, una esquirla atravesando una pierna, una adolescente que perdió a sus padres, esposas convertidas en cuidadoras, familias empobrecidas, hijos que crecieron preguntando, vecinos que durante años evitaron hablar y policías que regresaron al servicio sin contar jamás que habían estado dentro de aquel micro.


La explosión duró apenas unos segundos, pero sus consecuencias atravesaron décadas. Para muchos sobrevivientes, el 12 de septiembre de 1976 nunca terminó completamente: algunas heridas cicatrizaron, otras quedaron en los cuerpos o permanecieron dentro de las familias, y algunas continuaron regresando inesperadamente bajo la forma de un ruido, un olor, una imagen o una esquina. Sobrevivir no significó olvidar la explosión, sino aprender a vivir con ella.

Adelanto — Próximo Sábado 5 de septiembre
La Masacre de Rosario: una investigación sin sentencia
A casi cincuenta años del atentado, todavía no existe una sentencia que determine quiénes lo planificaron y ejecutaron. La atribución a Montoneros mantiene una fuerte plausibilidad histórica, pero nunca apareció una reivindicación primaria concluyente.
Reconstruimos las investigaciones, los expedientes perdidos, las actuaciones militares y de inteligencia, y las razones por las que la causa sigue abierta medio siglo después.
(*) Periodista. Corresponsal en Buenos Aires.

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“La Masacre de Rosario”: un libro recupera el atentado de Junín y Rawson a cincuenta años

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