Las descalificaciones a docentes y policías reavivan el debate sobre un modelo de poder que, basado en la sospecha y la estigmatización, podría estar erosionando la convivencia democrática en la provincia.
Por Alberto Rubén Martínez (*)
Una pregunta incómoda, pero necesaria
Las recientes declaraciones del gobernador Maximiliano Pullaro, calificando como “fascistas” a docentes que protestan, no pueden leerse como un hecho aislado. Forman parte de una secuencia que ya había tenido antecedentes con el tratamiento hacia policías y sus familias cuando reclamaban por salarios dignos.
En ambos casos, el conflicto laboral no fue abordado como tal. Fue redefinido. Y esa redefinición es la que hoy obliga a formular una pregunta de fondo: ¿Qué tipo de vínculo está construyendo el poder con la sociedad?
Cuando el poder clasifica en lugar de gobernar
Desde la perspectiva de la Teoría del Foco y la Vara (FyV), lo que se observa es un mecanismo reconocible. El poder no entra a discutir el problema estructural —salarios, condiciones laborales, representación— sino que clasifica al sujeto que reclama.
Docentes pasan a ser “fascistas”. Policías, en su momento, fueron presentados como «desestabilizadores». En este video se puede observar las descalificaciones del mandatario.
«Me siento violentado. Una práctica fascista, de ir a un lugar que vos no organizaste, con gente que no movilizaste, porque no podés movilizar, ninguna marcha que se llevó adelante tuvo más de quinientas personas aquí, y vos vas a un acto que no generaste, para romper ese acto, eso es fascismo y es violencia.»-Pullaro
Ese desplazamiento no es menor. Es el punto donde la política deja de gestionar tensiones y comienza a ordenarlas mediante etiquetas.
La sospecha como forma de gobierno
Cuando ese mecanismo se repite, deja de ser discursivo y pasa a ser estructural. Es allí donde aparece la Doctrina de la Sospecha Permanente (DSP).
El esquema es simple y, a la vez, profundamente disruptivo: el que reclama incomoda, el que incomoda se vuelve sospechoso, y el sospechoso puede ser tratado como amenaza.
En ese proceso se produce una inversión peligrosa: sectores que deberían ser escuchados y protegidos pasan a ser observados, cuestionados o deslegitimados.
Confundir disenso con enemistad
El núcleo del problema es la confusión entre conflicto y amenaza. En una democracia, el disenso no solo es legítimo: es necesario.
Sin embargo, cuando el poder comienza a tratar al que piensa distinto como un enemigo, el sistema entra en una zona de riesgo. Porque deja de reconocer ciudadanos y empieza a identificar adversarios. Ese cambio de mirada altera las reglas del juego democrático.
“Enemigo significa únicamente aquel que no permite que yo viva. (…) Mi enemigo no es el que piensa de otra forma, el que tiene otro color de piel, el que vive en otro lugar. Sino simplemente y únicamente aquel que no permite que yo exista.” —Alejandro Álvarez
Un contexto de desgaste político
Este endurecimiento del discurso no aparece en el vacío. Se inscribe en un contexto donde la gestión enfrenta un deterioro en su legitimidad social, reflejado en la pérdida de respaldo electoral en un período relativamente corto. Cuando el poder pierde capacidad de convencer, muchas veces recurre a otro recurso: descalificar. Y ahí el conflicto deja de ser gestionado y pasa a ser confrontado.
El momento que expone el quiebre
Hay un punto donde el tono deja de ser solo discursivo y pasa a evidenciar un estado de situación. En una entrevista difundida en el ámbito radial —que circuló ampliamente— se observa al gobernador en un cruce tenso, con un nivel de irritación poco habitual para un jefe de Estado provincial. Digamos para contextualizar que la supuesta contraparte era el periodista Guillermo Zysman un conocido ortiba y amanuense consuetudinario del poder de turno. ¿Imaginemos si lo agarraba un periodista de verdad?
El intercambio no muestra control político sino incomodidad frente a la interpelación pública, con una reacción que escala rápidamente en el tono. Este episodio no es menor. En política, las formas también son contenido.
Y cuando se lo conecta con otros hechos recientes —las descalificaciones a docentes, los conflictos con policías, el endurecimiento del discurso— deja de ser un hecho aislado para convertirse en parte de una secuencia.
Lo que aparece es un patrón: dificultad para procesar el disenso, tendencia a escalar el conflicto y desplazamiento del debate hacia la confrontación.
Estrategias para evitar el conflicto
A este escenario se suma otro elemento que refuerza la idea de un cambio en la forma de gestionar el conflicto: la implementación de estrategias oficiales concretas para evitar el contacto directo con el reclamo en actos públicos.
Se identifican al menos tres tácticas:
- anticipación escénica mediante control previo del entorno,
- restricción de acceso a sectores críticos,
- y ausencia directa en actividades donde se prevén reclamos.
Estas prácticas no resuelven el conflicto: lo evitan.
La moralización del conflicto como antesala del castigo selectivo
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Evitar no es gobernar
Desde la lógica de la Teoría del Foco y la Vara y de la Doctrina de la Sospecha Permanente, estas conductas no son neutras. Cuando el poder evita el contacto, controla el escenario y restringe la expresión, no está gestionando el conflicto: está administrando su visibilidad. El problema es que lo que no se escucha no desaparece.
El riesgo de encapsular el poder
Estas prácticas generan un efecto de encapsulamiento. El poder se rodea de entornos controlados, reduce la exposición a la crítica y pierde contacto con la realidad y en ese proceso, el conflicto no desaparece. Se desplaza. Y cuando reaparece —porque siempre reaparece— lo hace con mayor intensidad.
El camino que no se eligió
Hubiera sido más simple, más institucional y más productivo elegir el diálogo respetuoso. Sin embargo, desde el inicio de la gestión, el vínculo con el sector docente ha estado marcado por la confrontación, la descalificación y el hostigamiento público.
No se trata de un episodio aislado. Es una línea de acción y ahí radica el problema.
Una preocupación que trasciende lo personal
Comienza a instalarse una percepción que ya no puede ser ignorada: el gobernador parece ingresar en una dinámica que puede resultar riesgosa para la convivencia democrática.
No solo por sus declaraciones, sino por el poder que concentra y por cómo decide ejercerlo. Digamos que tiene a sus ordenes a 30 mil efectivos armados, millonarios gastos reservados y una SIDE de cabotaje (CIOPE) muy flojas de papeles y llena de personajes con prontuario.
Cuando esa forma de ejercer el poder se combina con opacidad institucional, manejo de recursos y conducción de áreas sensibles del Estado, el problema deja de ser individual y pasa a ser estructural.
El entorno que amplifica el problema
A esto se suma la debilidad de los contrapesos. Parte del sistema mediático aparece condicionado por la pauta oficial, mientras sectores de la oposición no ejercen plenamente su rol de control. En ese contexto, el poder se cierra sobre sí mismo y cuando no hay corrección, el riesgo crece.
Cuando el poder no encuentra límites
La combinación de discurso confrontativo, concentración de poder y debilidad de controles genera un escenario donde las decisiones tienden a radicalizarse. No necesariamente por diseño, sino por dinámica y ahí aparece el verdadero problema: un poder que deja de encontrar límites.
La advertencia que importa
Los problemas institucionales no comienzan con grandes rupturas. Empiezan con pequeños desplazamientos: una descalificación, una generalización, un conflicto mal gestionado.
Hasta que un día, el equilibrio ya no está.
Por eso, más que una acusación, lo que emerge es una advertencia.
La pregunta que define el momento
¿Estamos ante un poder que integra y canaliza conflictos? ¿O ante uno que divide y los redefine como amenaza?
“El poder no divide para gobernar mejor; divide para castigar sin límites.”
Una advertencia que no debería ignorarse
Cuando el Estado se organiza desde la sospecha, clasifica antes de escuchar y señala antes de resolver, la convivencia democrática se debilita. No de golpe. Pero sí de manera constante y cuando eso ocurre, el problema deja de ser de un sector.
Creo personalmente que Pullaro se esta transformando en un peligro para la convivencia democrática y su peligrosidad nace no solo de su actitud (quizás compartida por miles de otros trasnochados) sino por el potencial que tiene en su manos. Esto se agrava por la sumisión a su jugosa a su expuesta marroquinería por parte de la prensa corrompida y una oposición mansa y sobona que resultan en términos generales cómplices y socios minoritarios de todo lo que sucede y sucederá.
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«Quien quiera oír que oiga»
(*) Periodista. Licenciado en Seguridad Pública y Ciudadana (Universidad Nacional de Chaco Austral -. UNCAUs). Autor de los libros Doctrina de la Sospecha Permanente (DSP), «La Teoría del Foco y la Vara» (FyV) y «El Principio de Reciprocidad Institucional» (PRI).
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