
Liliana López, sargento de la Policía de la Provincia de Buenos Aires y madre de dos hijos pequeños, murió en González Catán.
Mientras algunas versiones hablan directamente de un posible suicidio, otras recurren a fórmulas más cautas como “muerte autoinfligida” o simplemente señalan que “se investiga” lo ocurrido. Más allá de las palabras elegidas, el caso vuelve a poner en primer plano una tragedia que amenaza con naturalizarse dentro de las fuerzas de seguridad.
Dolor y conmoción en La Matanza
La muerte de Liliana López, integrante de la Policía Bonaerense con rango de sargento, provocó conmoción en González Catán, partido de La Matanza, donde se produjo el fallecimiento.
La información difundida hasta el momento es todavía fragmentaria y las circunstancias exactas del hecho no fueron confirmadas oficialmente. Algunos medios señalan que se investiga la posibilidad de que la efectiva se haya quitado la vida, mientras otros prefieren referirse a una “muerte autoinfligida” o limitarse a informar que la Justicia intenta determinar qué ocurrió.
También circularon versiones que mencionan eventuales problemas personales o económicos, aunque esas hipótesis tampoco fueron confirmadas.
Las palabras cambian, la tragedia permanece
No es un detalle menor la forma en que se presentan estos episodios.
Hablar de suicidio obliga a mirar de frente una problemática concreta. Hablar de “muerte autoinfligida” introduce una distancia técnica. Refugiarse exclusivamente en la fórmula “se investiga” resulta prudente mientras no exista confirmación judicial, pero también puede contribuir, cuando se transforma en lenguaje rutinario, a desdibujar la dimensión humana y estructural del problema.
La prudencia informativa es indispensable y nadie debería afirmar como certeza aquello que todavía no fue oficialmente establecido. Pero tampoco debería utilizarse esa necesaria cautela para convertir estas muertes en hechos aislados, desprovistos de contexto y condenados rápidamente al olvido.
Porque detrás de cada una existe una persona, una familia, compañeros de trabajo y, muchas veces, un sistema que sólo vuelve a hablar de salud mental cuando la tragedia ya ocurrió.
Otra muerte que amenaza con convertirse en un número más
Liliana López era policía y madre de dos hijos pequeños. Ese dato debería bastar para impedir que su muerte termine reducida a una estadística o a unas pocas líneas en un parte.
Las fuerzas de seguridad trabajan bajo altos niveles de exposición al conflicto, exigencias operativas permanentes, turnos irregulares, presión jerárquica y una cultura institucional en la que todavía persisten fuertes dificultades para reconocer el sufrimiento psíquico y pedir ayuda sin temor a consecuencias laborales.
Eso no permite establecer qué ocurrió en este caso concreto ni autoriza a atribuir causalidades que la investigación todavía no determinó. Sí obliga a preguntarse cuántas muertes más deben acumularse antes de abandonar la lógica de tratarlas como acontecimientos individuales sin relación entre sí.
No alcanza con lamentar después
Cada vez que muere un policía en circunstancias que pueden estar relacionadas con una crisis personal o emocional reaparecen las mismas expresiones: conmoción, dolor, acompañamiento a la familia y necesidad de fortalecer los dispositivos de asistencia.
Luego pasa el tiempo y la discusión desaparece hasta la siguiente muerte.
Ese ciclo es precisamente el que debería romperse.
La asistencia psicológica para el personal policial debe ser accesible, permanente, confidencial y suficientemente independiente de la estructura disciplinaria como para que pedir ayuda no sea percibido como una amenaza para la carrera profesional.
También requiere mirar las condiciones concretas de trabajo, porque la salud mental no puede abordarse únicamente desde un consultorio mientras permanecen intactos los factores laborales que pueden contribuir al deterioro emocional.
Liliana López tenía un nombre
Mientras la Justicia intenta establecer con precisión las circunstancias de su muerte, corresponde preservar la prudencia y el respeto hacia su familia.
Pero prudencia no significa silencio ni debería significar acostumbramiento.
Liliana López tenía un nombre, una historia, dos hijos y compañeros que hoy atraviesan una pérdida. Si finalmente se confirma que estamos ante otro suicidio dentro de una fuerza de seguridad, no debería quedar registrado simplemente como un caso más dentro de una sucesión de tragedias.
Porque cada vez que una muerte de estas características se archiva rápidamente bajo una fórmula neutra, existe el riesgo de que también se archive la pregunta más incómoda: qué está ocurriendo con quienes todos los días deben cuidar a los demás y quién está cuidando realmente de ellos.
(*) Periodista. Corresponsal en Rosario.

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