Después del discurso de Pullaro, llevaron a los fiscales de todo el país a “visitar el Infierno”

Después del discurso de Pullaro, llevaron a los fiscales de todo el país a “visitar el Infierno”

Piñero (Santa Fe) – Tras el discurso de Pullaro en la apertura del congreso, fiscales de todo el país fueron llevados a recorrer “El Infierno”, la cárcel de alto perfil que construye Santa Fe, en una postal que resume el giro punitivista, la estética de la mano dura y la fascinación oficial por el castigo como espectáculo.

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Las Jornadas Nacionales e Internacionales de los Ministerios Públicos Fiscales terminaron ofreciendo una postal difícil de superar: después de escuchar al gobernador Maximiliano Pullaro pedir que no se le “levante el pie de la cabeza al delito”, fiscales generales, procuradores y especialistas extranjeros fueron trasladados a recorrer “El Infierno”, la cárcel de alto perfil que Santa Fe construye en Piñero.

La secuencia resume con bastante precisión una estética política que combina persecución penal, exhibición penitenciaria y una retórica cada vez más cercana al paradigma de la mano dura.

Primero, el discurso

La apertura de las jornadas ya había dejado bastante material para discutir. Pullaro habló ante fiscales y procuradores de todo el país y sostuvo que había que terminar con la “romantización del delito” y con el “garantismo bobo”, al tiempo que reclamó “no levantarle el pie de la cabeza al delito”. También afirmó que Santa Fe había logrado reducir la violencia sin apartarse de la Constitución ni de las garantías legales.

La escena generó controversia porque no se trataba de un acto partidario ni de una arenga ante una fuerza de seguridad, sino de la apertura de un encuentro institucional del Ministerio Público de la Acusación con fiscales, procuradores y especialistas nacionales e internacionales. La frase podía funcionar como consigna política, pero sonaba bastante menos cómoda en un ámbito donde la persecución penal debería convivir con legalidad, garantías y límites al poder estatal.

Y cuando parecía que la jornada ya había entregado suficiente simbolismo, llegó el cierre perfecto.

Después, la excursión al “Infierno”

Los fiscales fueron llevados a recorrer “El Infierno”, la cárcel de alto perfil que la Provincia construye en Piñero y que tendrá capacidad para alojar a más de mil detenidos bajo un régimen reforzado de aislamiento, seguridad y control.

Participaron funcionarios de distintas provincias, representantes internacionales y autoridades provinciales, entre ellas el ministro de Justicia y Seguridad, Pablo Cococcioni, y la fiscal general del MPA, María Cecilia Vranicich.

La visita fue presentada como una instancia técnica para conocer infraestructura penitenciaria, diseño de seguridad y experiencias de control de internos de alto perfil.

Nada objetable en sí mismo pero la secuencia tiene una potencia simbólica extraordinaria.

Primero se inaugura un congreso de fiscales con una apelación a poner “el pie sobre la cabeza del delito”; después se los lleva literalmente a conocer “El Infierno”.

Ni el mejor director de marketing punitivo podría haber armado una puesta en escena más coherente.

Una estética que ya no es casual

El problema no es construir cárceles seguras ni mejorar las condiciones de control sobre detenidos de alta peligrosidad. Eso forma parte de cualquier política criminal seria.

La cuestión aparece cuando la cárcel deja de ser una herramienta del sistema penal y empieza a convertirse en objeto de exhibición política.

El nombre elegido tampoco es neutro.

“El Infierno” no remite a reinserción, tratamiento penitenciario, cumplimiento de pena o seguridad institucional. Remite directamente al castigo.

Y allí aparece inevitablemente una comparación con una tendencia latinoamericana cada vez más visible: la transformación de la prisión en espectáculo político.

El modelo salvadoreño de Nayib Bukele convirtió las mega cárceles, los traslados masivos de presos y las imágenes de detenidos sometidos a rígidos dispositivos de control en parte central de su construcción comunicacional. Santa Fe está lejos de reproducir integralmente ese esquema y sería incorrecto afirmar que ambos modelos son equivalentes, pero la fascinación estética por la prisión de máxima seguridad, el control total y la retórica de la dureza comparte algunos códigos reconocibles.

Del garantismo “bobo” al turismo penitenciario

La ironía es inevitable. Los invitados llegaron a Rosario para debatir persecución penal estratégica, narcocriminalidad, responsabilidad penal adolescente, violencia de género, cibercrimen y nuevas herramientas de investigación y terminaron recorriendo una cárcel bautizada “El Infierno”. Es difícil encontrar una metáfora más precisa del clima político actual.

La seguridad empieza a presentarse cada vez más mediante imágenes de fortaleza, disciplina, aislamiento y castigo, mientras conceptos como prevención, reinserción, control judicial o límites al poder punitivo ocupan un lugar mucho menos visible en la escena pública.

Puede haber eficacia policial y penitenciaria sin necesidad de convertir el castigo en espectáculo.

Puede perseguirse al crimen organizado sin construir una liturgia alrededor de la dureza y puede defenderse a las víctimas sin necesidad de presentar al Estado como una maquinaria que demuestra autoridad mediante imágenes de encierro.

El riesgo de enamorarse de la propia escenografía

El principal riesgo de esta tendencia no es solamente jurídico, sino político.

Cuando un gobierno obtiene legitimidad a partir de mostrar cárceles, presos, uniformes y dispositivos de máxima seguridad, existe siempre la tentación de profundizar esa estética porque resulta comunicacionalmente eficaz.

El problema es que el sistema penal no puede administrarse mediante símbolos.

La eficacia de una política de seguridad no se mide por cuán imponente resulta una cárcel, sino por cuántos delitos se previenen, cuántas investigaciones terminan en condenas válidas, cuánto se reduce la reincidencia y cuánto se respetan las reglas constitucionales durante todo ese proceso.

Lo demás puede ser arquitectura o propaganda.

Una foto que explica bastante

La imagen de fiscales nacionales recorriendo “El Infierno” después de escuchar un discurso contra el “garantismo bobo” y a favor de no levantar “el pie de la cabeza al delito” probablemente quede como una de las postales más representativas de estas jornadas.

No porque visitar una cárcel sea impropio.

Sino porque la secuencia completa revela una concepción política de la seguridad donde la persecución penal y la exhibición penitenciaria empiezan a formar parte del mismo relato.

Algunos lo llamarán firmeza. Otros advertirán un creciente gusto por el punitivismo y algunos, viendo la visita guiada después de semejante discurso, quizás simplemente concluyan que a los fiscales los invitaron a Rosario para un congreso y terminaron haciendo turismo por el Infierno.

A veces la política produce sus propias metáforas y algunas vienen con barrotes incluidos.

(*) Periodista. Corresponsal en Rosario.

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