Silvina González: así la locura de Montoneros transformó su vida

Silvina González: así la locura de Montoneros transformó su vida
Silvina, de niña, en un homenaje a las 11 víctimas fatales, entre quienes se contaba su propio padre.

Es hija del cabo Carlos González, uno de los nueve policías asesinados por el terrorismo el 12 de septiembre de 1976, en Rosario. Se cumplen 50 años del mayor atentado del interior del país, impune hasta el día de hoy. “Es gente que no tiene alma”.

Por David Rey

Éste que se ve acá, éste es mi papá, dice Silvina, mientras su dedo índice señala la foto -en blanco y negro- de un cuerpo inerte, destrozado por una bomba. Esto y que “era un buen compañero, un buen hijo” es todo lo que esta mujer de 51 años tuvo siempre de su padre, el cabo de la Policía de Santa Fe Carlos González. Tenía apenas 21 años cuando, aquel imborrable 12 de septiembre de 1976, cambió su turno con un compañero para ir a cubrir un servicio en el estadio de su amado Rosario Central. El joven no participaba en “las cosas” de entonces, no le importaban los Montoneros ni los militares. Quería ver a Central, la pasión era más importante que todo lo demás.

Primera fecha del Campeonato Nacional. Fue el primer partido como técnico de los locales de Alfio Basile. Los canallas ganaron dos a uno y muy posiblemente ésta haya sido la última alegría de Carlos. De regreso, cuando el colectivo que los llevaba llegó a la esquina de Rawson y Junín, a sólo 12 cuadras del Gigante, una bomba vietnamita escondida por la organización terrorista Montoneros en el interior de un auto puso fin a la vida de 9 policías y de un matrimonio que también regresaba del partido. La vida no volvería a ser la misma.

 

Silvina hoy es profe de patín, pero entonces contaba nada más que con once meses. Cuando le pregunto qué les diría a los asesinos de su papá, la mujer prefiere economizar su imaginación y enfocarla en cosas más valiosas: “Es gente que no tiene alma”, afirma. Hace poco, cuando fue a un evento en el Senado de la Nación -donde homenajearon a todas las víctimas de la llamada Masacre de Rosario-, la mujer se encontró con un grupo de personas (de los que reivindican a los asesinos de su papá) que los escupía, tirándoles piedras y gritándoles “genocidas”. De no creer. Pero esto es la normalidad en nuestro país.

Su vida no fue para nada fácil. El atentado de Montoneros no solo se llevó la vida de su papá, sino que ocasionó un trastorno tal que ninguna familia puede soportar. La madre de la niña no quedó bien después de esto, no pudo ni quiso tenerla. La abuela materna tampoco quedó bien; los abuelos paternos, tampoco… Nadie queda bien después de esto, y la niña debió debatirse de un tío a otro, de un hogar a otro, y siempre lo mismo: sin mamá y sin papá.

La mujer confió a DAVIDREY.com.ar que recién de adolescente se propuso la tarea de reconstruir, a pesar “del silencio”, la figura de quien fue su papá. Comenzó a recolectar fotos, recortes, artículos… hoy tiene una carpetita que parece la de un estudiante secundario. Cuando muestra las fotos de los cadáveres tirados en el suelo “como si fueran perros”, se refiere a ellos como “los chicos”. Dice que, de niña, solía escaparse y pasar horas y horas en la tumba de su papá en Fray Luis Beltrán.

¿Escaparse de qué? ¿De qué? Quizá, por esta manía de escapar, quizá por esto terminó girando, yendo y viniendo, sobre patines mágicos que le ayudaban a representar su vida misma, pero sin los golpes, el dolor y la ausencia de ese abrazo caliente que, no obstante, lograba encontrar en el viento acariciándole la cara, los brazos, el pecho. Girando, de un hogar a otro, el ruido del viento como un murmullo besando sus orejitas, acaso el mismo sonido que hace el viento en las copas de los árboles que siempre hay en los cementerios.

Sin mamá, sin papá… y, por si fuera poco, en un país donde “está mal” hablar de esto. Donde los asesinos de su papá siguen impunes y, por si fuera poco, se las tiran de víctimas, de héroes, de santos. Donde la misma jerarquía policial santafesina siempre ha sido huidiza, pusilánime, súper “educadita” con este tema, no sea cosa que algún político (de los que apañan a sus mismos verdugos) se les ponga de punta… “Yo tenía once meses apenas, no entendía nada… y me gritan «genocida»”. Escapar, ¿de qué?

“Los 12 de septiembre son… como tocar una herida”, confía a DAVIDREY.com.ar, y se quiebra. La herida, parece, sigue abierta, y todo vuelve. ¡A ponerse los patines! Y así se hace menos difícil pasar al lado de esa mamá que ella no tuvo esperándola con una sonrisa grande a la salida del colegio, ¡respirar profundo, que nadie mira con orgullo esa carita afilada desafiando el viento del destino! ¡Así se hace! Vamos que hay que tragar este pedazo de pan amargo que no baja, que no hay con quien bailar a la mañana mientras se ordenan los muebles de la casa y que no está la mano de papá abrazando la mía mientras sujetamos un barrilete en el parque! Ella, yendo y viniendo, como otro perro más… sola en la vida. Así, el terrorismo, dejó a esa niña.

La venganza es que no hay venganza. Silvina González hoy es, justamente, “profe de patín” (es lo primero que señaló en la entrevista) y dice que, a pesar de todo, «decidí tener una vida linda». Y que tuvo otro guardián, es decir, su hijo, hincha de Central como el abuelo y alistado en la Prefectura Naval Argentina, nada menos. “Nunca tuve bronca, nunca tuve odio”, afirma. La venganza es que no hay venganza, pero es la peor venganza del mundo: todo lo que ellos quisieron (y quieren) destruir, constituye la carta de presentación de Silvina: su trabajo (su independencia), su familia y – lo peor – su convicción en Dios.

50 años después del atentado terrorista más alevoso del interior del país – apenas superado en magnitud por la voladura en el comedor de la Superintendencia de la Policía Federal en Buenos Aires (el máximo ataque contra una dependencia policial en todo el mundo) –, Silvina, al igual que miles de víctimas del terrorismo en Argentina, nos regala una clase de resiliencia y superación. La mujer que prácticamente nació perdiéndolo todo, la que creció sola, sin padres… se le dibuja una sonrisa discreta, pero sonrisa al fin, cuando afirma, plena y orgullosa: “Yo lo tuve a Lucas a los 18 años. No tenía un manual de lo que era ser mamá… pero amé ser mamá. Y amo ser mamá”. Qué buen combate, precisamente.

 

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